Marianella Salazar: Mea culpa presidencial

Trato de hacer un ejercicio de imaginación, ponerme en los zapatos de quienes creen en el proceso revolucionario, de quienes piensan que el socialismo es la vía para generar bienestar y progreso en todas las comunidades del país, de los que se encuentran en la penuria y todavía siguen creyendo en Chávez como la encarnación del socialismo, y sueñan con la repartición equitativa de los beneficios de la revolución bolivariana, empezando por las casas prometidas a personas que viven hacinadas en refugios y de los que han invadido propiedades esperando que el Gobierno les adjudique un techo digno y seguro de la Misión Vivienda.

Imagino lo que sentirán esos creyentes cuando el líder todopoderoso, el que ordena y supuestamente resuelve, cómodamente sentado frente a una cámara de televisión, se lava las manos y se salva de toda responsabilidad y culpa, apuntando a los demás por los fracasos de su gestión e incumplimiento de sus promesas. El lunes, el Presidente en Consejo de Ministros se liberó de toda culpa, al admitir el rotundo fracaso de su gobierno evidenciado en la gran cantidad de obras públicas paralizadas o que nunca se realizaron a pesar de la aprobación de los recursos.

Durante estos catorce largos años de su mandato, hemos visto a miles de personas con franelas rojas protestando a diario por el incumplimiento de las promesas presidenciales, especialmente por viviendas, la falta de recursos en los organismos prestadores de servicios públicos, sobre todo en materia de salud, o que claman por sus reivindicaciones salariales; sin embargo, salvan de toda responsabilidad al Presidente de la República de su mala gestión. No pueden ni quieren creer que pueda ser tan desalmado al destinar recursos y obras a los pueblos de otros países cuando aquí hay tantos necesitados y tanto por hacer; están convencidos de que el presidente Chávez no sabe ni está enterado de la indolencia, corrupción o falta de sensibilidad de sus funcionarios y de sus legiones de inútiles. Frente a las cámaras aseguran que el Presidente ignora sus urgentes necesidades materiales y existenciales y se lanzan a protestar en las calles, caotizan así aún más las ciudades, lo hacen con la esperanza de que el ocupado y convaleciente mandatario sintonice los canales de televisión y medios privados, que son las únicas vías disponibles por donde pueden exponer sus quejas, para ser escuchados y les remedien sus problemas.

Cuesta creer que el Presidente sea tan indiferente a los reclamos desesperados de las personas más humildes que siguen votando por él. Sin embargo, la alocución del lunes tuvo que dejarlos atónitos, por no decir decepcionados, cuando admitió que tiene como ministros y colaboradores a una cuerda de incompetentes, y se dejó de miramientos para ofrecerles, de la boca para fuera, su temible puño de hierro, que se materializara en 100 equipos cívico-militares que inspeccionarán el funcionamiento de las obras y le dejó ese muerto al vicepresidente Nicolás Maduro, que al final será el responsable y al que pedirá cuentas.

Pensar que el drama desencadenante del sacudón presidencial haya sido por la planta de los famosos helados Coppelia, producto de acuerdos con Cuba e Irán, que fue inaugurada con bombos y platillos, hace dos semanas en el estado Falcón. Tuvo que ir la ministra de Seguimiento, la almiranta Carmen Menéndez para constatar que no había envases ni materia prima y, de paso, estaba echada a perder una máquina, de lo que darán cuenta los iraníes, que no sólo se aplican con su tecnología en materia de reactores nucleares, sino de helados. Otro fracaso más, símbolo de un modelo fallido.

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