Conversaciones con una Piedra por @nancyarellano

Toco a la puerta de la piedra.

—Soy yo, déjame entrar.

Quiero meterme en ti,

mirar alrededor,

tomarte como si fueras aire

 

W. Szymborska “Conversaciones con una Piedra”

Haré de éste, quizás, un artículo algo largo. Mi intención no es hacer un tratado pero creo que no hay como Wislawa para hablar de absurdo cotidiano. Hace más de diez años conocí –porque leer es conocer- a esta maravillosa poeta polaca ganadora del Premio Nobel de Literatura. ¿Qué me enamoró de la poesía de Szymborska? Su franca sensatez y su imagen clara.

Este poema, además del de Nada sucede dos Veces, es mi favorito.  El hombre ambicioso llega al encuentro de la piedra y dice que quiere entrar a conocerla.

—Vete —dice la piedra.

Estoy herméticamente cerrada.

Incluso hecha pedazos

estaremos herméticamente cerradas.

Aun pulverizadas

no admitiremos a nadie.

Y deja clara la naturaleza absoluta. La imposibilidad constitutiva de hacerse partícipe de sus formas.  Creo que algo así está ocurriendo con algunos buenos hombres del bando político del gobierno. Creo, que perdemos la esencia democrática al buscar entrar en las piedras que se constituyen las utopías políticas como el socialismo del siglo XXI –que parece ser el del XX- al menos en lo sistémico.

Toco a la puerta de la piedra.

—Soy yo, déjame entrar.

Vengo por curiosidad pura.

La vida es la única ocasión.

Quiero recorrer tu palacio

y luego visitar a la hoja y a la gota de agua.

Tengo poco tiempo para todo.

Mi mortalidad debería conmoverte.

A veces incluso hay quien cae en la trampa de la “curiosidad” que justifica el husmear en modelos fracasados e intentar resucitarlos. Y pierden, en el vano intento “la vida (que) es la única ocasión”. Y apelan a la belleza de la “felicidad social” como si se tratase ésta de una fórmula exacta; de un cénit alcanzable y repartible, y no de un proceso complejo –e individual- de satisfacción –íntima sonrisa- de la consecución de los fines que justamente por mortales y únicos perseguimos. De la construcción de espacios pra la felicidad no de la entrega de ésta como un trofeo. Diferenciar la metáfora del objetivo palpable.

—Soy de piedra —dice la piedra.

Imposible perturbar mi seriedad.

Vete de aquí.

No tengo músculos para la risa.

Y el sistema utópico volverá la cara como la piedra. Dirá que es utópico. Que no puede hacerse de la realidad porque es adverso al dinamismo social y económico que constituye la propia naturaleza humana. El hombre es un predador. Racional algunas veces, otras no. El hombre, constitutivamente guiado por la consecución de la presa, requiere de esa satisfacción personal para hacerse de la sonrisa. Ha sido así desde tiempos inmemoriales y es, justamente la función del Estado, corregir las deficiencias derivadas de las condiciones “sociales” creadas para darle al hombre la posibilidad de hacerse con un presa en igualdad de condiciones sin más limitante que su talento y actitud.

Toco a la puerta de la piedra.

—Soy yo, déjame entrar.

He escuchado que hay en ti grandes e inhabitadas salas,

hermosas en vano, nunca vistas,

sordas, sin el eco de los pasos de nadie.

Reconoce que tú misma poco sabes de ello.

—Grandes e inhabitadas salas —dice la piedra—

pero no hay lugar en ellas.

Hermosas, tal vez, pero no para el gusto

de tus pobres sentidos.

Puedes reconocerme, pero no me conocerás nunca.

Dirijo hacia ti toda mi superficie,

interiormente permanezco de espaldas.

“Hermosas, tal vez, pero no para el gusto de tus pobres sentidos” Esta frase es maravillante. La razón simple atiende a que habla de la percepción ajena a la realidad material. De la contradicción absoluta de pretender que seres imperfectos como los hombres –perfectibles eso sí- pretendamos erigir un castillo de perfección sin el sentido estético que nos faculte para tal fin. O bien, cómo construir un socialismo del siglo XXI con un país cuya fuerza productiva está mellada o cuya conciencia nacionalista está escindida en dos bandos que se requieren para hacer del “cambio social” un hecho factible y enriquecedor como nación.

(…) —No entrarás —dice la piedra.

Te falta el sentido de la participación.

Ningún otro sentido sustituye al de ser parte.

Ni siquiera la vista omnividente

te servirá de nada sin el sentido de ser parte.

No entrarás, apenas tienes una idea vaga de ese sentido,

estará en germen en ti, tendrás su imagen.

 Para mí, esta estrofa es el clímax del poema. “Te falta el sentido de la participación. Ningún otro sentido sustituye al de ser parte”  ¿No es una exquisitez literaria y filosófica?  ¿Acaso no debemos la existencia a la capacidad de formar parte del mundo?  El gran problema de la filosofía en Occidente obedece a comprender la “inteligibilidad del mundo” y “el intelecto humano”. Es decir, el mundo es capaz de ser comprensible y si nosotros tenemos esa capacidad de comprensión para hacer el juego de completar la ecuación de comprender.  Pero debemos entonces avocarnos a inscribirnos en ese mundo al que pertenecemos. Si no logramos hacernos parte real, será inútil pretender entrar.

(…) Toco a la puerta de la piedra.

—Soy yo, déjame entrar.

—No tengo puerta —dice la piedra.

La aporía. El camino que no tiene salida. El sueño de la perfección que conduce al absurdo. La banalidad que lleva a la burocracia incesante que termina por carcomer la cotidianidad del ciudadano. ¿Un mundo mejor es posible? Si. ¿Acaso 3.000 años de historia, sistemas y guerras no han dejado lección alguna? Si. Entonces revisemos con los ojos abiertos y girando a la observancia del entorno. No podemos quedarnos enfrascados en descubrir el interior de la piedra que no está hecha para ser vista y que nos devana la vida como nación.

 

Tenemos que asumir nuestra condición y medios para hacernos partícipes de la venezolanidad democrática, social y productiva en un mundo globalizado y pluripolar. Que no sea la democracia y el desarrollo los que terminen por decirnos “Soy yo, déjame entrar” y nosotros respondamos con la ausencia de puertas. El tiempo es ahora.

 

 

Nada ocurre dos veces

y no ocurrirá. Por esta razón

nacimos sin práctica

y moriremos sin rutina(…)

W.Z. Nada Sucede Dos Veces

 

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