Pedro Carmona Estanga: El desarrollo petrolero colombiano: Presente y futuro

Colombia ha experimentado en los últimos años una significativa expansión de su actividad petrolera. En la segunda mitad del siglo pasado, el descubrimiento de yacimientos como los de Caño Limón, Cusiana y Cupiagua impulsaron la producción petrolífera, pero ello ocurrió en esos favorables momentos, sin que luego estuviera acompañada de una sostenida y robusta actividad exploratoria. Las reservas petroleras probadas alcanzaron su mejor momento a comienzos de los años 90, al superar los 3.000 millones de barriles, pero en el presente solo bordean los 2.500 millones, equivalentes a 7 años de producción a la rata actual de 929.000 barriles diarios (b/d).

Fue así como Colombia alcanzó picos de producción del orden de los 800.000 b/d hacia el año 1999, pero posteriormente declinó entre los años 2004-2007, a un promedio apenas superior a los 500.000 b/d, para iniciar en 2008 un nuevo ciclo ascendente hasta el presente, pero sin una modificación equivalente en el nivel de reservas. De cualquier forma, la expectativa que existía en los años 80, de que en la presente década Colombia dejaría de exportar petróleo, y comenzaría a importar, dista de haberse cumplido. Por una parte, por las mayores inversiones realizadas por Ecopetrol, acompañadas de una expansión en la inversión extranjera directa en el sector (US$ 5.083 millones en 2011), así como por la utilización de mejores tecnologías para la extracción de crudos pesados, entre ellas la perforación horizontal, y de recuperación de pozos marginales. Se preveía que Colombia rompería en el 2012 la barrera meta emblemática del millón de barriles diarios, pero todo indica que ello no será posible este año, entre otros por limitaciones en la infraestructura de transportes, la normativa ambiental y de consulta previa, y la inseguridad que aún afecta a varias regiones productoras.

La prioridad nacional es pues impulsar las cuantiosas inversiones requeridas en la actividad exploratoria, no solo para alcanzar o sobrepasar el millón de barriles diarios, sino lo más importante, estar en capacidad de sostener en el tiempo, la producción de hidrocarburos en niveles elevados como los actuales. Para ello, es necesario que los planes de la Agencia Nacional de Hidrocarburos (ANH) logren pleno éxito. La Ronda Colombia 2012 se convierte en el paso más relevante de los últimos tiempos, en la medida en que ofrece a los inversionistas internacionales 115 bloques, con interés inicial expresado por 67 empresas, cuyos resultados se conocerán antes de finalizar el 2012. Ello incluye la asignación de unos 12 bloques para exploración mar afuera u “off shore”, tema en el cual ha existido poca experiencia en Colombia.

Es de esperar que en función de los resultados de esta audaz empresa, Colombia incremente sus reservas probadas, aunque para muchos expertos, la geología nacional no ofrecería perspectivas de grandes descubrimientos, capaces de convertirla en un gran actor petrolero, pero sí de asegurar el autoabastecimiento hacia el largo plazo, el incremento de la capacidad de refinación con la ampliación en marcha de las refinerías de Cartagena y Barrancabermeja, y el sostenimiento de su capacidad exportadora en volúmenes medios, especialmente a Estados Unidos, con efectos benéficos sobre la actividad económica y la balanza de pagos.

En la actualidad, cerca de un 67% de la inversión extranjera se dirige al sector minero-energético, y allí se concentra también la actividad exportadora. En el período enero-julio de 2012 dichas actividades fueron responsables del 71,3% del total exportado, de los cuales un 51% fue de crudos. Además, las exportaciones minero-energéticas mostraron un dinamismo mayor que las de otros sectores, ya que mientras las primeras crecieron en un 13,7% en los siete primeros meses de 2012, las demás decrecieron en 0,8%. Ello estaría marcando una tendencia de “reprimarización” de la economía, y no de diversificación económica, en especial con los retos de internacionalización que plantea la negociación de un número importante de acuerdos de libre comercio con diversas naciones del mundo.

No puede ocultarse la inquietud existente por los efectos asociados al crecimiento del sector primario, principalmente por la llamada “enfermedad holandesa”, que no es otra cosa que la apreciación del tipo de cambio estimulada por el flujo de divisas proporcionada por los recursos naturales no renovables, en detrimento de otros sectores a los cuales resulta más difícil convivir con un tipo de cambio revaluado. Sobre este debate, conviene destacar que si bien corresponde al Banco de la República y al gobierno evitar que este efecto se acentúe, el tipo de cambio es solo un factor clave en la competitividad del sector exportador, pero no el único, ya que la productividad representa otra pieza fundamental para compensar los efectos de la apreciación cambiaria. Por ello, resulta de tanta relevancia la llamada Agenda Interna para la Competitividad, ya que Colombia no está mostrando avances en su posición relativa en el índice global de competitividad del World Economic Forum. Así, en el correspondiente a 2012-2013, se registra un desmejoramiento, al pasar de la posición 68 a la 69 entre los 144 países analizados, con un retroceso mayor en algunos subíndices como la infraestructura, educación, salud, e instituciones.

Otros debaten sobre si la expansión de los recursos naturales no renovables constituye o no una “maldición”, dados sus efectos distorsionantes. Es cierto que muchos países minero-petroleros se caracterizan por un bajo nivel de desarrollo institucional, o por la generación de una mentalidad rentista que no favorece el espíritu innovador, de emprendimiento, o de esfuerzo hacia el trabajo. Y que con frecuencia los recursos petroleros fáciles no se “siembran” en aras de una mayor diversificación económica. No obstante, considero que el problema no es la abundancia de los recursos del sector extractivo, sino las políticas aplicadas por las naciones productoras. Existen muchos ejemplos de países como Noruega o Chile, que han sabido invertir los ingresos provenientes de los recursos naturales no renovables, y han constituido con éxito fondos de estabilización macroeconómica para atenuar los efectos de la enfermedad holandesa, y acumular ahorros en las épocas de abundancia, para los momentos de reducción de precios o en la actividad económica mundial.

Un ejemplo contrario ha sido el de un país como Venezuela, donde no solo se dejó de ahorrar en el ciclo de bonanza petrolera de los últimos años, congelando el Fondo de Estabilización Macroeconómica que existía, para enfatizar en un modelo en el cual el gasto público es el motor de la economía, e impulsando mayores niveles de endeudamiento, y notables niveles de ineficiencia en el gasto público. Otro caso a considerar es el de Colombia, pues la aplicación de las regalías, las cuales alcanzaron 8,2 billones de pesos en 2011, no ha estado ajena a la ineficiencia y la malversación, con un balance que mantiene a las regiones minero-energéticas en el atraso o la pobreza, en lugar de estimular la diversificación productiva y el bienestar social. Es de esperar por ello que la reforma reciente a la Ley de Regalías contribuya a una mejor supervisión de la aplicación de los recursos derivados de la explotación minero-energética, y a una distribución más equitativa de esos ingentes recursos en verdaderas prioridades en el territorio nacional.

Artículo publicado en la Revista Academia, de la Universidad Sergio Arboleda, Bogotá.