Jorge Olavarría H.: Primero Maracaibo, de último Maturín

Jorge Olavarría H.: Primero Maracaibo, de último Maturín

Jorge J. Olavaría de Halleux [email protected]

Estamos viviendo una etapa (final) que si acaso es un extraño allegro ma mon troppo, como deben haberlo sido los finales de tantas guerras, o la liberación de un secuestrado, o la conmutación de un crimen inexistente.  

A esta hora (domingo 3 febrero 9:00pm del 19) nadie sabe si la incursión humanitaria (que se anuncia pacífica pero armada) es una (u otra) peculiaridad de la guerra psicológica, un montaje, un espejismo, una amenaza fatua que le ha dado muchos logros inmerecidos sobre todo a líderes que son naturaleza cobardes o de mucho ladrido y poco diente… o si es un plan real, una derivación enmarañada, sui-generis, Toyesca, para intentar retirar un gobierno que se niega a aceptar que su tiempo caducó. Dicho eso, sería el rey de los aguacates si tuviera un aguacate por cada vez que he escuchado o mencionado alguna frase ilusa de lo raudo o cercano que está el final de esta pesadilla—“no hay marcha atrás”, “esto se acabó”, “ahora si cae”, y todas sus candorosas variables musicales.

 





Sea como fuere, si sucede o no, la antesala moral en la que se desplegaría no es ideal por una miríada de razones… por los protagonistas involucrados y, ante todo, por las secuelas y opciones que dejaría. Pero queremos creer que esto está a punto de caramelo. Y se entiende, luego de tantos años habiendo perdido toda esperanza. Pero es tan enorme el daño hecho (a todo nivel) y tan enorme el aborrecimiento acumulado que lo que sale de nuestras expectativas es delirante y no es obligatoriamente sano. O conveniente. Es psicopatología pura.

 

Ayer escuchaba a un amigo cincuentenario venezolano expresarse esperanzado por lo que se anunciaba. Pero en sus expectativas no preveía y no estaba presente en primera fila el retorno a la decencia y la normalidad, de la reparación y la reconstrucción. Su prioridad era desahogarse expeliendo verbalmente su ira, su sed de venganza. Este amigo perdió absolutamente todo lo que había logrado trabajando treinta años provisto de buenas iniciativas, creatividad y constancia. Pero ya perdió hasta los muebles que le dejó la abuela. Perdió su empresa y tuvo que vender su casa por una nimia parte de lo que pagó por ella, y, gota a gota, terminó descapitalizándose y luego endeudándose, sucumbiendo día a día para poder seguir manteniendo y educando a su única hija. A pesar de esto, se consideraba afortunado porque consiguió mudarse, como custodio, al apartamento vacío de un amigo emigrado. Yo debía callar y dejarlo hablar. Pero oír a un hombre civilizado, de estudios y emprendimiento, expresarse de esa manera, sabía yo, que me aturdiría el mahatma interior y que necesitaría mucha correspondencia con Mozart, Sócrates y Spinoza para que no se me marchitara la esperanza en la gente.

 

Así que decidí hablar: En estos momentos estamos tan adentro que distinguimos los árboles pero desenfocamos la selva. Pero descalificar, en este caso, la exasperada esperanza de la “inmediatez” luego de veinte años de paciencia parecía inadmisible por cruel. Pero era necesario. Cuando los aliados desembarcaron en Normandía, le dije, era patente que la liberación de los sobrevivientes en los Campos de Concentración se acercaba, tanto para quienes habían perdido toda fe en la humanidad como para quienes habiendo sido testigos de las peores rizomas del hombre, seguían aferrados a la esperanza. Sin embargo, inicialmente las operaciones genocidas se aceleraron y es en este período que muere Anna Frank, hasta que un buen día los funcionarios dejaron sus uniformes y huyeron.

 

Ya debería haber montañas de tramitaciones, propuestas, ideas locas, y los expedientes completos de los asesinos, ladrones y sus cómplices. Estas ideas y expedientes deberían llegar al techo de alguna oficina. Pero, si nuestros operadores políticos no han estado haciendo esto, pensando en esto, buscando esto… reuniendo esto… ¿qué han estado haciendo? Pausa.

 

Sin Normandía o su posibilidad, ya existe y hemos sido testigos y actores de una acción social heroica y aunque no es tan inmediatista ni feroz como lo que se quiere creer con esta delirante incursión humanitaria (pacífica pero armada), quizá estamos a tiempo para advertir ideas, aunque suenen impetuosas y locas, que pudieran proponer cosechar un mejor futuro y darle una voz ética a la sociedad por encima de sus ansias vengativas y de los intereses de los políticos o los salvajismos de los militares.

(Otro aguacate). Veamos.

 

Comencemos por repetir que no hay la menor duda que este momento no tiene marcha atrás. (Otro aguacate). El expresidente Maduro y sus acólitos están subyugados y atrincherados. (Otro aguacate). Aunque disponen aún de los artilugios del poder, no tienen ni la autoridad, ni los recursos, ni los aliados. (Otro aguacate).

 

Necesitamos un intérprete de la situación que se perciba como capaz de abrir los ojos y ayudarnos a ver lo que tenemos en frente. No hablemos de destinos o de juegos de posicionamiento de poder (por ahora). Digamos que por primera vez en la historia tenemos la extraordinaria posibilidad de emerger de este despotismo gracias al quirófano social –que como con toda intervención quirúrgica de emergencia, requerirá pulso, producirá dolor, sangre y luego un periodo de recuperación. Pero sería una operación limpia y  sana, particularmente si la comparamos con la alternativa mano de la carnicería militar. Y hoy es posible una operación así. Tenemos los instrumentos pero tenemos que analizar la erudición de los cirujanos. (Otro aguacate).

