Los hijos nos enseñan más que cien maestros

(foto cortesía abc.es)

Pilar Guembe y Carlos Goñi, esposos y profesores, han decidido enfocar al revés su cuarto libro en el campo de la educación. Esta vez no trata de cómo los niños deben aprender de los padres sino de todo aquello que un padre puede aprender de su hijo. abc.es

Un libro sorprendente que nos dice que cada niño que nace nos trae el mismo mensaje: «A partir de ahora todo va a ser al revés: aprende el que enseña, recibe el que da, queda lleno el que se vacía». Y es que en el proceso educativo los padres también salen enriquecidos, mucho más de lo que se cree, porque los hijos son pequeños maestros que nos enseñan cosas grandes.

—¿Cuáles son esas «cosas grandes» que nos enseñan nuestros hijos?

—Cosas que no están en los libros: optimismo, ilusión, imaginación, humor, alegría, confianza, serenidad… Si no fuera por ellos, probablemente no aprenderíamos a mantenernos siempre jóvenes, a aceptar la frustración, a adaptarnos a lo imprevisible, a trabajar en equipo, a gestionar el tiempo, a reajustar las preferencias, a pactar, a valorar los pequeños detalles,…

—En el libro dicen que los hijos siguen viniendo al mundo con un pan bajo el brazo…

—Sí, pero lo que traen en ese pan no es bonanza económica, sino algo mucho más importante: un hijo nos hace ser mejores, nos hace plantearnos nuestra forma de vida, nuestros hábitos, nuestros principios. Nos obliga a mejorar porque queremos darle lo mejor de nosotros mismos, porque queremos que se sienta orgulloso de sus padres. Queremos llenarnos al máximo para darle más. ¡Qué mejor pan que el que nos hace esforzarnos por ser mejores personas!

—¿Ese pan nos puede sacar de la crisis?

—Nos puede ayudar, y mucho, a afrontarla. Por ejemplo, si estamos cargados de optimismo, si no perdemos la ilusión, la confianza o la serenidad, si sabemos reajustar las preferencias, adaptarnos a lo imprevisible, y todas esas fortalezas que nos trasmiten nuestros hijos, no puede haber crisis que se nos resista. Ahora bien, sacarnos de la crisis tienen que hacerlo los políticos, quienes nos han metido en ella.

—¿No es de valientes tener un hijo en los tiempos que corren?

—Siempre lo ha sido. Un hijo es una apuesta por el futuro. Los antiguos romanos decían que «la Fortuna ayuda a los audaces» y nadie es tan audaz como lo son los padres.

—En uno de los capítulos hablan de la rebeldía que transmiten los hijos…

—La educación es un acto de rebeldía. Por eso, no tenemos que temer la de nuestros hijos; al contrario, debemos alentarla y encauzarla, para que esa energía alimente personalidades sólidas, independientes y libres. Hemos de saber recuperar el inconformismo que nos están enseñando nuestros hijos con el suyo. Nuestro inconformismo ha de consistir en soltarnos de la mano de ese estado paternal que nos adormece mientras nos amamanta, en negarnos a ponernos el abrigo de la mediocridad que todos usan, en enfrentarnos a la injusticia aunque salgamos malparados, en manifestar nuestras opiniones aunque atenten contra la opinión general.

—Una de las cien situaciones que plantean en Aprender de los hijos es la de «cambiar Woody Allen por Walt Disney». ¿Tener un hijo transforma la vida?

—Por supuesto. Las vidas que entran en nuestra vida nos cambian. Los hijos nos obligan a reajustar nuestras preferencias. La llegada de un bebé nos cambia de arriba abajo, nos hace reordenar nuestra escala de valores, zarandea los hábitos adquiridos y pone las costumbres que teníamos patas arriba. No es que tengamos que renunciar a nuestra realización personal o profesional (aunque algunas renuncias habrá que hacer), pero sí deberemos llevar a cabo algunos reajustes.

—¿Sólo se pueden beneficiar los padres de este aprendizaje?

—Ser padres, como es evidente, supone un plus. Se da mucho, pero se recibe más. Hay muchas maneras de enriquecerse como persona, pero la paternidad cuenta con una gran ventaja: los hijos nos enseñan más que cien maestros.

—Y los maestros, ¿también aprenden de sus alumnos?

—Por supuesto. Sólo es buen maestro el que aprende de sus alumnos.