El petróleo contaminó los manglares de Monagas

Foto WILLIAM DUMONT/ El Nacional

Si el bote se acerca lo suficiente se puede tocar con la mano la mancha oscura que recubre las hojas, los tallos y las raíces de los manglares. Están cubiertos de una sustancia negra, pegajosa y viscosa que se adhirió a esos humedales como una plaga: petróleo, así lo publicó el diario El Nacional.

DAVID GONZÁLEZ
[email protected] CARIPITO

La contaminación que alcanzó esos árboles tuvo origen en una fecha que será recordada en el futuro: 4 de febrero de 2012. Ese día, hace dos semanas, ocurrió un derrame de crudo en el río Guarapiche por la falla de un oleoducto de la planta de extracción de Jusepín, en Monagas.

El hidrocarburo vertido ­no hay datos oficiales pero se calcula que pudieron ser entre 45.000 y 120.000 barriles­ recorrió más de
75 kilómetros hasta llegar a los caños Francés, Colorado y Cuatro Bocas.

A sus márgenes se levantan los manglares como un regalo natural ahora ennegrecido: es sólo uno de los daños ecológicos del accidente petrolero, el peor que recuerden los habitantes ribereños del estado Monagas.

Hay que navegar desde el puerto de Caripito a través del río San Juan ­esa es la puerta que conecta el Guarapiche con el Mar Caribe­ para llegar a los caños donde ocurrió la contaminación. “Se ve clarito el impacto del derrame”, dice, a modo de advertencia, un lanchero que fue contratado por Pdvsa.

El recorrido dura casi dos horas luego de las cuales el visitante sentirá que accedió a una zona de desastre. Al pie de los manglares se despliega una franja negra que sobresale medio metro del agua: parece un gran rodapié en la base de una pared vegetal muy larga.

A medida que baja la marea quedan al descubierto más tallos y más raíces y se percibe a cuánta profundidad se adhirió el petróleo. Un dato puede ilustrar que sólo está visible una parte de los mangles: si se mete al agua una vara de dos metros y medio no se tocará aún el lecho del río. Un paisaje semejante puede observarse mientras se navega por una distancia aproximada de 20 kilómetros por los caños adyacentes al río San Juan.

Un olor penetrante se siente cuando se está más próximo a los manglares afectados. No es el aroma de la brisa fresca ni tampoco el de la materia orgánica que suelen despedir esos ecosistemas: se huele, en cambio, algo parecido a lo que cualquiera puede percibir cuando entra en un taller mecánico encerrado.

Sobre las aguas corren todavía caprichosamente hilos negros de petróleo y también las llamadas manchas iridiscentes, muy parecidas a las que dejan los motores de las lanchas a la orilla de una playa o de un río. “Son un síntoma claro de que hay contaminación por hidrocarburos”, expresa Lenín Herrera, ex presidente del Instituto de Conservación de la Cuenca del Lago de Maracaibo (Iclam).