Vladimiro Mujica: No basta votar

Pareciera ineludible repensar algunos elementos y premisas fundamentales de la estrategia opositora. Hay que combinar la participación electoral con la protesta social y la desobediencia ciudadana.

Las canciones de Alí Primera se escuchan como una letanía interminable en las congregaciones del chavismo. En esto, como en muchas cosas, la usurpación selectiva de un legado colectivo de los venezolanos ­el extremo es la apropiación indebida de la figura, imagen e inclusive los restos de Simón Bolívar­ pretende hacer ver la gesta chavista como una especie de continuidad histórica profetizada y anticipada. Yo crecí escuchando y cantando muchas de las canciones de Alí Primera, y en una de esas jugarretas de la memoria heme aquí recordando una de sus primeras canciones, “No basta rezar”, presentada por primera vez en 1976 en el Festival de la Canción de Protesta organizado por la ULA, al tiempo que leo la información sobre la intervención de Antonio Ledezma en el evento “Protesta y Vota”. De ahí el salto a reemplazar “Rezar” por “Votar” para el título de esta columna tomó sólo un instante más.

Pero como suele ocurrir con las analogías, las conexiones no se limitan al ámbito de las palabras. La letra de Alí es una invitación poderosa a la acción para alcanzar la paz en contraposición a la actitud pasiva de quienes solamente se encomiendan a la plegaria. La comparación con la situación dilemática de los venezolanos en relación a la salvación de la democracia por el solo acto de votar no puede ser más apropiada. Votar, se nos dice, es indispensable. Y tienen razón quienes insisten; pero no será suficiente.

Se dice con sencillez y suena contundente, pero en realidad cómo ir más allá del voto no tiene respuestas simples porque todas las que son realistas implican un tipo de conciencia y participación ciudadana que es difícil de armonizar con una tradición de pensar en el voto como un derecho garantizado por las instituciones y el marco jurídico y constitucional de la nación. Todo lo último está en entredicho en Venezuela porque las instituciones han sido literalmente tomadas a través de varias operaciones de asalto, legalizadas por la mayoría oficialista en la AN y el TSJ. A ello hay que unirle el hecho de que el chavismo cuenta con una combinación poderosa de una base popular donde asentarse combinada con mecanismos de intimidación y compra de voluntades que le permiten abultar su apoyo hasta construir un engendro de mayoría. Una imposición brutal pero muy elaborada sobre la sociedad venezolana, que ha prostituido y envilecido la acción política del chavismo pero que por ahora le ha garantizado la continuidad en el poder.

Pareciera ineludible en este escenario repensar algunos elementos y premisas fundamentales de la estrategia opositora. En primer lugar, el asunto de cómo combinar la indispensable participación electoral con la protesta social y la desobediencia ciudadana contra la ilegalidad y las violaciones a la Constitución. Ello debe incluir, sin duda, la lucha por los derechos políticos y la transparencia electoral pero debemos ir mucho más allá.

Cada protesta de grupos y sectores de la sociedad debe ser vista como un problema de todos que exige que todos nos movilicemos. Sean las protestas de los transportistas por la inseguridad, la de los universitarios por la asfixia presupuestaria o la de los obreros en Guayana, es necesario construir un discurso y acción común que asocie a los dueños absolutos del poder con los males del país. Protesta y participación electoral tienen que aprender a ir de la mano y esto le plantea al liderazgo opositor retos nuevos y formidables.

En primer lugar hay que ampliar los alcances de la acción de la MUD. Esta es esencialmente una organización de partidos políticos que juega un papel central como escenario de comunicación y dirección política, pero es irreal pensar que las tareas de organización y participación ciudadana que los tiempos exigen se puedan articular sin el concurso de la sociedad civil. Por otro lado, para el ciudadano que le exige respuestas a la dirigencia opositora por la derrota del 7-O y que juega a veces un juego suicida de recriminaciones y frustración que le puede llevar al extremo de entregarle todo el país al chavismo en las próximas elecciones de gobernadores, lo que está ocurriendo debe llevarle a reflexionar también sobre sus propias premisas y expectativas.

Si alguna realidad se está imponiendo cada vez más sobre los venezolanos, es que en Venezuela ya no queda ningún lugar seguro para esconderse de la arremetida autoritaria de la revolución chavista. Eso significa que a la pregunta: ¿qué hago yo como individuo?, se debe examinar la respuesta: Deje de pensar como si se tratara de un problema personal. Es indudable que el despropósito del desgobierno chavista nos afecta como individuos, pero la raíz del problema es social y política. Escoja su organización favorita, partidista o de la sociedad civil, y participe en la lucha colectiva contra el autoritarismo, porque la naturaleza de esta lucha es tal que excede con mucho las posibilidades de las organizaciones políticas tradicionales. En el camino, esto tendrá un efecto inesperado adicional: el retorno de la ética a la política y la imposibilidad de imponerle planes pequeños a un país que tiene enormes expectativas. La vigilancia de los ciudadanos es la mejor garantía de que las decisiones de los partidos se van a ajustar al bien común. Por otro lado, los ciudadanos se verán liberados de ser tratados como niños por quienes piensan que la verdad no se puede discutir porque desestimula a la gente a votar.

En estos tiempos transcendentales es fundamental que la verdad, compleja y dura, aflore y sea discutida. Tan inaceptable como el chantaje de que no se discuta mucho para que la gente vote es la expectativa infundada del ciudadano de que se le garantice democracia solamente por ir a sufragar. Parafraseando a Alí: Cuando el pueblo se levante y que todo haga cambiar, ustedes dirán conmigo no bastaba con votar.