En una ilustrativa tertulia con el profesor Emil Alvarado, catedrático de American University- D.C. (Democracy and Latin-American Conflicts), vino a cuento la desagregación grupal del venezolano y la bizantina discusión dederechas e izquierdas. Apelamos a las enseñanzas del filósofo francés, Aron Raymond, quien sentenció que la objetividad histórica no existe, por lo que el mito de la inevitabilidad de la revolución, no es más que un ardid retórico y una perversa receta de “la tiranía totalitaria”.
Existen imaginarios que favorecen el ideal social-socialista, o mejor dicho, comunista. Aquí encajó la anécdota del cangrejo criollo… En un galpón de baldes ataviados de cangrejos, había un cubo destapado. Todos los baldes estaban cerrados (crustáceos colombianos, mexicanos, argentinos, etc.). Pero la palangana criolla estaba sin tapar… Un curioso preguntó: ¿por qué ese balde está abierto? El encargado respondió: ah, esa palangana no tiene problema.Esos cangrejos no se pueden escapar porque son venezolanos, y cada vez que uno intenta salir, los demás ¡los jalan pa’bajo…!
Aron Raymond decía que “los ideales que hay que abrazar son aquellos que se pueden alcanzar sin destruir lo que se pretende defender”. Parafraseando al liberal galo, los venezolanos defendemos la vida, la democracia, la libertad, siempre y cuando el primero en intitularla, ¡sea yo! Poco espacio reservamos al voluntarismo grupal y solidario. Preferimos destruirnos -jalarnos hacia abajo- que tolerar la salida del otro. A partir de aquí ser diestro o siniestro, es lo de menos, es trivial. Una “dialéctica discursiva” en la cual gana “la receta del tirano”. Una arenguilla barata según la cual las reformas sociales solo son posibles, bajo el mito de la revolución del proletariado… . Cuando le preguntaron a Raymond si él era de derecha o izquierda al rompe respondió: yo no soy de una u otra tendencia, porque de serlo, sería un parapléjico intelectual.
Queda claro que la anécdota del cangrejo patriota -igualar hacia abajo- encaja al dedillo en regímenes socialistas que se nutren de la fractura social. El prof. Alvarado liquidó la tertulia sentenciando: los Chinos se dejaron de cuentos. Aprendieron que el tema no era ser comunista o liberal. Deng Xiaoping reconoció que la cuestión no es el color del gato, sino que sepa cazar ratones. Y China salió al mundo a cazarlos. Hu Hintao -secretario del Partido Comunista Chino- siguió esa ruta… No pretendo que seamos chinos ni rojos, sino que no nos dejemos entrampar más por esa discusión parapléjica, reductora y depredadora, de izquierdas y derechas, debate (¿?) que enclaustra una falsa “objetividad histórica”, donde la última la última palabra, la última verdad, nace ¡del ser revolucionario! Salgamos de ese balde de agua salada.
vierablanco@gmail.com / @
Tweet

