Semana.com: En el diálogo de paz Chávez tiene la llave

AVN

Hugo Chávez es la figura internacional más impopular en Colombia. Sin embargo, a pesar de las prevenciones que despierta en este lado de la frontera, de culminar felizmente el proceso de paz con las Farc los colombianos tendrían no poco que agradecerle. La explicación es tan simple como paradójica: por las mismas razones por las que el entonces presidente Uribe le declaró la guerra, el mandatario venezolano es, hoy por hoy, la pieza clave de la negociación entre esa guerrilla y el gobierno de Colombia, así lo reseñó semana.com

A Chávez las Farc no solo lo oyen. Le reconocen una “autoridad moral muy grande”, como dijo hace poco Rodrigo Granda, uno de sus voceros. Su revolución bolivariana, su cruzada antiestadounidense, su vindicta contra los medios que no controla son modelos para ellas. Y, aunque no se ha probado que él o su gobierno tengan responsabilidad directa, es un hecho que las Farc usan buena parte de los 2.219 kilómetros de frontera para escampar de la ofensiva militar del lado colombiano, reponerse y mantener rutas de logística y de tráfico de cocaína cada vez más prósperas y consolidadas. A través de informes de inteligencia y de reportajes periodísticos que recogen testimonios en ambos lados de la frontera se ha probado que elementos de la Guardia Nacional y de los militares venezolanos tienen relaciones con las Farc y varios de sus más notables comandantes cuentan con refugios en Venezuela.

Por todas estas razones -y otras más, de corte ideológico- Álvaro Uribe decidió que la mejor manera de pelear con las Farc era pelearse con Chávez. Paradójicamente, por las mismas razones, Juan Manuel Santos decidió que uno de sus primeros actos de gobierno sería hacer las paces con el mandatario vecino. Una apuesta que, hasta ahora, y pese a las protestas del uribismo, ha funcionado. Gracias en buena parte al papel tras bambalinas de Hugo Chávez, las Farc están sentadas a una mesa con delegados del gobierno colombiano en La Habana.

Casi todos los analistas, de las distintas orillas del espectro ideológico, coinciden en que el papel de Chávez ha sido clave. “Chávez tiene la llave de la paz”, dijo hace poco el exministro uribista Óscar Iván Zuluaga, para criticar el proceso. Desde la otra orilla, Piedad Córdoba sostuvo que “los acercamientos (entre gobierno y Farc) se hicieron a través de él”. Vicenç Fisas, académico español, llegó a decir que hubo una reunión de ocho horas entre Timochenko y Chávez, decisiva para la fase exploratoria del proceso con el gobierno.

Chávez es, además, quizás el único en capacidad de ejercer sobre las Farc no solo en orientación y consejo sino presión. Desde que se reconcilió con Santos, las autoridades venezolanas han detenido y, en varios casos, entregado a Colombia una veintena de narcos y guerrilleros (muchos más de los primeros que de los segundos). Y, aunque no se trata de figuras de primera línea (como Timoleón Jiménez o Iván Márquez, que se afirma han pasado tiempo en ese país) sí es una actitud que, además de responder a la nueva diplomacia con Colombia, envía a las Farc el mensaje de que las cosas no son tan fáciles como antes. Como dijo en un informe reciente el International Crisis Group, un centro de análisis de conflictos en el mundo: “Chávez tiene la influencia política para empujar a las Farc a moverse hacia el abandono de la lucha armada”.

Dar oxígeno es también contar con la posibilidad de quitarlo, en función de los intereses cambiantes de la República Bolivariana, que no son necesariamente los mismos que los de las Farc. Así lo muestran experiencias como la de la diáspora irlandesa en Estados Unidos, cuya financiación fue muy importante para el IRA durante años pero la amenaza de cortarla fue un factor clave en la negociación final. Quizá más próximos a la experiencia colombo-venezolana son el papel que Francia ha desempeñado en los últimos años frente a ETA, o el de Egipto frente a los palestinos de Hamas. Con fronteras comunes, en ambos casos, lo que esos dos gobiernos han hecho o dejado de hacer frente al grupo armado al otro lado ha sido crucial para España e Israel así como para la ETA y para Hamas, que controla la franja de Gaza.

Chávez ha pasado, en el lapso de unos meses, como ocurrió en 2008, de pedir estatus de beligerancia para las Farc a declarar que la lucha guerrillera es historia del pasado. De no mover un dedo contra sus integrantes se pasó a poner en cintura a algunos, aun si, como ocurre con Julián Conrado, el cantante de las Farc, no se los envía a Colombia. Hay síntomas de que, en los últimos tiempos, la presencia en Venezuela del único movimiento armado de izquierda del hemisferio, que recurre de métodos terroristas que afectan a la población civil, se ha ido convirtiendo en una ‘papa caliente’ para el proyecto político chavista. Para el cual, a largo plazo puede ser más útil una insurgencia desmovilizada, convertida en aliado político del proyecto bolivariano, que una guerrilla cada vez más aislada y desprestigiada en lo político y degradada en lo militar.

Las Farc oyen y respetan a Chávez. Primero, porque cuentan en el vecino país con amparo de hecho o de derecho. Segundo, porque el presidente es el único en capacidad de ejercer algún tipo de influencia sobre ellas. Y tercero, porque no necesariamente está en el interés de Venezuela que la guerrilla colombiana se mantenga en el monte. Desde que el presidente Santos decidió sacarse la llave de la paz del bolsillo, ahora pasó al bolsillo de Chávez. Si al presidente venezolano no le conviene la negociación, difícilmente habrá acuerdo; Pero si, como parece, está interesado en ella, a las Farc les costaría mucho más resistirse.

A muchos colombianos puede no gustarles que el vecino sea tan determinante para la paz y varios críticos lo han señalado como uno de los problemas más graves para el proceso. Chávez tendrá, evidentemente, sus propios cálculos e intereses. Lo que tácticamente puede ahora hacerlo coincidir con Santos -ayudar a poner fin al conflicto armado- puede ser también una apuesta política y estratégica de largo plazo: contar con que la guerrilla legalizada se inscriba en el proyecto bolivariano, que no esconde sus ambiciones de hegemonía regional. Pero así es la política. Entonces, Colombia habrá de dar respuesta. Pero antes, hace falta poner fin al conflicto armado.