Gustavo Azócar: El calabozo de la libertad

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CARTA A LA JUEZ AFFIUNI

Estimada amiga:

Primero que nada permítame expresarle una vez más mi admiración. Es usted una mujer muy valiente. Haber confesado ante un periodista, como usted lo hizo, los abusos sexuales de que fue objeto mientras estuvo recluida en el INOF es un verdadero acto de heroicidad.

No son muchas las mujeres en este país con el coraje y el valor suficiente para confesar y denunciar hechos de esta naturaleza. Cuando la fui a visitar en el INOF, le dije personalmente que sentía una gran admiración por usted. Hoy se lo quiero ratificar por esta vía.

Doctora Affiuni: No todo el mundo está dispuesto a soportar los atropellos, las vejaciones, los maltratos y las agresiones a que hemos sido sometidos quienes hemos caído en manos de esta justicia con boina roja, sumisa, displicente, y arrodillada ante el poder de Hugo Chávez.

He seguido con especial atención su caso. Y créame: es difícil encontrar en la historia jurídica venezolana, y quizás, en la historia jurídica del mundo, un caso parecido. Me atrevería a decir que es la primera vez en la historia, que una juez, que cumple con su deber, es decir, que toma una decisión, como lo hacen todos los días miles de jueces en el mundo entero, sea llevada a la cárcel precisamente por eso: por tomar una decisión.

Desde que aquel 10 de diciembre de 2009, cuando el Presidente Hugo Chávez ordenó que a usted le dieran 30 años de prisión, en cadena nacional de radio y televisión, me he estado preguntando qué fue realmente lo que le molestó al primer mandatario nacional: fue acaso el hecho de que Eligio Cedeño quedara en libertad y se fuera, raudo y veloz del país, luego de haber permanecido 3 años injustamente detenido? O fue el hecho de que un mujer, una juez como usted, se atreviera a desafiar el poder del Jefe de Estado y a demostrarle al país y al mundo entero que en Venezuela no todos los jueces eran sumisos y obedientes a las órdenes del Comandante Presidente?

Yo particularmente me inclino a creer que fue la segunda razón. Chávez ordenó que a usted se le metiera en la cárcel por dos motivos básicos y elementales: el primero, para demostrar que aquí no hay separación de poderes, que esa vaina de los poderes públicos (poder moral, poder electoral, poder legislativo, poder judicial y poder ejecutivo) es pura paja, porque aquí el único poder es EL. Y el segundo, para enviar un claro mensaje a todos los jueces del país, para evitar que las ovejas del mal llamado poder judicial se pudieran descarriar, y para hacerles entender que todo aquel que tome una decisión contraria a los intereses de la revolución, es decir, a los intereses de Hugo Chávez, sería defenestrado inmediatamente.

Usted, mi querida Juez Affiuni, no es solamente una presa política de Hugo Chávez, usted es mucho más que eso. Usted es el retrato que les recuerda todos los días a los jueces venezolanos que si no se portan bien, es decir, que si se atreven a contrariar los designios del jefe supremo, pueden ir derechito a la cárcel. Mientras usted esté presa, en Venezuela no existirá un solo juez que se atreva a tomar una decisión contra el proceso revolucionario. Todos los jueces lo pensaran una y dos veces antes de sentenciar, porque saben que si la decisión que tomen no es del agrado de Hugo Chávez, lo que les espera es lo mismo que le pasó a la doctora Affiuni.

No hace falta escudriñar muchos expedientes para comprobar lo podrido que está el poder judicial en Venezuela: cuando me tocó enfrentar el juicio que se me hizo en el Táchira, gracias a un montaje que orquestaron tres empleados del ex gobernador Ronald Blanco La Cruz, padecí los rigores de un poder judicial sumiso y arrodillado ante el poder. La jueza que llevaba mi caso, Fanny Yasmina Becerra, fue despedida y cesanteada luego que le comentara a varios de sus colegas que tenía pensado dejarme en libertad porque no encontraba méritos suficientes para condenarme.

Luego, el segundo juez que asumió el caso, le comentó a mi abogado que él sabía que yo era inocente, pero que tenía órdenes precisas de condenarme, porque si no lo hacía, corría el riesgo de que le sucediera lo mismo que le estaba pasando a la juez Affiuni. Mi juicio comenzó en el año 2000 y terminó en el 2010. El juez me condenó a 30 meses de cárcel.

No he leído el libro que acaba de publicar mi apreciado amigo y colega Francisco Olivares Affiuni, La Presa del Comandante”, pero conociendo, como conozco a Francisco, se que debe ser una extraordinaria historia.

Gracias doctora Affiuni, por demostrar, una vez más, que todavía queda gente valiente en este país.

Gustavo Azócar