Yoani Sánchez: ¿De quién es el cerebro?

Mi familia reclama para sí este amasijo de neuronas, reforzado con los cuidados que me prodigó cuando niña. La maestra que me enseñó a leer exige su crédito por aquellas conexiones que ayudaron a unir pensamiento y lenguaje. Cada uno de mis amigos también podría demandar su parte, su trozo de un lóbulo o de otro, por las satisfacciones y los disgustos que han inscrito sobre sus frágiles circunvoluciones. Hasta el niño que cruzó frente a mis ojos, sólo un segundo, tendría derecho a una porción de mi corteza cerebral, pues a su paso grabó un diminuto recuerdo en mi memoria.

Todos los libros que he leído, los helados que he tomado, los besos dados con frialdad o con pasión, los filmes que he visto, el café mañanero y la gritería de los vecinos… a ellos les pertenece una porción de esta masa gris que llevo tras la frente. Al gato que ronronea y clava las uñas, al policía que vigila y suena el silbato, a la funcionaria que se ajusta el uniforme militar y dice “no”, al profesor mediocre que escribe “geografia“ sin acento y al conferencista brillante cuyas palabras parecen abrir puertas, desplegar ventanas. A ellos debería entregarles –una a una- mis células corticales, ya que en ellas lograron hacer marcas indelebles. Mis axones tendría que distribuirlos entre millones de personas, vivas o muertas, a las que conocí o simplemente escuché en una nota musical o a través de sus versos.

Ahora bien, según el decreto ley 302 que regula también los viajes de profesionales al extranjero, mi propio cerebro –como le ocurre al resto de los graduados universitarios- no me pertenece. Los pliegues y los surcos de este órgano son propiedad –según la nueva legalidad- de un sistema educativo que se ufana de su gratuidad para después cobrarnos con la propiedad sobre nuestro intelecto. Las autoridades que regulan la posibilidad salir de esta Isla, creen que un ciudadano calificado es un simple conglomerado de materia encefálica “formada” por el Estado. Pero reclamar los derechos de uso de una mente humana es como querer ponerle puertas al mar… grilletes a cada neurona.

(Mientras el Gran Culpable
se alberga tras la sabia protección de la frente.
“Defensa del miocardio inocente“

Rubén Martínez Villena)

 

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