Carlos Blanco: Liderazgos

Una de las anécdotas más socorridas con respecto a dirigentes que se convierten en sistemáticos aspirantes a la Presidencia de la República, cuenta cómo, desde chiquitos, se les podía advertir su inclinación procera. Una vez que andan en campaña siempre se encontrará a alguien que diga -generalmente el papá- que ya se le notaba su destino; hasta es posible que recuerde algún momento en que el crío habría dicho: “Cuando sea grande voy a ser Presidente”. En general, a los políticos exitosos se les puede construir una historia personal que parece un destino. Invariablemente se encontrarán signos de su esclarecido futuro cuando todavía jugaban perinola.

Lo que esta historia no recoge es que al lado de premonitorias historias juveniles o infantiles de los notables de la política, se encuentran las mismas historias en los que no tuvieron éxito o terminaron no dedicándose al asunto. En la experiencia venezolana se puede decir con propiedad que después que usted aparece un minuto en la televisión o fotografiado en algún periódico, siempre habrá una mínimo de 20 personas que alguna vez le dirá que merece ser Presidente del país. Nadie recordará tales incidentes si usted efectivamente no se consagra al tema.

Al surfear la anécdota lo que queda es una visión según la cual hay algo íntimo, secreto, existencial, que comunica a ciertas personas la condición de líderes. Es su capacidad de comunicar y de entusiasmar, como algo que brota del alma de los personajes en cuestión. En los últimos 20 años, la “magia”, el encanto, “la fuerza”, ese no-sé-qué ha estado representado por Chávez y ha contribuido a equivocaciones gloriosas en el Gobierno y en la oposición.

CAP. Antes de entrar en la médula del asunto, este narrador quiere recordar la experiencia de Carlos Andrés Pérez. Durante muchos años se le tuvo como líder fuerte y carismático. El país fue testigo durante décadas de cómo las multitudes llegaron a adorarlo y lo hicieron Presidente dos veces. Era imbatible. Una vez elegido por segunda vez y a los 25 días de tomar posesión, el 27 de febrero de 1989, aquel líder que ni siquiera había tenido la oportunidad de poner en práctica “el paquete” (que vino después, salvo el modestísimo aumento del precio de la gasolina), comenzó a ver su liderazgo licuado. A los pocos años, con el concurso de los “notables”, parte importante de la intelectualidad destacada, medios, la izquierda y la derecha, empresarios, su partido, los demás partidos, y la conspiración, CAP no era como líder ni la sombra de lo que había sido. Seguía siendo el mismo personaje cordial, de buen humor, apasionado por las reformas, tozudo muchas veces, valiente, torpe en el manejo de su vida personal, pero el encanto del líder se había desvanecido.

¿Había cambiado CAP? ¿Se había desinflado esa cosa mágica que posibilitaba el liderazgo? No. Lo cierto es que ese liderazgo era una capacidad de relacionamiento, de movilizar a las masas, a los ciudadanos, que el hombre había perdido. No algo íntimo que hubiera desaparecido.

Hacia el final de su mandato recuerdo un momento patético. Fue en el matrimonio de la hija de uno de sus ministros. El hombre llegó puntual, como solía hacerlo, se sentó en una mesa y lo acompañamos dos de sus ministros. Comenzó a llegar la mayor parte de los invitados, muchos de los cuales eran cercanos conocidos, gente que había interactuado con él, empresarios amigos, y todos lo saludaban… de lejitos. Nadie se acercaba. Apestaba. Era el Presidente… pero no, en realidad era el fantasma del Presidente. Los discursos, sus ocurrencias (“el autosuicidio”, por ejemplo), sus chistes, todos tan celebrados, poco a poco se convirtieron en muecas para muchos de los mismos que antes lo aplaudían y para las élites que lo distinguían.

Ha comenzado a ocurrir con Chávez. “El gran comunicador”, el líder descomunal cuya aureola ha enceguecido a unos cuantos, se trueca para muchos en ese fastidio interminable que tiene 14 años instalado en el comedor de la casa. Ya los suyos inician la retirada de los reales aposentos para que ese remedio que es el olvido no contabilice su rojo fanatismo de otrora. La enfermedad es el Caracazo particular de Chávez.

LOS LÍDERES. Frente a las ideas del liderazgo como sustancia inaccesible o como destino, está una concepción menos heroica, más mundana y efectiva: el liderazgo como capacidad de movilización, como lo señala el creador de la teoría del liderazgo adaptativo, Ronald Heifetz, de Harvard. Cualquiera puede ejercer el liderazgo si se plantea desafiar el conjunto de condiciones existentes, si propone ideas claras, objetivos precisos y participa de modo entusiasta en su consecución. En esta perspectiva no hay líderes per-se sino ejercicio del liderazgo: hoy se puede ejercer y mañana no; hoy se es líder y más adelante no. Aunque nadie quiera asumir el título de exlíder, lo cierto es que el liderazgo no es un estado sino relación entre líderes y liderados.

LIDERAZGO OPOSITOR. Estas reflexiones vienen a cuento porque muchas veces se ha dicho que la oposición no tiene líderes y en realidad los ha tenido, y muchos. Hay varios dirigentes que han cumplido esas funciones, desde Enrique Mendoza hasta Henrique Capriles, en un arco por el cual han pasado Carlos Ortega, Pedro Carmona, Juan Fernández, Carlos Fernández, Manuel Rosales, en forma conjunta con otros liderazgos regionales o sectoriales. El 7-O concluyó una etapa y allí parece haber concluido el liderazgo nacional de Capriles, aunque es posible y deseable que conserve el de Miranda. Cada uno ha representado un momento que no está en su impronta genética sino en la función que han cumplido y que ya no cumplen, aunque nadie debe dar por seguro que a diferencia de caballo viejo, en esta vida no tengan otra oportunidad.

Las elecciones del 16D no parecen ser el ámbito de creación de nuevos liderazgos nacionales. El camino del liderazgo democrático otra vez es un espacio vacío y, por tanto, abierto. Las fuerzas de la libertad, al contrario de lo que ocurre en el chavismo, han sido capaces de producir líderes para cada momento en el que se los ha necesitado, para las jornadas heroicas que van de 1999 a 2005 y para el encomiable esfuerzo electoral que va de 2006 a 2012; en ambos períodos con victorias (la eyección de Chávez, las movilizaciones que cambiaron un tanto las condiciones electorales, la victoria opositora de 2007, los éxitos regionales y parlamentarios) y también con derrotas importantes.

Lo fundamental de un nuevo liderazgo ahora es la caracterización adecuada del régimen y el tino en responder la pregunta clave: cómo se reemplaza a un régimen por métodos constitucionales cuando éste apela a todos los caminos, legales e ilegales, violentos y pacíficos, para permanecer en el poder. 

Twitter @carlosblancog