Juan Guerrero: Anarquía

Cierta mañana mientras caminaba con mi esposa para encontrar un sitio donde desayunar, en Chichiriviche, vimos a una mujer de no más de 35 años, orinando detrás de un carro. Muy sonreída se alzó, se ajustó sus pantalones y dando pequeños saltos salió corriendo y se perdió entre el gentío que comenzaba a llenar las calles del pueblo.

 

Esa mala costumbre alcanza ahora la cúspide con las imágenes de la vedette Diosa Canales, quien se fotografió mientras orinaba en “campo abierto”. Para mayor descaro, hace unos días, mientras transitaba por la avenida Libertador de Barquisimeto, a pleno día, un anciano que no era pordiosero, al lado de un semáforo, se abrió la bragueta y orinó sin mayor rubor. También por esa misma avenida, justo en la intersección con la Rómulo Gallegos, existe un taller de gandolas y camiones que realiza su trabajo en plena vía. Toda una cuadra está saturada con estos vehículos.

 

La jardinería fue destruida por la acción del derrame de aceite, grasa, gasolina y otros líquidos, fluidos y gases de motores. Es un espectáculo de agresión contra el ciudadano y la ecología, lo mismo que ver orinar a esas personas lo es contra el decoro y las buenas costumbres en toda sociedad.
Pero si esto fuera poco, habría que ver cómo han sido “asaltadas” las esquinas de este país por saltimbanquis y maromeros, quienes echando fuego por la boca, tragándose espadas, lanzando pelotas al aire, pines y cintas de colores, mantienen en todos los semáforos de este país un circo ambulante, mientras otros venden pantaletas, pan sobao, accesorios para teléfonos celulares, tomates, pimentones, frutas, lotería, periódicos o extienden un cartelito o botellón de plástico, con alguna imagen de niña malnutrida o inválida, pidiendo limosna.
La anarquía también se observa como cosa “normal” en calles y avenidas, cuando los conductores de vehículos irrespetan las luces de los semáforos y demás señalizaciones de tránsito. Incluso, personas manejando con niños mientras pasan con la luz roja. En Venezuela el conductor tiene preferencia sobre el peatón. Mientras más grande y fuerte es el vehículo más riesgo existe que te atropellen cuando intentes cruzar una calle por la demarcación peatonal, que siempre está ocupada por vehículos.
Pero lo lamentable es presenciar, ya descaradamente, cómo los funcionarios imponen su autoridad mientras te descalifican, te ofenden y literalmente te “roban” mientras eres sancionado “bajándote de la mula”. Los pocos funcionarios decentes deben bajar la cabeza y “hacerse los locos” mientras los raqueteros, en sus alcabalas de quince y último, completan su sueldo.

 

La vida cotidiana del ciudadano venezolano común y silvestre es una especie de juego de lotería. Vivimos con el alma en vilo haciendo zigzags para evitar ese numerito y tener que caer en manos de esa anarquía, bien gubernamental o de los energúmenos que pueblan esta sociedad donde se impone el más fuerte, el más vivo, quien posee influencias, dinero o simplemente tiene en sus alforjas una 9 milímetros.
Quien tiene dinero o influencia política, militar o económica posee licencia para hacer lo que tenga a bien saber y entender. Sino, observe el proceso que vivió la modelo “Rosita”. O el hijo del general Motta Domínguez, o el hijo del gobernador del estado Bolívar.
La anarquía de todo tipo se promueve desde el gobierno del Estado, quizá por dejadez, por demagogia o por laxitud. Pero también la anarquía se observa en la familia y gran parte de los hogares venezolanos, cuando los adultos imponen a los niños y jóvenes como imagen, el ventajismo, la adulación, la viveza, la trampa, y demás actitudes negativas que fortalecen principios y valores contrarios a la ética y la moral ciudadanas.
De seguir en esta anarquía, terminaremos viviendo en una sociedad de cómplices, por acción u omisión, y también de “pranes y luceros” mientras misses, politiqueros, vedettes, vallenateros y reguetoneros, se encargan de amenizar la parranda y la rochela, sin importar la cifra de muertos que solo a los deudos y amigos duele.
No creo que todo sea responsabilidad del gobierno del Estado, que, obviamente, tiene un peso en la promoción y consolidación de un ciudadano moralmente sano y apto para vivir y convivir en libertad y democracia. La clave parece estar en la familia y educación. Ese hombre y mujer que anda por ahí dándose golpes de pecho mientras acecha en la oscuridad de su alma a quien pueda timar, tracalear o simplemente, realizar su negocio dónde sea y cómo sea, no importa si coloca su quincalla “mental” y física en media acera o en plena plaza Bolívar, o se la instala en la mente a su descendencia. Lo importante es él y solo él. Los demás, que vean cómo resuelven su vida.
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