Antonio Cova Maduro: La Corte, nuestra Corte

Poco imaginaron los venezolanos de estos tiempos que iban a estar contemplando el desarrollo de un fenómeno que tuvo su esplendor hace ya más de trescientos años en Francia: una Corte como la expresión más acabada de un sistema de gobierno.

No que haya sido la Francia de Luis XIV -el “Rey Sol”- la única que desarrollase una Corte. Ejemplos le precedieron desde los lejanos días del Faraón y el Imperio chino, y uno podría decir que todas las monarquías tuvieron su Corte. Pero lo que sí es un asombro es una Corte “republicana”, y más todavía lo es una Corte en el continente que se precia de haber roto todo vínculo con formas monárquicas de gobierno.

Por supuesto que el siglo XX vio algo que nadie hubiese podido esperar: Cortes revolucionarias. Sí, así como suena. En los países donde para su desgracia se instaló a sangre y fuego un sistema comunista se desarrolló este despropósito. Ese fue el caso de la Rusia de Stalin y también el de la China de Mao. En ambos casos -y en sus lamentables imitaciones norcoreanas y cubanas- esas Cortes, que rápidamente se identificaban con el escaso territorio donde prosperaron: el Kremlin en Moscú y Zhonghanmai en Pekín, también adquirieron un peculiar carácter de sectas. Tanto que uno podía hablar de la “secta gobernante”.

En ese sentido son sumamente aleccionadores los documentos que esas Cortes producían y que se tomaban tan en serio. Son tan parecidos a documentos de Concilios ecuménicos, sínodos episcopales y textos eclesiásticos en general que uno no puede evitar la sensación de que más que un gobierno secular nos hallábamos en presencia de una hierocracia, que fue el nombre que Max Weber le dio a los gobiernos burocráticos de clérigos.

Pero volvamos a Luis XIV y su admirable creación: la Corte de Versalles. Escamado en su niñez por la aguda revuelta de los nobles -la famosa Fronda con la que tuvo que lidiar el Cardenal Mazzarino-, Luis entendió que el mejor remedio para curar esa enfermedad del bochinche nobiliario residía en tenerlos a todos cerca. Algo parecido a lo que, por la misma época haría el shogunado Tokugawa con los desordenados daimios del archipiélago japonés.

Tenerlos cerca aminoraba los costos de vigilarlos y tenerles con la “cabulla corta”; pero además entre tanto noble, cada uno valía poco, cosa que por supuesto no sucedía cuando cada uno era “cabeza de ratón” en su propio feudo, con mucho tiempo libre para organizar a seguidores armados. En una Corte eso ni es posible ni es conveniente.

En una Corte no hay tiempo libre puesto que las obligaciones de etiqueta y de estar presentes, siempre, en el mundo de las intrigas y zancadillas que te resguardarían de desagradables sorpresas, copa todo tu tiempo. La propia sobrevivencia te impone andar siempre en estado de alerta y te obliga a dedicar mucha atención a recabar información sobre el día a día y a labrar coaliciones y alianzas para preservar y acrecentar espacios. La vida en una Corte es dura y a ratos cruel y brutal. Esa es la sensación que uno tiene cuando lee cómo era la vida en el Kremlin de Stalin y en la Corte de Mao. Rápido te atrapa la atmósfera de novela policíaca y de misterio.

Venezuela vive hoy la experiencia de una Corte republicana. Más aún, de una Corte revolucionaria. Creo, por eso mismo, que no es adecuado hablar de una corte de aduladores para referirse a los hombres y mujeres que encabezan este proyecto demencial. No, son una Corte y como tal deben ser evaluados.

Hemos de entender que ser llamados a “formar parte” de ella supone un cambio radical de vida, de estilo, de morada y hasta de estética. Ah, la singular estética chavista. Supone calzar un color -el “rojo rojito”- aunque no le siente a tu piel; supone chaquetas y hasta shorts. En tiempos recientes hemos visto que hasta se sugería un look de coco liso. Esperemos que no lleguen hasta hincharse la cara en solidaridades esteroideas.

Nunca tuvimos mejor oportunidad de ver a la Corte que en el recibimiento a “nuestro hombre de La Habana”, y luego esa imagen incomparable, digna de balcón papal en un soleado día primaveral, del mismo hombre que retorna a su “balcón del pueblo”.

Sería bueno que documentalistas y camarógrafos se apresuraran a dejar constancia de esta Corte digna de los tiempos de Toussaint Louverture en el Haití decimonónico porque octubre se acerca raudo y entonces habrá un bis de los primeros tiempos de la Revolución Francesa, cuando Luis XVI y familia fueron “invitados” por el pueblo de París a dejar su Corte en la calle. 

Antave38@yahoo.com