Sucesión en Corea del Norte: Otro “Querido Líder” en el país de las maravillas

Con la muerte de Kim Jong-il el pasado 17 de diciembre, su hijo podría asumir el poder sin estar preparado para el cargo, lo que preocupa al mundo entero por la ubicación geopolítica de ese país y por su armamento nuclear, publicó msemanal.com

 

La carroza con el cuerpo del líder norcoreano Kim Jong-il recorre las calles de Pyongyang el 28 de diciembre pasado.

La carroza con el cuerpo del líder norcoreano Kim Jong-il recorre las calles de Pyongyang el 28 de diciembre pasado. Foto: Kcna/ Reuters

El país es uno de los más bizarros del mundo, y su régimen el más oscuro. Intentar describir el escenario muchas veces se vuelve una tarea difícil, y lo es más aún comprender el estado mental de un pueblo que en pleno siglo XXI no tiene internet, ni teléfonos móviles, y que sólo ha visto la televisión oficial y ha leído la prensa permitida; desconoce lo que de él se piensa y habla en el resto del mundo, y vive con el alma en la mano con la creencia de que los malvados japoneses, en compañía de sus amigos estadunidenses, se aprestan a invadir en cualquier momento la sagrada tierra en la que ha hecho su capital “el paraíso”. La muerte de su dictador, Kim Jong-il, y el traspaso del poder a su joven e inexperto hijo, Kim Jong-un, dentro de la única dinastía comunista de la historia, ha vuelto a poner en el centro de la escena internacional a Corea del Norte.

La muerte de Kim padre no se salió del guión preestablecido. La inteligencia occidental hacía tiempo que había advertido de la enfermedad terminal que padecía; los preparativos para que el pueblo comprenda que Kim hijo es tan “querido” y “especial” como su padre habían comenzado hace casi dos años, cuando fue designado heredero y quedaban muy pocas dudas acerca de los pasos que iba a dar el régimen para asegurarse su permanencia en el tiempo. A pesar de ello, el fallecimiento del dictador hizo saltar algunas chispas: los servicios de inteligencia de Corea del Sur se vieron obligados a reconocer que se habían enterado de la muerte por televisión, luego de que el gobierno del Norte ocultara la noticia por más de 50 horas, lo que despertó suspicacias sobre la calidad de la información que Occidente posee sobre el país más secreto del mundo. La diplomacia estadunidense se ha visto obligada a aceptar el hecho de que no tiene instrumentos para influir sobre el proceso sucesorio, ya que el aislamiento del régimen es total: no hubo líderes mundiales invitados a los funerales ni periodistas extranjeros acreditados, sólo el corresponsal solitario de la agencia Associated Press, que hace unos meses consiguió una autorización para abrir una delegación en la capital, Pyongyang, aunque con movimientos restringidos.

 

Kim Jong-un, hijo de Kim Jong-il, y nuevo líder del país, escolta la carroza con el cuerpo de su padre en Pyonyang .

Kim Jong-un, hijo de Kim Jong-il, y nuevo líder del país, escolta la carroza con el cuerpo de su padre en Pyonyang . Foto: Kyodo News/ AP
SUCESIÓN EN PENUMBRAS

Las incógnitas que plantea el proceso sucesorio son múltiples. En principio, es muy difícil establecer hasta qué punto el joven Kim, de apenas 29 años, y educado en Suiza con modales de “niño bien”, tiene el talante necesario para hacerse con el timón de uno de los pocos países con arsenal nuclear en el que las fuerzas armadas son el único poder político existente. Kim III, como comienzan a llamarlo irónicamente en la prensa internacional, es el tercer hijo del sátrapa fallecido y se ganó su lugar en la sucesión más por descarte que por mérito propio.

El heredero natural era en realidad Kim Jong-nam, el primogénito de 40 años; pero su vida alocada, que lo llevó a protagonizar sonoros escándalos, como cuando fue descubierto paseando con señoritas de paga en coches lujosos o cuando intentó entrar con pasaporte falso a Japón con el poco comunista deseo de visitar la sede local de Disneylandia, llevaron a su padre a descartarlo de la línea sucesoria. Desde hace unos años reside en Macao, encargado de mover en una maraña de paraísos fiscales los activos financieros de la familia, donde ha hecho un notable esfuerzo para bajar el perfil temeroso de las iras de su extinto padre.

Mientras tanto su hermana, Kyong-Hui, ha sido descartada por la misoginia machista de la familia, aunque está casada con un hombre fuerte del régimen con poder suficiente para condicionar al futuro Kim III. Para curarse en salud —especulan los pocos analistas que se jactan de conocer al dedillo las internas familiares—, es probable que el joven Kim haga lo mismo que hizo su padre en 1994 cuando murió el creador de la saga, su abuelo Kim I: confinar en lugares remotos del país a todos los familiares con juego político propio capaz de complicarle la sucesión.

