Gustavo Coronel: La diáspora venezolana: entre las raíces y los sueños

 

Como todos los humanos los venezolanos estamos anclados sentimentalmente al terruño pero damos rienda suelta a nuestros sueños. Unos más, otros menos,  vamos conformando en nuestras mentes desde la niñez, a través de la adolescencia y entrados a la vida adulta, el mundo en el cual quisiéramos vivir. A ello nos ayudan las lecturas, los maestros, la enseñanza de nuestros padres y la influencia de nuestros amigos. Mientras esos sueños y anhelos no colidan con lo que experimentamos en el terruño no hay conflicto alguno. Por muchos años así fué en Venezuela.

En la última década los venezolanos han estado experimentando una diáspora, algo que no habíamos visto nunca, al menos con la misma intensidad y cuantía de hoy.

La diáspora venezolana tiene características especiales. No ha sido causada por razones fundamentalmente económicas, aunque ellas desempeñen un papel importante. Ha sido el resultado de un conflicto mayor, de naturaleza espiritual, entre el amor por las raíces y la necesidad de proteger nuestros sueños. Eso es lo que está en las mentes de la inmensa mayoría de quienes se han ausentado de la patria.

Claro, lo obvio es la falta de oportunidades, la criminalidad existente, el clima de inseguridad ciudadana, pero en el fondo lo que motoriza el éxodo es la colisión irreconciliable entre los sueños y los valores del individuo, por una parte, y el ambiente indeseable que percibe en su terruño, por la otra. Ello lo lleva progresivamente al desencanto y las modalidades de este desencanto son numerosas, dependiendo de edades, aspiraciones, caracteres individuales, y ancestros. Para algunos la partida es más fácil de decidir que para otros. En esa decisión juegan un papel importante la educación, los idiomas, los contactos sociales o de negocios en el exterior, pero, al final, cada venezolano ha estado solo, consigo mismo, en su gran decisión.

 

Hoy en día hay una gran cantidad de venezolanos en el exterior. Nadie sabe cuantos pero probablemente entre uno y dos millones. Esta es una cantidad considerable, pero ello no es toda la historia. Esos venezolanos que se han ido son predominantemente de clase media-media a media-alta, generalmente profesionales, con una educación universitaria los muchos, o con oficios y destrezas los más. No se trata de una emigración como la Mexicana o Centro Americana sino, más bien, de una emigración a la Chilena y Argentina de la época de las dictaduras militares en el Cono Sur. No es una emigración inducida por la necesidad económica tanto como por la necesidad espiritual de perseguir sueños y proteger valores.

En esta diáspora venezolana no hay razón para establecer diferencias entre quienes se han quedado y quienes se han ido. Cada venezolano está tomando su propia decisión, en base a su derecho inalienable a perseguir sus sueños. Quienes vean esos sueños en Venezuela se quedarán en Venezuela. Quienes no lo vean en Venezuela irán a buscarlos en otras latitudes. Establecer contrastes “patrióticos” entre quienes se van y quienes se quedan no tiene sentido y es muy dañino.

Para algunos, como es mi caso, la decisión ha sido fácil. Como geólogo (pienso en términos de millones de años), septuagenario (como individuo, ya no tengo un “largo plazo) y de orientación muy internacional (no creo en fronteras), no veo mayor problema en vivir fuera de mi país. Amo a mi terruño pero no creo que sea necesariamente superior a otros. Es simplemente el mio. No soy de quienes piensan que el Papa escucha el Popule Meus todos los Viernes Santos pero me enorgullezco de ser compatriota de Soto y de Cruz-Diez, de Alirio Díaz y de Riera, de Andrés Galarraga y Omar Vizquel, de Inocente Carreño y Antonio Estevez.

Creo que todos quienes habitamos este planeta Tierra conformamos una sola hermandad y que las fronteras políticas de hoy tienen muy poca importancia frente a la esencial condición humana. Como no me gusta el régimen político que ha tomado el poder en mi país, y como pienso que lo ha dañado más allá de todo lo imaginable, me he ido de Venezuela. Nadie me ha obligado, nadie me persigue, soy feliz en donde vivo ahora y sigo trabajando activamente para lograr un cambio del sistema político en Venezuela.

A mi alrededor, donde vivo, veo a venezolanos de todas las edades y conozco a venezolanos en Canadá, en Europa, en América Latina, viviendo sus sueños, en diferentes etapas de su búsqueda. Algunos pasan trabajo, otros están en mejor situación, pero todos saben que se han ido del terruño porque ello tenía que suceder, si es que iban a tener alguna oportunidad de concretar sus sueños y de ser fieles a sus valores.

Volverán algun día a la patria? Al terruño? Digo: volverán?  Porque ya no me cuento entre quienes podrán volver. Ya mi suerte está echada. He encontrado un rincón amable del mundo y aquí terminaré mis días, en la más absoluta felicidad doméstica, apenas empañada por no poder transitar de nuevo por las aldeas de Carabobo, de donde han salido muchos de mis antepasados o ver de nuevo a los Andes, hospedarme en el hotel “Los Frailes” o comerme una truchita en Bailadores. Pero, no se puede tener todo.

Me interesa mucho más la suerte de la gran diáspora venezolana. Regresarán cuando cambien las condiciones políticas de la patria?

Difícil de pronosticar. El tiempo actúa en contra del regreso masivo de la diáspora. Cada día y año que pasa enraiza más a muchos de nuestros compatriotas con su nuevo terruño. Y ello no es un pecado, sino el resultado de un inevitable proceso de adaptación.

Veámoslo al revés. Cuando yo era un adolescente llegó a mi pueblo, Los Teques, un adolescente italiano con su familia. Eran miembros de la gran diáspora europea causada por la segunda guerra Mundial. El y yo nos hicimos amigos para siempre y, hoy en día, 65 años después, ese joven italiano es uno de los más notables y admirados maestros venezolanos. No hay honor o reconocimiento venezolano que no se le haya concedido.  Es un gran venezolano. Sembrado en Venezuela. Orgullo de Venezuela. Con hijos y nietos venezolanos.

Yo le deseo a mis compatriotas, dispersos hoy por todo el planeta que, donde quiera que estén, sean buenos ciudadanos, buenos seres humanos, para orgullo del terruño que los vió nacer. Que nunca olviden las enseñanzas recibidas en su  juventud, que guarden en la memoria las calles, plazas y mercados de sus lares amados y las caras de quienes protagonizaron su niñez.

Pero que nunca entreguen las banderas de sus sueños y las fortalezas de sus valores y que, por conservarlos, estén dispuestos siempre a los mayores sacrificios.

 

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