Odoardo León Ponte: El petróleo y la meritocracia

A Pdvsa siempre se le criticó su apego a la meritocracia: una reacción a la dificultad que ella representaba para poder incorporar en las posiciones importantes a personas de la “confianza” del gobierno de turno.

Definamos el término de una manera breve: meritocracia significa una forma de gobierno basada en el mérito, trátese del estado o el sector privado. En ella predomina el valor asociado a la capacidad individual y el mérito personal; no responde a clases sociales, se basa en la habilidad, la inteligencia y el esfuerzo (contrario a lo igualitario). Es el talento, la educación formal, la experiencia; la competencia, la habilidad, la inteligencia y el esfuerzo; la honestidad intelectual. Las posiciones más altas son para los de mejor desempeño y posibilidades de crecer. Es un sistema complejo que debe ser entendido por todos y que, bien usado, produce excelentes resultados: de allí la razón del éxito de la Pdvsa del siglo XX cuya meritocracia llevó a resultados extraordinarios, en comparación con sus pares a nivel internacional  y, ni se diga, en comparación con las otras empresas del Estado. La meritocracia también llevó a las empresas de Guayana a niveles de excelencia que fueron reconocidos y valorados en su tiempo y en su momento. Pero pare de contar.

El sistema que ha aplicado el Estado a través del tiempo, insistiendo en absorber y lograr mayor control de la actividad económica sin tener la capacidad real de lograr el éxito, ha llevado al país a los niveles de deterioro que hoy conocemos. En algunas épocas pasadas se conocía a los ministros por ser personas destacadas en su actividad profesional, pública o privada. En el camino comenzamos a notar una incorporación paulatina de figuras desconocidas para dirigir las actividades del Estado, hasta llegar a la designación de funcionarios en base a la afinidad personal o política, el compadrazgo, el nepotismo y la mala administración de los recursos humanos: la antítesis de la meritocracia. Agregando la corrupción, el resultado es un país que gradualmente se ha aproximado al caos. Debemos cambiar.

Hemos participado en permitir que suceda lo que nos empobrece. Nos preguntamos: ¿vamos a seguir tratando de controlar el país a través de la propiedad del Estado de los medios de producción y de servicio o vamos a limitar su esfuerzo a lo que solo el Estado debe y puede hacer? ¿Qué dimensión puede y debe tener el Estado en nuestro país cuando escasean los recursos financieros y humanos? ¿Cómo podemos comenzar a aplicar en las estructuras del Estado los criterios de meritocracia como fórmula de acción para enrumbar el país hacia el progreso basado en el éxito? ¿Con qué se va a quedar el Estado y cuáles van a ser sus prioridades? ¿Cómo atraeremos a la inversión privada para que absorba y reciba actividades y mayoritariamente contribuya a sacar al país del atolladero? ¿Cómo motivar a los verdaderamente interesados en el país a participar? ¿Cómo acelerar el mejoramiento de la calidad de vida para que los que se han ido quieran volver? ¿Cómo desagraviar a los perjudicados? ¿Cómo abrir el candado para incrementar la capacidad de producción petrolera y los correspondientes ingresos que apremiantemente necesitamos? ¿Cómo incorporar la honorabilidad como elemento indispensable para el aprecio de y el reconocimiento a las personas?

¡Desafío inmenso! ¡Dios nos salve!

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