Cuando en los años ochenta el precio del petróleo descendió a menos de $10/barril, el Gobierno instruyó a Pdvsa para que aumentase la producción y evitar un colapso en la renta petrolera. La estatal aumentó la producción en más de 100.000 b/d y se abortó parcialmente el problema fiscal. Hoy, con los precios en picada como resultado de la crisis en los países desarrollados, el debilitamiento de las economías emergentes y una sobreoferta de crudo, Pdvsa se encuentra postrada, incapaz de tomar acciones que contrarresten la pérdida en los ingresos de la nación.
Cuando Pdvsa se politizó en el 2003 y despidió a 20.000 gerentes y técnicos, dejó de ser una empresa comercial regida por principios gerenciales, para transformarse en una pieza de estrategia política al servicio de la revolución.
Entre sus desaciertos destacan el abandono del negocio de la Orimulsión, la venta de refinerías y de terminales en el exterior y la denuncia de la apertura petrolera como mecanismo de entrega a las transnacionales. Pero más grave aún fue la pérdida de su capacidad para autofinanciarse obligándola a entregar al Fonden más del 60% de sus ingresos, a responsabilizarse por la construcción de viviendas y la importación de alimentos.
El Plan de Negocios 2006-2012 que planteaba aumentar la producción de crudo hasta 5.8 MMBD, llevar la producción de gas libre y asociado a unos 200 BPC e incrementar la capacidad de refinación, resultó en un fiasco total. La FPO y las empresas mixtas siguen produciendo lo mismo mientras que la producción por esfuerzo propio ha descendido en 500 MBD. Pdvsa está en coma, su nivel de endeudamiento por $70.000 MM y su dependencia en el BCV para cubrir sus costos operativos es algo inaudito. Le cambiamos el rumbo o nos hundimos con ella.
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