La #PostData de @Anarkyo: El egoísmo es alegría

 

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Ignora la impronta de cualquier religión. Deja a un lado las buenas costumbres. Olvídate de los supuestos beneficios de ser altruista y bondadoso. Los santos, los mesías, la madre Teresa de Calcuta, todos son unos perdedores. No hay nada que nos haga más felices que perseguir nuestros propios intereses. El egoísmo es alegría.

Así lo asegura el estudio llevado a cabo por psicólogos de la Universidad de Pennsylvania, aunque tal revelación contrasta con el hecho de que al escoger este camino, también se tenga que lidiar con ese diabólico invento cultural conceptualizado por demiurgos conductuales, conocido como “culpa”.

Como desde niños se nos enseña la estupidez de que “compartir es querer”, cuando tomamos una decisión por interés propio a menudo nos sentimos mal por darnos prioridad a nosotros mismos sobre los demás. Normalmente eso desemboca en la vuelta de tuerca preferida de telenovelitas de cualquier calaña. A saber, renunciar a las cosas que sabemos que nos harían felices.

Jonathan Berman y Deborah Small realizaron pruebas para descubrir cuándo la gente se siente más feliz. Reclutaron 216 estudiantes universitarios y se le dio 3 dólares a cada uno. A algunos se les dijo que lo donaran a UNICEF, a un grupo se les forzó mantener el dinero y a otros se les dijo que podían elegir qué hacer con él. Los resultaron arrojaron que guardar el dinero hizo a los estudiantes más felices que a los que se les dijo que lo donaran o a los que tenían libertad de elegir. Berman dijo: “A menudo la gente realmente quiere actuar de manera egoísta, pero no lo hacen, porque saben que se sentirían mal si lo hicieran”.

Es así como un montón de gente se queda toda la vida con gente de la que no está enamorada. Simulan que lo están, elaboran complejos ensayos públicos al respecto, inundan las redes sociales de fotos y corazones falsos, se autogestionan con el empeño de estar con alguien, en la mayoría de los casos, para no hacerle daño. Importa muy poco que la razón original para estar con esa persona sea el despecho y la desesperación. Es irrelevante que ni siquiera fornique bien. Después de un tiempo, deshacerte del bastardo se vuelve imposible, sobre todo porque no quieres hacerle daño.

Y así como prospera la infelicidad, por una convención colectiva, por el hastío de decepcionar a los familiares, los amigos y al idiota en cuestión. Así somos los humanos, tarados. Menos los sociópatas. A ellos no les importa romper tantos corazones como sea necesario. Eso sí. Nadie ha visto jamás un sociópata infeliz.