Ruth Charles no pudo encontrar una iglesia haitiana en Miami que quisiera hacer los funerales de su hijo, Rudy Eugene.
Los brutales detalles de su ataque a un hombre desamparado, los titulares, los rumores de vudú o de posesión demoníaca, todo eso conspiró contra Charles, quien simplemente quería enterrar a su hijo con el debido servicio eclesiástico y regresar luego a su vida tranquila y anónima con su prometido y sus dos hijos menores.
La primera iglesia dijo que no, seguida por la segunda. La tercera dijo que sí, pero luego canceló. Lo mismo sucedió con la cuarta iglesia.
La noticia de la muerte de Eugene el fin de semana del Día de Recordación era ya demasiado bien conocida. Eugene fue muerto a tiros por la policía de Miami, crispado sobre el cuerpo inerte de Ronald Poppo, desnudo, rugiendo y arrancando trozos del rostro del hombre con los dientes. Solo se detuvo después de que un policía atónito le hizo un disparo tras otro. A los 31 años, el hijo que llevaba siempre una Biblia consigo, citaba las Escrituras y llevaba al cuello una cruz de cuatro pulgadas colgada de una cadena, se había convertido en algo irreconocible, conocido en todo el país como el Zombie de Miami.
Dos semanas después de que muriera Eugene, la capilla de una funeraria aceptó celebrar un servicio fúnebre. Su madre entró a la capilla, se hundió en uno de los bancos delanteros y lloró en silencio durante la hora que duró el servicio.
“Yo sentía una frustración enorme. Estaba indignada”, dijo Charles, de 57 años, aunque no quiso nombrar las iglesias que la rechazaron. “Eran miembros de mi comunidad haitiana. Me dieron la espalda”.
No obstante, la fe es un tema recurrente en la historia de la vida de Eugene, así como en su horripilante muerte. La fe es la razón por la cual él evangelizaba, dirigía un círculo de estudio de la Biblia para sus amigos, y había estado recientemente buscando una iglesia a la cual asistir. La fe es lo que empujó a su madre a ir de puerta en puerta, buscando una iglesia que diera un funeral a su hijo. La fe es la razón por la cual la policía encontró versículos arrancados de su Biblia y dispersos por el MacArthur Causeway, a pocos pies de su cuerpo. Y, tal vez, es lo que ayuda a la gente a entender qué pasó esa tarde.
“La religión y la cultura juegan un enorme papel en esta historia. Y, debido a que esta es una historia que en gran medida no se entiende, se usa la religión como un marco para explicarla”, dijo Michelle González Maldonado, profesora adjunta de Estudios Religiosos de la Universidad de Miami. “La gente está usando sus creencias en espíritus malignos, de espíritus de luz y espíritus oscuros, para tratar de explicar lo que sucedió ese día”.
El prometido de Charles, Raymond Leo, quien estuvo junto a Charles cada vez que una iglesia dijo que no, dijo que ella se mostraba valiente en público pero se derrumbaba a puertas cerradas, abrumada por el dolor y el rechazo.
“Cuando uno es cristiano, uno quiere que el funeral se celebre en una iglesia”, dijo. “Así es como debe ser”.
Antes de que Rudy Eugene se hiciera tristemente célebre, era un muchacho como otro cualquiera: le gustaban los deportes, los carros deportivos y las películas de acción. Pero incluso los más cercanos a él dicen que Eugene era pensativo y reservado. Ahora se preguntan si es que eso no escondía algo más oscuro, algo que lo llevó a romper con la realidad una tarde de sábado en mayo. Aunque se especuló mucho sobre si Eugene estaba bajo la influencia de “sales de baño”, una poderosa anfetamina sintética que ha provocado un puñado de espeluznantes ataques carnívoros en el país, las pruebas de toxicología mostraron que el cuerpo de Eugene estaba limpio de drogas excepto marihuana. Quedan ciertas dudas, no obstante — especialmente entre los expertos — ya que algunas drogas sintéticas son indetectables. Una enfermedad mental también pudo haber sido un factor determinante, aunque ninguno de sus amigos o familiares notaron nada que pudiera llevarles a esa conclusión .
A medida que amigos tratan de reconstruir las últimas horas de Eugene, algunas de las lagunas se han ido llenando. La noche antes del ataque, Fredric Christian, amigo de Eugene desde que eran adolescentes, dijo que éste vino a visitar al hermano de Christian con aire preocupado.
“Mi hermano dijo que Rudy tenía un aspecto extraño”, dijo Christian. “[Eugene] dijo que necesitaba hablar con [mi hermano] sobre algo, pero nunca tuvo la oportunidad de decir lo que era”.