Pero poner bajo vigilancia al resto de la familia tampoco le garantiza el control al joven heredero. En los últimos años ha crecido el malestar entre los propios militares, verdadero pilar del régimen. Aunque se desconoce hasta dónde llega el descontento o el deseo de implementar reformas que impliquen una apertura, las sospechas sobre la escasa fidelidad a la familia se despertaron hace apenas un año, cuando el gobierno comenzó a promover ascensos entre los militares más díscolos, llegando incluso a regalar automóviles de lujo a algunos altos mandos.

 

Reacciones de dolor y duelo durante los funerales de Kim Jong-il en la capital norcoreana.

Reacciones de dolor y duelo durante los funerales de Kim Jong-il en la capital norcoreana. Foto: KCNA/ Reuters
LA EXTRAÑA PIEZA DE UN COMPLICADO TABLERO

Desde mucho antes que George Walker Bush la catalogara como una de las patas del supuesto “Eje del mal”, Corea del Norte era un actor clave en una zona estratégica. La península quedó dividida luego de la guerra que comenzó en junio de 1950, cuando el Norte comunista invadió el Sur protegido por Estados Unidos y sus aliados. El conflicto se hubiera saldado con una estrepitosa derrota del Norte sin la intervención a última hora de China, que llevó al mundo al filo de una guerra nuclear y que culminó con los acuerdos de 1953, en los que se estableció la división del país en torno al hipermilitarizado paralelo 38. En el camino quedaron más de dos millones y medio de muertos y heridas profundas que aún impiden el entendimiento entre los dos países.

Hija de la Guerra Fría, la dinastía fundada por Kim il-sung, el abuelo de Kim III, asentó sus reales en Pyongyang y comenzó a modelar un Estado hecho a imagen y semejanza del primer “Querido Líder”. Llevando el culto a la personalidad a extremos nunca antes visto, el régimen comunista produjo un auténtico lavado de cerebro entre la población, lo que volvió a cero la cuenta de los años; rediseñó los libros de historia para transformar al “padrecito de la patria” en una especie de Dios supraterreno, y estableció un régimen de vigilancia interior capaz de hacer palidecer al Gran Hermano de 1984, la famosa novela de George Orwell transformada en la más cruda alegoría del comunismo en estado puro.

Kim I pronto mostró toda la ferocidad de la que fue capaz para disciplinar a sus súbditos. Campos de exterminio, salas de tortura, asesinato de disidentes, censura, cierre de fronteras y hasta el recurso estalinista de la hambruna como terror superior para someter a los inconformes, nada faltó en el menú del hombre que construyó hasta 1994 el llamado “reino ermitaño”, como fue bautizado por la cerrazón al exterior que estableció desde un comienzo. Desde el sitial estratégico de la península, Kim I se dedicó a su deporte favorito: amenazar al supuesto enemigo japonés y mantener en vilo a las fuerzas de Corea del Sur apoyadas por Estados Unidos.

A su muerte lo sucedió su hijo, Kim II, quien llevó al paroxismo el culto a la personalidad establecido por su padre. Llegó al extremo de construir una autopista que sólo se dirige al museo donde el “Querido Líder” conserva los regalos que le han hecho, sin salida a las ciudades que hay en el trayecto, ya que los habitantes tienen prohibido desplazarse en auto, salvo casos de extrema gravedad autorizados por el Estado. Bajo su gobierno, Kim II transformó al país en una potencia nuclear, mediante el desarrollo de la tecnología atómica que luego sus técnicos prestaron a países tan poco fiables como Pakistán y al mismísimo Irán. Y continuó con el hobby de su padre: encender cada tanto la mecha de la tensión internacional en el Mar Amarillo, disparar misiles “de prueba” rumbo a Japón, hundir barcos de Corea del Sur y protagonizar alguno que otro sonoro intercambio de disparos en la frontera sureña.

 

Una imagen tomada de satélite muestra uno de los reactores nucleares de Corea del Norte en enero de 2006.

Una imagen tomada de satélite muestra uno de los reactores nucleares de Corea del Norte en enero de 2006. Foto: Digitalglobe/ Reuters

Kim III tendrá que hacerse cargo de una pesada herencia en el único país del mundo que visto desde el cielo se oscurece durante la noche, y al que llega sólo un cable de internet destinado a las habitaciones del “Querido Líder”. Este joven “príncipe” deberá convencer a una elite cada vez más desconfiada de los beneficios de mantener la actual anomalía. Su principal sostén sigue siendo China, país con el que mantiene la mayor parte de su comercio exterior.

