La #PostData de @Anarkyo: My Chemical Romance

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Lo que me gusta de los robots es que no sienten nada. Su (no)existencia carece de cualquier yugo emocional. Si a un robot le diera ganas de hacer algo, podría hacerlo sin depender de alguien y sin que alguien dependiese de él. A diferencia de animales como los perros, y animales estúpidos, como los humanos, a los robots no les importa establecer relaciones salvo que éstas sean prácticas, enriquecedoras y productivas. Al categorizar una relación lo hace siempre con base en factores medibles y concretos. Consideraría ridículo asignar pronombres posesivos como “mío” a otro robot a menos que éste sea, en efecto, de su propiedad notariada. Mucho menos sustentaría tan afirmación en un sentimiento tan intangible como el amor.

 

 

Te cuento esto porque estoy tratando de no hablar de amor. Así que he dedicado los últimos tres años a tratar de desnudarlo tanto como para volverlo una cosa casi pornográfica, casi fea, casi inútil, casi demencial. Es decir, intentar verlo como lo ven los robots.

En eso la ciencia me ha estado ayudando sin saberlo. Como primera pista tengo un artículo que leí en Wired hace tiempo. Básicamente, de los 31 millones de adultos estadounidenses que toman inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS), cerca del 30% sufre disminución del deseo sexual. Pero la nueva teoría indica que dichos químicos también podrían alterar la química fundamental del amor y el romance, limitando las primeras chispas entre dos personas de otra forma destinadas a enamorarse y evitando además que se creen lazos entre ellas.

 

 

Solían gustarme los antidepresivos. Comencé a tomarlos, junto a otros juguetes químicos menos precisos, después de terminar con una chica hace una década. Luego continué tragándolos deportivamente, como caramelos, cinco años más. Si la teoría de Wired fuese cierta, y tomando en cuenta que la mayoría de las depresiones son causadas por problemas amorosos (mi terapeuta de entonces dixit), una vacuna anti-amor, así sea de retruque, vendría a ser una maravilla. Pero es evidente que mi revista favorita se equivocó. Volví a enamorarme y puedo decir que cuando lo hice había tomado media caja de fluoxetina con ron.

Uno se cansa de luchar contra las cosas, la condición humana entre ellas. Hemos evolucionado bastante y la ciencia ha avanzado muchísimo, pero no lo suficiente para hacernos autómatas prósperos, despreocupados y felices. Y así es mejor.

Porque lo que también me gusta de los robots es que todavía son cosa de la ciencia ficción. Y pese a que a mí la ciencia ficción me gusta, me gustan más Cumbres Borrascosas de Emily Brontë, Drácula de Bram Stoker y esa relación con fantasmas, esos besos escritos que no llegan a su destino que son todas las cartas de amor.

 

Gabriel Torrelles / @anarkyo