Karl Krispin: Malísimo gusto

En un consejo editorial donde participo, Rodolfo Izaguirre soltó recientemente una frase con la elegancia que lo caracteriza. Dijo que “el país odia la belleza” y todos nos apuramos en estar de acuerdo. Con el aliento de sus palabras, queremos explicarlo a nuestroaire. Basta caminar por nuestra ciudad para darnos cuenta cómo el desenfreno, la anarquía y el detritus han confiscado las calles.

El tinglado de la depredación buhonerainvade las esquinas. Hay unas tribus de delincuentes citadinos que no pueden ver una pared bien acomodada, porque la escogen como el marco para garabatear los más pueriles grafitis que vomitanvacuidady unas incomprensibles rayas adiposas. ¿Y los alcaldes? Están reunidos. El lenguaje está jalonado de groserías desde todas las clases sociales para suprimir cualquier diálogo. En esa misma reunión se contó que un seminario en Mérida donde se discutía sobre Heidegger y estética fue irrumpido por un grupo de malandros políticos armados porque el temario no fijaba su mirada sobre los problemas reales del país.

El culto a la personalidad de los actuales reyezuelos hace colocar imágenes de su Führer en cuanto despacho público exista para recordarnos que el único símbolo nacional es el jefe supremo. La ciudad capital ha sido decorada con una serie de adefesios como el extraño falo dispuesto para la eternidad de no sé quien en la plaza San Jacinto y la guinda de este mal gusto es el impresentable mausoleo quealojará a Simón José Antonio de la Santísima Trinidad, que bate universalmente un récord de fealdad poco común.

El ciudadano español que está a cargo de la transformación revolucionaria de Caracas está muy claro de que mientras más horrorosas sean las soluciones delagran misión vivienda, estará pasando a la historia como la némesis indiscutible del barón de Haussmann en su versión del siglo XXI. Guzmán Blanco dejó una ciudad que al decir del escritor americano William E. Curtis era una París de un solo piso.

El loquito de Cipriano Castro tuvo empeño para edificar el Nuevo Circo y el Palacio Municipal. Hasta don Juan Vicente Gómez pidió desviar el paseo de Las Delicias para no tocar uno de sus árboles centenarios. Marcos Evangelista Pérez Jiménez construyó la más impecable y moderna ciudad universitaria. Por encima del color político, había una preocupación estética. Comparemos esto con las baratijas habitacionales que se suceden en la avenida Libertador henchidasde propaganda comunal.

Y si a los atuendos nos referimos, ¿qué mayor negación a la individualidad del gusto y qué mayor cosificación como síntesis desu anulación existe en que se deba llevar una franela roja? Como expresión máxima de la moda de los sóviets está la guayabera roja. De otra parte tenemos los uniformes domingueros de koalas, bermudas cachuchas y cholas. En la Caracas donde crecí era impropio y de mal gusto llegar a un festejo en mangas de camisas.

Ya ni hablemos de corbatas, tan en extinción como las túnicas romanas, sino de una simple chaqueta. No podemos ser viandantes sin temor a ser asaltados por toda calaña de antisociales o atropellados por la suciedad. Sin hablar del abuso crónico de los motorizados y autobuses contaminantes. Hasta se ha vuelto natural ver ciudadanos orinando cualquier pared sin vergüenza a ser acusados por el nostálgicoManual de Carreño. No sé si sea debido a la catástrofe que representa utilizar un baño público.

Vivimos una ciudad y un país donde imperan el mal gusto, la gritería, la chancleta, el tuteo por doquier y la vulgaridad. Aquella apreciada decencia venezolana del respeto y la discreción está en los archivos del pasado. Contemplamos un hecho estético para aniquilarlo de inmediato. El país parece de veras odiar la belleza, como lo recuerda el impecable de don Rodolfo.

Karl Krispin
@kkrispin