La Cuba de Raúl Castro

Composición de LPUSA.

“¿Tú quieres saber lo que está sucediendo hoy en Cuba?”, pregunta el taxista frunciendo el ceño, con ese acento caribeño y sonoro de los cubanos. Pero también con un dejo de indignación. De desesperanza. De desdicha. “Cuba sigue siendo un país con dos monedas: una para sus habitantes y otra para los turistas. En un país con dos monedas nunca se podrá hablar de progreso… ni de igualdad”.

El hombre está conduciendo por las calles del barrio Vedado, en La Habana. Es diciembre —época de invierno según los isleños— y la temperatura no baja de 24 grados.

El taxista habla sin tapujos. Sin el miedo perpetuo con el que viven los cubanos de ser escuchados, perseguidos, reprendidos, hasta en sus propias casas. Quizá por eso el taxista reserva su discurso de inconformidad —que aquí en Cuba sería tildado de “rebeldía” y “oposición”— para el turista que jamás volverá a ver, para el visitante que le pregunta si en estos seis años Raúl Castro les ha hecho la vida más fácil, más llevadera.

El Espectador.com vía Cubanet

“No”, responde enfático, casi molesto. No. Así en las calles de La Habana decenas de automóviles nuevos y lujosos le estén dando un aire de modernidad a la isla que se había quedado detenida en enero de 1959, tras el triunfo de la Revolución. No. Así en las esquinas del centro histórico abunden los letreros que anuncian “Servicio de restaurante”, lo que unos años atrás era ilegal, motivo de encarcelamiento, porque era la Cuba de Fidel Castro y en la Cuba del Comandante la economía privada estaba prohibida. Hoy las leyes son otras. Un paquete de 313 medidas para aliviar las finanzas del Estado, aprobado en abril pasado, le está dando un viraje a la historia cubana.

El taxi se detiene en Centro Habana. El taxista dice: “Son 4 CUC. Disfruten de Cuba”, y arranca otra vez. Allí, frente al Capitolio, los carros están estacionados en filas. Las marcas más modernas compiten ahora con los legendarios Ford, Chevrolet y Dodge de los años cincuenta y sesenta. Las postales sepia empiezan a desaparecer. En las callecitas empedradas que atraviesan el centro se exhiben artesanías, copias baratas del libro Cien horas con Fidel (la memorable entrevista de Ignacio Ramonet), el rostro del Che Guevara en postales y cuadros y camisetas. Hay restaurantes. Muchos. Exponen su menú a la entrada. Prometen que en unos minutos llegarán los músicos con su salsa y su son, y quizá también haya bailarines. Este escenario de tanto comercio, de tantos meseros vociferando el menú del día y la oferta del plato con langosta, es nuevo. Es la mano de Raúl.

Aquí interrumpiría el taxista para aclarar que estas medidas sí han beneficiado a unos, pero han acentuado el mal de la mayoría. Sí, se permitió la creación de nuevas empresas, la compra y venta de carros modernos (antes, sólo los vehículos anteriores a 1959 podían ser negociados) y de casas, el acceso a créditos bancarios, y se publicó un listado de 178 actividades autorizadas para los nuevos emprendedores. Sí, se trata de una reforma económica histórica, pero al taxista y a otros miles de cubanos los tiene sin cuidado. A ellos, en poco o en nada los afecta. Guillermo Fariñas, reconocido disidente de la isla, se lo explicó así recientemente a un diario peruano: “Los funcionarios del Gobierno, los artistas y los que reciben remesas del exterior son los que pueden comprar celulares, casas o carros. El resto de la población tiene que robar o mendigar para subsistir”.

Un revolcón económico que no toca al taxista, quien reniega porque en su país los isleños están condenados a sobrevivir con pesos cubanos, mientras en los mercados les exigen CUC (el peso convertible que manejan los turistas y que es 25 veces más costoso que el peso cubano) para comprar alimentos de calidad, implementos de aseo, ropa fina. Ni a los cientos de habitantes de la isla que, entusiastas, se abalanzaron a pedir licencias para crear sus propios negocios, o para trabajar, pero no pudieron con el peso de los impuestos (creados también recientemente) y en pocos meses tuvieron que devolver los permisos que les habían otorgado. Esa es la historia de doña Manuela.

Doña Manuela arrienda tres habitaciones para turistas en su casona amarilla de Trinidad (ciudad a 300 kilómetros de La Habana). En el patio interno de su casa, un día de diciembre, la señora Manuela se queja de que el turismo ha estado “flojo”. Cuenta que cada mes debe pagarle al Gobierno 200 CUC (cerca de $400 mil) por el permiso para trabajar, sin importar si ha alojado o no a algún turista. Dice, con resignación, que ya en ocasiones anteriores ha tenido que devolver la licencia. Si este diciembre no mejora, correrá la misma suerte. Se retira luego a la cocina y vuelve con la comida preparada por ella y por su yerno (el yerno que tiene la esperanza de que este 2012 el Gobierno sí aprobará la reforma migratoria que les permitirá a los cubanos salir del país sin previa autorización). También tiene permiso para prestarle servicio de alimentación a sus huéspedes. Unos pesos que suman.

Desde abril, Raúl Castro es el blanco de las críticas. Las del pueblo, que han provocado una respuesta con mano dura del Estado (“para evitar el estallido social el régimen ha intensificado la represión contra los disidentes”, se afirmó recientemente en un artículo de la prensa internacional). Y las de los comunistas más radicales, que sostienen que en manos de Fidel el sector privado nunca hubiera revivido. Raúl Castro se defiende: dice que estas medidas no deben ser interpretadas como “reformas” sino como “actualizaciones”. Argumenta que “las ideas de Fidel están presentes en cada uno de los lineamientos propuestos”.

En el fondo —coinciden los estudiosos de la historia cubana— lo que busca Raúl Castro es remendar los vacíos que ha dejado la revolución liderada por su hermano: una economía débil, una agricultura marchita, una pobreza que se extiende como plaga. Hay quienes defienden que era la única alternativa para salvar a la isla de la ruina, del colapso financiero; la única manera de fortalecer el turismo, la segunda actividad económica del país después de la venta de servicios profesionales (las nuevas licencias para la creación de restaurantes y para que los isleños puedan arrendarles a los turistas más de una habitación, tienen ese propósito). Las cifras oficiales también dicen que las medidas han empezado a dar sus frutos: los trabajadores privados se duplicaron desde octubre de 2010 y hoy suman casi 360 mil (en un país de 11,2 millones de habitantes).

Los viejos carros, que antes se paseaban por las calles de La Habana con toda la naturalidad, se convertirán en una atracción exclusiva, costosa. Ya está sucediendo. Frente al histórico Hotel Nacional, un cubano vestido de lino blanco y sombrero, de una elegancia que resulta incómoda en este calor, exhibe su automóvil antiguo. Rosado. Recién brillado. Reluciente. Explica que en su carro —que seguramente utilizaba unos años atrás como taxi para hacer carreras por la mitad del precio de lo que cobraban los legales— hoy un recorrido cuesta 50 CUC ($100.000). Ni un peso menos. Y así como él, otros tantos cubanos ya están empezando a vivir de la nostalgia de la isla.