Ibsen Martínez: No soy Tim Harford

¿Dónde está el negocio? Where is the beef, Tim?  ¿ El beneficio?Desde  niño tuve ojo para los oficios menos promisorios.Amolador, por ejemplo. Me imaginaba, de adulto, siendo amolador ambulante.

Hablo de una especie extinta, desde luego: el amolador de cuchillería que circulaba en bicicleta y pregonaba con una flauta de pan. Cuando hallaba clientela, trasteaba diestramente con la bicicleta y la convertía en un bastidor para la piedra de amolar rotatoria. La rueda de amolar giraba con tracción de sangre. Me gustaba ver cómo podía alguien ganarse la vida pedaleando estáticamente  mientras sacaba chispas al filo de cuchillos y tijeras. Y, encima el “toque” musical: la flauta de pan.

No quiera usted pensar qué peligros arrostraría hoy dia en Caracas un amolador ciclista. Sin embargo, en ocasiones he escuchado por aquí, por donde vivo, ,el tañido de la flauta de pan, pero cuando salgo al balcón ya no hay ni rastro del amolador.

No puedo precisar cuándo dejé de soñar con ser amolador ciclista. Me ha pasado así, sucesivamente, con otros oficios, a lo largo de mi vida: he envidiado a  los trepadores de postes de alumbrado, por ejemplo. Y a los tipos que venden coco helado al borde de las carreteras. En Bogotá hice amistad con el camarero de un cafecito que está en el Parque del Virrey. Desde allí coordinaba a una brigada de paseadores de perros de raza. Se comunicaba con ellos con un radio “two-way”. Al caer la noche, ajustaban cuentas. Servir café – “¿Cómo lo quiere, su merced?: espresso, machiato?” – y , al mismo tiempo, “manayar” una pelotón de paseadores de perros: he ahí una destreza; más que ese modo de vida es el talante imaginativo y emprendedor lo que echo de menos en mí mismo cuando me comparo con esa feliz gente.

Hace varios años dejé de manejar. Choqué mi carro, luego se lo vendí a un incauto y volví a ser peatón. Me ha ocurrido otras veces, doctor; no me lo explico: de pronto me harto de ser peatón y me compro un carro hasta que lo choco o lo vendo para salir de algún apuro y entonces me consuelo pensando que un tipo sin horarios que trabaja en bermudas y cholas playeras en su casa no necesita automóvil, Y vuelvo a patear la calle.

Me gustaría, eso sí,  que los taxímetros fuesen obligatorios, para no andar expuesto al cálculo probabilístico de nuestros profesionales del volante, pero justo ahora recuerdo que cuando los tuvimos fue sólo para que el ministro de comunicaciones de Luis Herrera se hiciese rico con el monopolio del aparatito que, al cabo, cayó en desuso.  Traigo todo esto  a colación porque de mis tiempos de automovilista me ha quedado la fijación con otro oficio aparentemente sin futuro : el de los malabaristas y los tragafuegos que se exhiben en los semáforos.

Usted habrá notado que tienen cierto método al  desplegarse por la ciudad. Sorprende también  el cariz transnacional del gremio: me parece que la ola comenzó en el DF mexicano y bajó hacia Suramérica. En Bogotá y Buenos Aires se les puede ver; también en Guayaquil y en La Paz. Me late que en Santiago de Chile no debe haberlos: digan lo que digan, Santiago ya es el primer mundo.

Mi hijo mayor es economista. Sabe mucho de modelos predictivos y cosas así. El otro día lo llamé para comentarle que pensaba escribir un artículo sobre los circenses de semáforo. Quería que me diera algunas ideas sueltas.

__¿ Un artículo como los de Tim Harford?– preguntó, entre incrédulo  y burlón– ¿Sobre los malabaristas de semáforo?  ¿Vuelves  con eso?  Llámame más tarde, ¿sí?; ahora estoy ocupado.

Mis preguntas eran las mismas que me hago  cada vez que avisto una pareja de circenses informales. Siempre andan en parejas, como las guacamayas. Entrenan en sitios como el Parque del Oeste. Sólo malabaristas – bolas, clavas– y tragafuegos. No se han reportado  trapecistas hasta ahora.

¿Dónde está el negocio? Where is the beef? ¿ El beneficio?El espectáculo consume casi por completo el lapso de la luz roja. Y sólo alcanzan a hacer una reverencia y apenas uno que otro automovilista les echa una moneda en el sombrero hongo.

En un tiempo dí en pensar que son la tapadera de algún otro negocio, algún manejo turbio bajo la parodia, pero que me aspen si llego a sospechar cuál pueda ser.  Llevaba años mirándolos de lejos y entregándome a estas divagaciones sin salida hasta que, hace pocos días, tuve un encuentro cercano de primera especie con un dúo de semáforo.

Yo iba caminando, las manos en los bolsillos, llegué a una esquina, me detuve a esperar la luz peatonal y allí estaba ella, una astrosa chica de no más de veinte años, arrojando fuego por la boca, junto a un malabarista varón, apenas un poco mayor y mucho más zarrapastroso. Advertí que yo estaba parado junto al bidón de gasolina y sus morralitos.

Esperé a que terminasen y, como si estuviera en un camerino, felicité a la chica cuando regresó a la acera y le pregunté si no era peligroso, o al menos dañino, eso de inhalar gasolina y exhalar fuego. Mi miró con ojos de bazuko; babeaba saliva de noventa octanos. Sonrió y me dijo que no corría ningún peligro. Eso , al menos entendí, porque no hablaba exactamente: tartajeaba incoherencias pero sonreía, tranquilizadora. El malabarista me dijo con aspereza que no la molestara.

Sí, ya sé que pararse a hacer malabares en los semáforos no da sino para la piedra de bazuko. Que eso es todo lo que, al parecer,  hay que saber sobre los cirqueros piedreros. Ernesto Sabato escribió un “informe sobre ciegos”; ¿porqué no intentar uno sobre los enigmáticos malabaristas de Caracas?

Pero, ¡ay!,  no soy Tim Harford.

 

Ibsen Martínez está en @ibsenM