 

Ciertamente la acción social requerida debe estar provista de conceptos que tradicionalmente son más propios a los militares, o por lo menos así lo expresó en su Arte, Sun-Tzú : planificación, coordinación, logística, estrategia, comunicación, negociaciones y operaciones, y sus contingentes.

Un propósito inicial y un objetivo final. Supongamos, entonces, que al igual que con cualquier plan táctico, nos enfoquemos en una expedición escalonada, iniciando con una ciudad, una sola, digamos Maracaibo y flexionemos  el portentoso músculo social del que se dispone (aun). Digamos que en un océano de gente en las calles, se logra que el Gobernador espurio (impuesto por la ANC ilegitima) sea depuesto con el menor uso de la violencia posible y en su lugar sea asignado un Gobernador provisional, y que lo mismo se haga con cada una de las Alcaldías (del Zulia). Plaza por Plaza. Cuando nos enteremos que ya “cayó” Machiques, entonces sabríamos que no significa que imperiosamente hubo derramamiento de sangre (Dios mediante). Es por allí que entra la ayuda humanitaria y se establece en la “Plaza” retomada. Se persigue y se repite. Next.

 

Pronto, como en cualquier beligerancia (que se evitó), se produciría el mismo efecto dominó de acatamiento intercalado que no es inédito, se han visto, digamos, una y otra vez, durante la longeva y sangrienta guerra de independencia, y para no ir tan lejos, en los innumerables golpes militares del pasado, el 4F incluido. Solo que en este caso, la toma y subordinación de cada Plaza no se produciría necesariamente por la violencia sino por la masa popular, la presión social. El gentío. Si hay algo que hemos aprendido hacer es salir a la calle armados con cachuchas y banderas sin tener que participar en actos de violencia contra nadie. Entonces, que se repita solo que esta vez con propósitos puntuales, realizables y pausados. Al final, no se le deberá nada a los guerreros (ni botín, ni saqueo) y se les deberá toda la gratitud posible a los ciudadanos. Tú y yo.

 

¿Es absurdo esto? ¿Acaso no hemos visto que fue así como uno a uno de han unido la mayoría de los países occidentales?  Uno a uno. Es así que el mundo ha sido conquistado, Plaza a Plaza, por la idea de la certificación de la legitimidad parlamentaria por encima de un régimen patentemente delincuente tornado vitalicio. Pero poniendo a un lado lo encantador o lo absurdo— lo posible o imposible de lo anunciado (que de alguna u otra forma terminará sucediendo), lo interesante e inaceptable es que nadie de la oposición se atreve (o se ha atrevido) a proponer criterios creativos similares, operetas políticas perspicaces, o proyectos realizables con alguna direccionalidad sui generis pero con alguna esquela acorde con lo que somos (sea histórica, social, psicológica…).

 

Y ¿por qué no?!!   ¿Acaso no es este el momento ideal para recalibrar la maquinaria creativa de las lumbreras de la oposición (que tanto provecho les ha dado ideando complicidades y componendas con el régimen que ha sido tan generoso con sus colaboradores)? ¿Acaso este no es momento (y el único momento) de poner en acción la maleabilidad de la voluntad, el brío, de los liderazgos políticos? Sus (grandes) capacidades para advertir oportunidades las pueden enfriar por un tiempo y activar sus habilidades para maniobrar, esta vez en pro de la liberación del país.

 

Hace rato que observamos que la política, los partidos políticos (de “oposición”) y sus incontables parásitos de turno (lo que llamo los “clubes”) siguen jugando a la política caníbal versión paleolítica posicionando sus egos (incluso más que sus capacidades oportunistas o ganancias personales) en las bocas de caños. Y nada tendría de raro, c’est la vie politique, si en algún momento estuvieran pensando hacia adelante porque el problema es (y siempre ha sido) que pareciera que no pueden, que no son capaces de deponer las necedades y aborrecimientos de esencia pubescentes. Los resentimientos entre los partidos (de oposición) no son (y nunca fueron) ideológicos. Ni siquiera son temas de praxis, de dealers o business, o de cronologías, sino de ego-posicionamiento. Cocinándose en sus propios jugos, se comportan (y siempre fueron) cual carteles que trafican la misma basura y sus apasionadas hostilidades no son por la producción, distribución o venta de sus inmundicias tóxicas. En eso les va más o menos igual. El problema son las guerras intestinas (y siempre fueron) de vanidades, tirrias personales, envidias, resentimientos acumulados y humillaciones irresueltas. Es patético. Y ahora…con el juego de la silla en plena iniciación, sus mezquinas prioridades están nuevamente a desnudo con sus pequeñeces a la vista.

 

“Non sunt unius generis” contestó Tomás Aquino cuando se le preguntó qué poder era más agudo, más convincente y más provechoso, si el poder del monarca (lo político), la potencia del vino (los placeres), los encantos de la carne delectatio venerea (de la vanidad) o la fuerza de la verdad… y ciertamente contestó que “no están en la misma categoría” per comparationem ad aliquem effectum (en lo que respecta sus efectos). Es obvio que todos tienen la tremenda capacidad de cambiarnos el enfoque, las prioridades y las acciones pero Aquino insistía que la verdad tenía el poder supremo, idea sipliciter veritas dignior est et excellentior et fortior.

 

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