Orlando Viera-Blanco: Sea magnánimo, Presidente, ¡suéltelos!

Poros fue gobernante del antiguo imperio indio. Hacia el año 326 a.C. contuvo con portentoso valor, la arremetida del imbatible guerrero macedonio Alejandro Magno. El plante de Poros frente al afán de Alejandro de hacerse de Asia meridional, dio origen al vocablo magnanimidad, cuando Magno, fascinado por la valentía de aquel indómito luchador, le perdonó la vida y su honor.

Poros sufrió elevadas bajas, entre ellos su hermano y dos de sus hijos. Agotado y herido, consintió rendirse, sin perder su compostura. La historia ha retratado la captura de Poros, en una iconografía alegórica que reposa en el Palacio Real de Madrid bajo el título, Poris captivis magnanimitas. Un tributo a la grandeza del hombre que habiendo sometido a su enemigo, lo libera del suplicio y la humillación, porque reconoce -por encima de sus egos- el brío de su contendor. 

Magnanimidad es la virtud de la generosidad. Es la alabanza al hombre que desde su posición más halagüeña, se desprende de sus vanidades y asienta -confiere reconocimiento. No es un acto de clemencia. Tampoco de piedad. Es un acto profundamente racional que precede al poder y al derecho. Un trance consciente que comporta subordinar mis dudas y mis miedos al arresto del enemigo, en mi “mejor circunstancia” y en la peor de él. Magnanimidad fue la virtud que dejó en libertad al presidente Chávez. Magnanimidad es el carácter, la elevación y la templanza “que permite escapar de las locuras de la soberbia y evitar las ridiculeces de la desesperación” (Santo Tomas).

Presidente Chávez, sea magnánimo. Libere a los presos políticos. Ellos no son sus enemigos. Muchos me dirán que pedirle un gesto de magnanimidad, es arar en el mar… Pero a mí no me corresponde juzgarle, como no le corresponde a usted juzgar a otros. Lo que si toca decir es que en su circunstancia, un mandato pleno de incertidumbres y violencia, lo más conveniente es el consenso. Y el consenso comienza con un gesto de desprendimiento sobre quienes ya han sufrido sobradamente. Pasados tres lustros en el poder, no tengo la menor duda que vuestros problemas son muchos más graves, que tener a una jueza y varios comisarios, militares (un compadre) o corredores de bolsa, tras las rejas. Simonovis, Presidente, languidece míseramente. Recuerde que el poder también comporta el privilegio de agraciar libertad y ungir paz.

Cuando Magno le preguntó a Poros cómo quieres ser tratado, éste le contestó: “como un Rey”. Magno quedó postrado por el arrojo de su prisionero y le devolvió su reinado… Pero el país magnánimo, demanda menos que Poros. Sólo os pide la nobleza de devolverle a los presos políticos, el título y la condición más preciada de un ser humano: ser un ciudadano libre. Por lo demás, siga usted su regencia. 

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