Juan Carlos Sosa Azpúrua: Campo de fresas

Con revolución no hay espacios que valgan. País presidencialista y petrolero no se anda con preciosismos- ¿Cambios? La culebra se mata por la cabeza, no por la cola ni los pies, que este reptil ni siquiera tiene. Los que deseen hacer política seria, y no seguir jugando metras con un tipo rojo de cachos y rabo flechado, mejor será que se sienten a pensar con creatividad las estrategias para confrontar exitosamente esta terrible realidad que sufrimos. Las proclamas zonzas, que parecen sacadas de una caja de cereales, no sirven para nada. Los años pasan, el país envejece mal. Se le ven a Venezuela unas arrugas feas y su rictus bucal es tenebroso. Lo que nunca debió pasar, hace mucho que sucedió, después todo siguió ocurriendo, pero dentro de un pozo séptico que la historia no absolverá. Freud, Jung y Lacan fueron un trío disímil que coincidió en una cosa: los hombres recurren a mecanismos defensivos para proteger su psique. Sea a través de la neurosis, los arquetipos o la manipulación de sus miedos más ocultos, las personas buscan escaparse de realidades duras. El problema es que usualmente el escape es una mentira, el mundo de fantasía que atrapa; y si se vive mucho en él, se vuelve realidad para el sujeto que lo experimenta, y eso es la locura. Antes del siete de octubre la fantasía se volvió colectiva, un Magic Kingdom democrático donde la bruja moriría y Blanca Nieves despertaría rodeada de rosas y canciones hermosas. Mucha gente buena se tapó los ojos y comenzó a ver un campo de fresas, como John Lennon. Y la fantasía fue larga, volviéndose realidad para sus víctimas,  atrapando a muchos que podrían tener alguna influencia con sus ideas y acciones. Venezuela parece que se volvió loca y la locura suele ser irreversible: “Strawberry fields forever

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