Pero a Beijing también comienza a resultarle incómodo el bizarro vecino. Sostenido al calor de la pelea geoestratégica con Estados Unidos, el régimen de Pyongyang ha demostrado en más de una ocasión su cariz imprevisible y su escaso apego a las reglas de la diplomacia internacional. Las tímidas reformas llevadas a cabo a mediados de los años ochenta permitieron la creación de zonas económicas especiales que permiten inversionistas extranjeros, una situación aprovechada por empresas chinas para obtener mano de obra barata. Pero las ventajas económicas y geoestratégicas no bastarían para inclinar el fiel de la balanza, si no fuera porque el gobierno chino teme cualquier impulso de apertura no sólo por la inestabilidad que puede acarrear en el zona militarizada sino por el espejo en el que no quiere que lo vean sus propios habitantes.

Así las cosas, dependerá del inexperto Kim Jong-un y de una elite aferrada a los beneficios del poder el generar la más mínima apertura en este país de 25 millones de habitantes y escasos 120 mil kilómetros cuadrados, el que mantiene en vilo a la región desde su mismísima creación hace poco más de medio siglo. La mayoría de los analistas coinciden en que hay poco lugar para el optimismo. Aun las más audaces aperturas corren el riesgo de naufragar entre una población sumida en una irrealidad absurda, nacida y criada en el contexto político más agobiante, sin sociedad civil desarrollada y sin prácticas de autogobierno alguno. A través de sus mil 673 kilómetros de frontera, Corea del Norte seguirá practicando juegos de guerra y erigiendo muros que tornan inexpugnable el bizarro “reino ermitaño”. Si Orwell viviera…

Oscar Guisoni

 


 

El presidente de EU, Barack Obama, estrecha la mano del presidente de Corea del Sur, Lee Myung-bak, en la Casa Blanca el 13 de octubre del año pasado.

El presidente de EU, Barack Obama, estrecha la mano del presidente de Corea del Sur, Lee Myung-bak, en la Casa Blanca el 13 de octubre del año pasado. Foto: Jonathan Ernst/ Reuters

Ni promover ni provocar cambios al régimen coreano

WASHINGTON.- La muerte del líder de Norcorea, Kim Jong-il, y la llegada al poder de uno de sus hijos, Kim Jong-un, crea algunas oportunidades y trampas potenciales para Estados Unidos.

Primero deberíamos reconocer que ya hemos pasado por esto. En 1994 me enteré de la muerte de Kim Il-sung mientras dirigía negociaciones con los norcoreanos sobre su programa de armas nucleares. Entonces, la primera pregunta en Washington y Seúl fue cómo afectaría la transición del poder de padre a hijo en Corea del Norte: si continuarían las negociaciones, si sería el inicio de una crisis o si todo seguiría igual. Afortunadamente, las conversaciones continuaron y se firmó un acuerdo que detuvo la producción de plutonio hasta que nos retiramos del acuerdo, ocho años después, debido al engaño de Corea del Norte en lo referente a la tecnología de enriquecimiento de uranio.

Tal vez seamos igualmente afortunados esta vez, aun cuando este hijo es mucho más joven y menos experimentado de lo que era su padre cuando asumió el poder.

El periodo tradicional de duelo en Corea es de un año, y hasta Kim Jong-il (quien para entonces ya era una figura familiar en los círculos de poder de su país) se tomó casi ese tiempo antes de asumir todos los puestos de liderazgo que había tenido su padre. La lección es paciencia: deberíamos resistirnos a sacar conclusiones rápidas sobre quién está realmente a la cabeza en Corea del Norte.

La lista de lo que hoy no debe hacer un líder estadunidense la encabeza el creer que este es el momento de promover o provocar un cambio de régimen en Corea del Norte. Lo que tiene sentido es continuar deplorando la catástrofe humana que es la vida en aquel país, y decir que nos alegrará el día en el que avance hacia un gobierno democrático y la economía libre.

Una de las primeras cosas que deberíamos decirle a Corea del Norte es que seguimos listos para iniciar conversaciones dirigidas a detener y desmantelar su programa de armas nucleares.

La administración del presidente Barack Obama ha sido sensible a las necesidades políticas de su aliada, Corea del Sur, que exige que antes de proceder a las conversaciones Washington obtenga alguna aceptación de responsabilidad del gobierno del Norte por las muertes causadas tras el hundimiento de un barco y el ataque a una isla surcoreanos.

Los asesores del presidente también han anticipado las críticas republicanas respecto a que iniciar conversaciones con el Norte representaría avenencia, demostraría ingenuidad y significaría comprar dos veces el mismo caballo, enseñándole a Corea del Norte la lección errónea. En el pasado, la administración ha sido demasiado sensible a estas consideraciones domésticas; ahora tendría que aprovechar la oportunidad, si llega, de reiniciar las conversaciones sobre el fin del programa de armas nucleares de Norcorea.

Lo que es más: no deberíamos estar en el negocio de enseñarle lecciones a otros gobiernos y, en su lugar, adoptar las mejores políticas para proteger nuestra seguridad nacional. En este momento, eso significa iniciar una discusión seria sobre el desmantelamiento del programa de armas nucleares de Corea del Norte.

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