Gonzalo Himiob Santomé: El poder de las palabras

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“Si ayudo a una sola persona a tener esperanza,

no habré vivido en vano”

Martin Luther King

Esta entrega es quizás íntima, y podrían reprocharme que tal y como están las cosas en el país, no debe uno ocuparse sino de los asuntos públicos, de los que nos bombardean día a día y tenemos por “trascendentes”, aunque a veces lo hacemos sin darnos cuenta de que la angustia y el sobresalto, sobre todo en lo político, han dejado de ser “lo extraordinario” para pasar a ser lamentablemente lo cotidiano. Sin embargo, no sé hasta qué punto lo que van a leer, ustedes mis amigos anónimos que siempre me esperan del otro lado de la página o de la pantalla, por personal que sea, no tenga un poco que ver con el tan necesario rescate de esa humanidad que en este ajetreado país a veces desaparece y nos convierte a todos en simples sobrevivientes, cuando no en silentes máquinas de la inercia; eso decídanlo ustedes.

 

Hace unos días, una joven conocida acudió a mí en busca de consejo. Está en la mitad de sus veinte, es muy inteligente y trabajadora, tiene su novio desde hace algunos años y ya está bastante avanzada en sus estudios de postgrado. El caso es que quedó embarazada y se agolpaban en su alma y su mente mil dudas. Me dijo que estaba pensando en abortar, que aún estaba a tiempo para ello, y que quería saber mi opinión sobre eso ¡Imagínense ustedes el compromiso que tal pedimento implicó!, no sólo considero que esa es una decisión absolutamente íntima y personal, sino que además creo que en la mayoría de los casos los consejos sólo sirven a quién los da, cuando y si es que sirven. Con todo el tacto del que fui capaz, pero sin concesiones, le planteé mi postura al respecto. Básicamente esta se resumía en que la decisión y la responsabilidad le pertenecían a ella y a su novio en exclusiva, pero que no veía yo razones de peso para terminar anticipadamente su embarazo. A fin de cuentas, ella es una joven capacitada, con ingresos bastante por encima del promedio, y no había sido su embarazo producto de algún crimen o de alguna aventura pasajera, sino de un acto de amor con su novio, adulto también, sobre el que había que asumir, como cuando se asume el goce de las mieles del sexo, plenas y serias responsabilidades.

 

La joven sin embargo me llamó a los pocos días para comunicarme su decisión: Abortaría. Les confieso que la noticia, sin yo tener más vela en ese entierro que la de haber sido requerido mi consejo, me cayó como un balde de agua fría. Le repetí que esa era su decisión y le encomendé entonces que tuviera cuidado.

 

A no menos de unos segundos de terminar la llamada, me asaltaron importantísimas y muy graves dudas sobre lo que se me había sido dicho en esta. A fin de cuentas se trataba de salvar una vida, así lo veía yo, de manera que empecé a preguntarme si había hecho yo todo lo necesario para lograrlo. Estaba en soledad, y medité unos minutos sobre eso cuando decidí hacer una última jugada: Usaría este lenguaje, el de la escritura, para hacerle ver a la joven mis argumentos, con delicadeza y sin juzgarla, pero con firmeza. Además en ese momento, en otra arriesgada movida, decidí hacer público en la red y en la plataforma 2.0 (respetando el nombre de la involucrada, por supuesto) mi ruego, todo para que fueran además de las mías las palabras de otros las que le hicieran ver que quizás estaba cometiendo el más grande error de toda su vida.

 

Así lo hice y se lo comuniqué a la joven pidiéndole además que antes de hacer definitiva su decisión, se animara a leer los comentarios que seguramente la gente le haría sobre su situación. Era ambiciosa mi pretensión, y hasta cierto punto impertinente y atrevida, pero no podría dejar pasar el día sin hacer, porque toda vida lo vale, ese último esfuerzo. No podría dormir tranquilo si no hubiera hecho al menos eso. Tal es la responsabilidad con la que asumí el honor de que una joven, hasta cierto punto con poca vinculación conmigo, me hubiera visto como un referente en su predicamento.

 

No alargo más la historia. Pese a que era domingo y probablemente muchas personas estaban ocupadas en otros menesteres, varias centenas de mensajes para la muchacha, algunos públicos, los más privados, poblaron mis cuentas en pocas horas. En casi la absoluta mayoría de éstos, perfectos desconocidos, mujeres anónimas, padres, madres, hermanos, amigos, hijos e hijas, le hablaron a la joven como si fuesen de sus más cercanos y preocupados parientes, instándola con una dulzura rayana en lo poético a continuar su embarazo. La joven, me consta, los leyó todos.

 

Pasó el día y a la mañana siguiente, tuve la feliz confirmación de que sabiéndose acompañada, y fortalecida por los múltiples mensajes y las hermosas y sentidas palabras de aliento que había recibido, la muchacha había decidido apostar por la vida. Tendría a su bebé. Confieso, estimados todos, que no pocas lágrimas solté de la alegría, y que si hubiera sabido bailar, que no sé, hubiera bailado. Quizás en eso influyó un poco que en lo personal, y he aquí lo íntimo de esta entrega, no paso por uno de mis mejores momentos, y eso me había llevado a creer que si podía ayudar a salvar esa vida en ciernes podría, como aún lo creo, salvar otras cosas. Ya veremos. El punto es que la alegría, esa condición generalmente ausente hoy por hoy de nuestras vidas, no me cupo en el pecho. No por vanidad, yo sólo fui un instrumento, sino por la hermosamente feroz solidaridad que confirmé en nuestra gente, ya que fueron sus palabras, que no las mías, las que habían convencido a la joven de no abortar. Si aún guardamos esa fuerza en nosotros, si aún podemos preocuparnos por los demás de esa manera, el futuro pese a que a veces parezca lo contrario sigue siendo promisorio.

 

Tal es la fuerza de las palabras cuando vienen acompañadas de esa profunda humanidad que guardamos con celo todos nosotros, los de un bando y los del otro, en este país, aunque a veces los velos de nuestras penas y cargas diarias y hasta los de nuestras ideas no nos dejen verla. No tienes que ser necesariamente un “conocido” de alguien para apoyarle cuando más lo necesita, sólo hace falta amor al prójimo, disposición, voluntad y esa importante cualidad, que con esto reafirmé que no está en desuso, que es la bondad humana.

 

No sé qué piensen ustedes estimados lectores, probablemente me tilden de cursi o de cosas peores. Válido. La verdad, sin pretensiones, es que lo logrado me hace inmune a cualquier cuestionamiento, pues para mí, cuando aún somos capaces de palabras y de actitudes tan grandes y meritorias como las que aquí relato, al punto de que pueden salvar una vida en este país en el que la muerte es la regla, mucha esperanza nos queda aún en las alforjas.

 

Vaya entonces a los que me apoyaron desinteresadamente en esa lucha, mi más sentido reconocimiento. Cuando se pone el debido empeño y confiamos en los demás, confirmamos que no estamos solos y que todos podemos lograr, Dios mediante, las oportunidades que merecemos.

 

@HimiobSantome