Los servicios secretos de una vagina

(Foto archivo)

El tema era inevitable. Es más, yo mismo lo propuse, necesitaba elementos para mi análisis psico-social sobre el último escándalo internacional que se había originado en Cartagena.

El heraldo

Estábamos en la reunión mensual del Club del Hipergloso, un grupo de amigos que nos encontramos el último jueves del mes en nuestras oficinas que quedan en el restaurante de comida italiana La Piazetta, para tirar carreta sobre aquello y lo otro haciendo uso del nervio hipogloso. Me explico. No existe el nervio hipergloso sino el hipogloso, también conocido como nervio hipogloso mayor o XII par craneal.

Es un nervio que nace en el cráneo y se extiende hasta llegar al borde lateral de la lengua, tiene 7 ramas colaterales, es un nervio que se encarga fundamentalmente de coordinar los movimientos del músculo de la lengua. Lo que hacemos en esas reuniones es ejercitar ese músculo paladeando un vino, acompañando la masticación para saborear la pasta y, por encima de todo, articulando los movimientos linguales al flujo de la conversación. Una delicia terapéutica. Y como todo lo hacemos en grado superlativo, se escogió la metáfora del hipergloso para distinguir nuestra intención.

Los fundadores del club somos Arcelio Blanco, Rufo Pantoja y yo, quienes nos permitimos invitar a otras personas que consideramos pueden aportar a la hiperglosia, como es el caso de Manuel Miranda, quien llegó para quedarse. Todos somos médicos, por casualidad, pero está prohibido hablar de medicina, erda, qué mamera. A cambio, hablamos de lo otro. Por ejemplo, el último tema sobre la mesa es una investigación que está realizando Arcelio sobre los árboles de la región, sus orígenes, su nominación, su clasificación, su mitología, los poderes mágicos o curativos que se les atribuyen. Qué vaina tan fascinante, y cuánta ignorancia la nuestra sobre la botánica de la región. Excepto Manuel, quien es hombre del campo y estudioso de las plantas y aporta un anecdotario popular que enriquece la información.

En esas andábamos hasta cuando yo, necio, aproveché un intermedio en el bosque para plantear el tema del escándalo suscitado entre unas trabajadoras sexuales de Cartagena y algunos agentes del servicio secreto de los Estados Unidos que se encontraban en la ciudad para proteger la vida del presidente de esa nación con motivo de la VI Cumbre de las Américas.

Por supuesto, nos burlamos de la situación, hicimos chistes groseros, hasta afirmamos burlonamente que “esos gringos estaban mal comidos” y por eso se habían arriesgado con las criollas. Pero, cuando nos pusimos serios en el análisis para comprender esas conductas que podían poner en peligro el operativo cinematográfico desplegado para proteger a su presidente, solo vimos hombres comunes y corrientes cuyas debilidades o necesidades los llevaban a estos peligrosos XXX-games.

Cuando hice la pregunta final sobre qué era aquello diferente que podían ofrecer nuestras prostitutas nacionales que no lo ofrecían las de otros países donde había sucedido lo mismo pero estaba tapado hasta ahora, y que valiera la pena correr el riesgo con tal de disfrutarlo, Rufo nos sorprendió con una respuesta de una sola palabra que nos dejó a todos viendo el follaje y meditabundos: “Cariño”. Ahí se las dejo.