Se aproxima la campaña electoral, y con ella, todo el contenido emocional e inusualmente dramático le ha planteado a los venezolanos, desde hace al menos dos años atrás, el enigmático, gordiano y todavía indescifrable 2012.
Como le sucede a mucha gente, no tengo inconvenientes en confesar que no atino a figurarme el perfil de los meses subsecuentes a la consulta electoral. La cinta que corresponde a “noviembre”, junto a los meses que siguen, presentan en este momento en mi cabeza un ramillete de láminas en blanco.
Dos bandos compactos, emocionalmente fracturados, con interpretaciones antitéticas de la realidad nacional, ensayan una extraña esgrima mientras el Presidente de la República, Hugo Chávez, el hombre que ha hecho de la conflictividad política el espíritu, propósito y razón de sus ejecutorias, el padre de nuestra crisis de convivencia, transita un complejo cuadro clínico surcado de rumores, sin ofrecer mayores detalles.
No estoy diciendo con esto que no esté en capacidad de ofrecer un pronóstico electoral o un análisis balanceado de las fuerzas que pugnarán por la victoria que la consulta que entra. Conservo, a la fecha, un fundamentado y cauteloso optimismo. A todos, sin embargo, nos cuesta figurarnos qué ocurrirá incluso después de que tengamos números a los cuales atenernos. Qué hará cada furza política con el resultado en endosado; cuales serán las decisiones que tomen los actores de la sociedad civil a partir de ciertas realidades creadas; cómo irá evolucionando la salud del presidente y la frecuencia de sus apariciones en el debate nacional; cómo se comportarán las Fuerzas Armadas y otras instancias institucionales si, ciertamente, en Venezuela se hace presente una nueva voluntad.
Bajo ese rasero nos aproximamos, a tientas, a lo que, hasta la fecha, sin duda, serán las elecciones más importantes de toda nuestra historia contemporánea. Aquellas en las cuales el país decidirá si recupera la cordura y se inserta en la realidad económica e institucional de la América Latina de este momento, signada por el progresismo económico y los contrapesos del poder; o si escoge definitivamente suicidarse anclando la esperanza de desarrollo nacional a un proyecto como el actual, que ha dado sobradas demostraciones de insolvencia disfuncional.
Por supuesto, vendrán escenarios, quedarán desglosadas alternativas ulteriores, la vida no se va a terminar, como algunos se figuran, el 8 de octubre. Nuevas situaciones irán apareciendo; el hierático panorama actual le abrirá paso a importantes aproximaciones políticas e institucionales. Como ha sucedido antes, la política y sus desenlaces sobrepasarán pronósticos y análisis parroquiales demostrándose como la maravillosa caja de resonancia de lo inesperado. Por alguna parte se irá restaurando el hilo que nos permitía convivir en torno a nuestras diferencias.
Cuando arribemos a Noviembre tendremos suficientes elementos de juicio para saber qué decisiones –y posiciones- tomar en torno al futuro de la nación y nuestra presencia en él. Comprobaremos que seguimos vivos, que seguimos respirando. Que los ciclos vividos, con toda la intensidad y agobio con que suelen presentarse, entrañan importantes aprendizajes sobre los cuales lo mejor será tomar nota
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