A la mañana siguiente, dijo su novia Rikkia Cross, Eugene estaba levantado a las 5 a.m. y registrando el closet en busca de algo, dejando montones de ropa dispersos por todo el cuarto. Besó a Cross en los labios y salió con su Biblia King James y un cuaderno de tapas pardas que él usaba para anotar versículos.
“Parecía que estaba buscando algo”, dijo ella. “No sé qué pudo haber sido”.
Pasaron las horas. Cross empezó a preocuparse. Era poco usual para Eugene no llamar. Ella dijo que llamó docenas de veces al teléfono celular de él, llamó a sus amigos, y finalmente salió a manejar por las calles familiares de North Miami con la esperanza de ver su Chevy Caprice del 1995, que llamaban “el monstruo morado”.
Mientras Cross buscaba a Eugene por la Carretera Estatal 7, él había llegado de algún modo desde South Beach – donde se encontró su auto más tarde – al extremo oeste del puente. A eso de las 2 p.m, se encontró con Poppo, de 65 años, quien había pasado tres décadas en las calles de Miami. Poppo estaba en un lugar a la sombra junto a la salida a Biscayne Boulevard, al lado del edificio de The Miami Herald. Eugene atacó a Poppo, arrancándole los pantalones y destruyendo su cara casi por completo en un despiadado ataque de 18 minutos captado en parte por el video de vigilancia del Herald.
Los caminos de Poppo y Eugene se habían cruzado anteriormente. Pocos años atrás, Christian dijo que él y Eugene estaban haciendo trabajo comunitario alimentando a los desamparados, y se encontraron con Poppo
“Poppo parecía un hombre tranquilo y bondadoso”, dijo Christian, de 34 años. “Recuerdo cuando le dimos de comer”.
No fue hasta dos días después del ataque que Cross y la familia de Eugene se enteraron de que el hombre que la policía había matado era Eugene. Esa noche, la foto de Eugene de un arresto anterior — con barba, sin expresión — estaba en todas las primeras planas, se había hecho viral y acabaría convirtiéndose en materia de chistes sobre un Apocalipsis de zombies caníbales en Miami.
Amigos y familiares quedaron abrumados, y se vieron forzados a preguntarse si algo de su pasado —sus preguntas sobre su padre biológico, su desorientación, su uso ocasional de drogas, sus inquietudes espirituales— tuvo algo que ver en el ataque.
Entre las pistas que él dejó estaba un ejemplar del Corán en su auto y una página de Facebook llena de referencias religiosas. Una entrada del 22 de abril es confusa: El Señor está al lado de mi Señor. Siéntate a Mi diestra. Hasta. Que Yo ponga. A tus enemigos. Debajo de tus pies.
Charles siempre había sido una mujer muy espiritual, que asistía al servicio de los domingos y cantaba en el coro de su iglesia. De modo que, al principio, ella se negó a creer que una iglesia se negaría a celebrar un servicio funeral para su hijo. Empezó a llamar a las iglesias en el Pequeño Haití y en el Noreste de Miami. Luego probó a visitarlas en persona, pensando que no negarían el pedido de una madre.
En su tercer intento, una semana después de la muerte de su hijo, encontró una iglesia del Pequeño Haití que daría el adiós final a su hijo. Planeó un sermón, testimonios, un panegírico y canciones, en compañía de los que recordaban a Eugene antes del ataque.
El pastor aceptó su depósito. Pero dos días antes del servicio, le dijo que su congregación y los líderes de su iglesia no se sentían cómodos con aceptar su cadáver en su templo.
Esa tarde, ella encontró otra iglesia, a pocas cuadras de distancia, en el corazón de la comunidad haitiana.
Menos de 24 horas antes del servicio, ese pastor la llamó y lo canceló.
Llegado ese punto, Charles tomó una decisión difícil. Su hijo menor, Marckenson, envió un mensaje de texto colectivo una vez más a aquellos que planeaban asistir. El servicio se celebraría en la capilla de una funeraria.
Eugene está enterrado en una esquina de un cementerio de Miami-Dade. Su novia visita su tumba, con su simple lápida y un ramo de flores artificiales moradas y amarillas, para recordarle que él fue amado, que es perdonado, y para de algún modo acercarse a la verdad.
“Lo que le pasó a Rudy tuvo que haber sido sobrenatural, algo que los seres humanos no podemos explicar, algo que nos deja muchas preguntas”, dijo. “Me gustaría que él me visitara en un sueño y me respondiera todas esas preguntas. Me gustaría que él me dijera qué fue lo que pasó ese día”.
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