Así es Sabaneta

(Foto La Verdad)

Con la bienvenida de la imagen de un Cristo lleno de balas, un equipo reporteril de La Verdad recorrió la Cárcel Nacional de Maracaibo. La travesía comenzó por Penal, donde en enero de 1994 murieron en un incendio 105 internos. En sus nueve pabellones hay talleres de teatro y carpintería.

De bienvenida, un Cristo acribillado. La reja que divide a los presos de Penal con el área común tiene una cruz de palma. Detrás de ella espera atento Otilio Segundo Álvarez Crespo (49), uno de los mil 300 internos de esa zona. Lleva una carpeta bajo el brazo y un hilo de sudor en la frente. Es escritor, director de teatro y paga una condena de cinco años por robo y hurto.

En esa zona el líder es “Pepito”, pero durante el recorrido nadie lo nombra. Desde la entrada se ve un parque infantil pintado de colores, con murales de fondo y un árbol de mango que da buena sombra. Sobre las paredes un remolino de alambre de púas distorsiona los dibujos y un preso de cara seria barre los pasillos. La limpieza se nota desde la puerta de ingreso.

Es miércoles, sin visita, y sólo Otilio se atreve a utilizar uno de los bancos mientras cuenta que desde que ingresó a la cárcel, hace dos años, escribe El renacer de las cenizas de una prisión, donde plasma su experiencia penitenciaria.

Suda, nervioso, al tiempo que camina por una pequeña rampa en medio de los extensos pabellones de cemento, que sirven de cuarto a los internos. La estructura cambió, desde su creación en los años 50. Cada “pram” o recluso deja su marca en el recinto. Levantan paredes, instalan ventanas, cambian puertas y ocupan espacios destinados a otras actividades.

Todo se debe al devastador incendio de 1994. Las llamas consumieron Penal y la inversión gubernamental no cumplió con las necesidades. Hoy son pocas las rejas oxidadas y las paredes con manchas negras producidas por el fuego.

Al lado izquierdo, a pocos metros de la entrada, la cancha se muestra solitaria a las 10.00 de la mañana. Todos los presos despiertan a las 6.00 por el dedo inquisidor de un custodio: los cuentan cada 24 horas para asegurar que siguen aún en el recinto y que están sanos.

“Ese es el altar de la Virgen de las Mercedes”, señala eufórico, tratando de resaltar la devoción de los reos por la patrona de los cautivos.

Economía de internos

El escritor continúa su monólogo, sin pausa. Aprovecha la presencia de la cámara fotográfica para sentirse cercal del exterior. “Escribo El perro que se negó a morir. Todo tiene que ver con mi experiencia”. Es de la Pomona, tiene cuatro hijos y fundó Extramuro, un grupo teatral en el retén El Marite. Forma parte del grupo de teatro Aquiles Nazoa y presenta sus obras en las actividades gubernamentales.

Existen nueve pabellones. El preso delimita su área con paredes de bloques, cartón o tela. Hay espacio para todos. Aunque el hacinamiento es reconocido por las propias autoridades, aún queda espacio por construir. Los presos pueden caminar, estudiar o simplemente sentarse a conversar durante el día. Hasta ahí llega su libertad.

Un poco más allá del segundo pabellón está la piscina de al menos cuatro metros. Tiene cerca de un año y la construyeron los presos con autorización local. Está vacía y en el suelo está escrito Pepito, con otros dos nombres y un par de hojas de marihuana, hechas de cerámica, cerca de las esquinas.

A un lado del estanque está el cultivo de cannabis. Las plantas crecen verdes, frondosas y sanas. Nadie las toca, ni las mira, como si no existieran. Pasan desapercibidas, como una bruma de paja en medio del jardín de arena roja y cemento blanco.

A cinco metros está el taller de carpintería. Dos empleados de Corpoelec reparan las maquinarias que cortan la madera. Los presos se quejan por los cortes eléctricos y sufren con el deterioro de sus herramientas. Meira Guerrero, directora de Sabaneta, escucha sus peticiones. “Todo forma parte de la humanización. Es importante”.

Ella es bienvenida. Cada cierto tiempo algún interno se acerca a saludarla. De carácter dominante y determinante en sus palabras, se dirige a ellos con flexibilidad y decisión. Internos demuestran aprecio y respeto. Piden permiso para acercarse a ella y muestran  cortesía y amabilidad.

Las paredes de los pabellones están carcomidas por las balas. Tienen conexiones de agua y plantas a su alrededor. Dentro hay una tienda de confites con la foto de Pepito, el personaje del famoso producto. Hay una mesa de pool, sala de juegos, restaurante y un centro educativo.

En el patio trasero el piso está embarrado en la parte donde hay más sombra. Allí  trabajan los artesanos. Keider Machado, uno de ellos, amanece a diario sacando el barro de un charco cercano a la cancha y con sus manos lo moldea. Sabe hacer jarrones, materos, letreros para las paredes y adornos decorativos.

Uno de los artistas hace un corazón. Con una tarjeta telefónica  bordea la masa marrón para darle forma. Quizá piensa en su novia, cuya foto, ya sucia y desecha en los bordes, lo acompaña en la jornada.

Cada trabajador puede ganar hasta 300 bolívares fuertes cada semana. Los venden en 15 y 30 bolívares fuertes y los distribuyen entre la visita. No todo domingo es fructífero por la competencia. Son 15 vendedores.

Humanización

Nadie fuma. Más de diez internos miran y escuchan atentos la entrevista mientras, desde la lavandería, dos reos ríen a la vez que cuelgan su ropa. La directora, atenta y vigilante, escucha las palabras de uno de los internos, que se acerca a ella y comienza una conversación íntima, sin observadores.

Guerrero bromea. Apenas había pasado un día desde que entró en vigencia la nueva Ley antitabaco y recuerda que hay que estar actualizado ante las ordenanzas nacionales. “Es que no tengo reales pa’ comprar”, dice entre dientes un preso que mira los jarrones. El fotógrafo le ofrece, buscando cómplices para fumar y obviar que ignora el reglamento. “Me estás infringiendo la ley”, le avisa, ahora más relajada, la directora del recinto.

Ya de regreso, Otilio observa una cochina con sus crías, algunas gallinas y hombres trabajando, sin dejar de hablar de sus logros carcelarios. Recuerda que El colibrí y la flor  es un poema publicado en Cuba y le da la gracias a la licenciada Nancy Torres por recordarlo durante su viaje a la isla. Ella es docente y los internos dan fe de la compenetración que tiene con sus alumnos.

Al otro lado de los animales, a pocos metros de la pared que divide Sabaneta en cuatro áreas, un grupo de hombres da la espalda al resto de la población. Son al menos 20.

“¿Qué hay allá?”, le pregunta un visitante. A Otilio le cuesta responder. Mira la espalda de la directora y dirige su atención a su rostro desentendido. Prefiere bajar la voz; señala tímidamente. Ríe, siempre nervioso, y revela: “Esos son los teléfonos. De ahí llaman”.

La otra muerte

José Nava, periodista gráfico con más de 25 años de experiencia, recuerda que en 1993 murieron 78 internos de la cárcel de Sabaneta. Al año siguiente, durante el terrible incendio de enero, fallecieron 105 en un solo día y la penitenciaría local batió el record de muerte en el menor tiempo. Fue en Penal donde se inició el voraz incendio. El Observatorio Venezolano de Prisiones la considera la más peligrosa de 2010, cuando se registraron 43 muertos y 58 heridos.

Juan José Faría – [email protected]