Gonzalo Himiob Santomé: Construyendo alegrías

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Bueno estimados lectores, por fin llegó diciembre. Ha sido un año muy particular puesto que no sólo en nuestro país ha pasado todo lo que ha pasado, sino además, me atrevo a decirlo, a todos sin excepción el “afuera” nos ha movido intensamente el “adentro”. A veces cuando recordamos todo lo acontecido desde enero hasta acá, nos parece que se trata de hechos que tuvieron lugar hace mucho, pero mucho tiempo, lo cual objetivamente hablando no es cierto, y sólo evidencia la fuerza de lo vivido y la profundidad de la impronta que estas situaciones, que nos afectan a todos nos guste o no, han dejado en nosotros.

 

¿Quieren un ejemplo? Hace menos de dos meses (aunque pareciera honestamente hablando que fue hace mucho más) tuvimos una elección presidencial en la que casi siete millones de venezolanos, pusimos todas nuestras esperanzas y nuestra fe, para lograr cosas muy importantes que sin embargo no significaron un cambio hacia lo positivo, sino un apuntalamiento de lo negativo. Nadie, estimo yo, que haya optado en aquel momento por la opción opositora, que significaba una alternativa al estado actual de las cosas, puede decirme que nuestra derrota no le afectó en todos sus ámbitos vitales, así sea de manera superficial.

 

El saldo entonces en términos generales, es negativo. La inseguridad, el desempleo, el alto costo de la vida, los abusos y excesos del poder y por encima de todo, el perenne desasosiego que supone vivir en este país, que está como está, se han enseñoreado en nuestra cotidianidad al punto de que hemos llegado a considerarlos “normales”. Andar todo el día, y especialmente por las noches, mirando por encima de nuestros hombros a la espera del “susto del día”, o de que nos toque el número ganador de la triste lotería que todos los días saca el hampa, se ha convertido en nuestro modus vivendi; y lo peor es que de tanto padecerlo se ha hecho parte de nuestra regular paranoia. Así las cosas, es muy difícil ser en realidad felices, pues sin importar cuanta paz y sosiego encuentres en tu hogar, no te basta más que asomarte a tus enrejadas ventanas para darte cuenta de que tu burbuja es mucho más delicada de lo que nos gustaría creer.

 

A muchos no les gustan estas fechas, y no puedo dejar de pensar en las casi veinte mil familias, que han perdido en los últimos once meses y a manos del hampa a alguno de sus seres queridos, padres, madres, esposos o esposas, hijos, hermanos o hermanas y amigos, y que sienten con razones más que justificadas, que por estas fechas no habrá mucho que celebrar. Otros, como es por ejemplo mi caso, recordarán también a quienes nos han dejado hace mucho tiempo, o a quienes queremos pero por las circunstancias que sea ya no son parte de nuestra realidad, y en cualquier brindis que hagamos, o en cualquier plegaria que elevemos al cielo en estas fechas, pensaremos al menos en el nombre de quienes ya no están, o en el de quienes desde la otra ribera de ese río insondable que marca la diferencia entre estar vivos o no, nos cuidan y nos protegen; algunos verán con tristeza cómo no pueden cumplir con el compromiso de darles a sus hijos todo lo que merecen, y lamentarán haber perdido su trabajo o lo difícil que está siendo, aún con medios para subsistir, cubrir las necesidades propias de estos días.

 

Este es un mes hecho también para la reflexión y para la introspección. Quiero hacerles una sentida invitación, ahora que comienza la Navidad, a no dejarse vencer por la tristeza o por el desánimo, puesto que pese a las duras verdades contra las que nos lanza nuestra cotidianidad a cada segundo, si podemos leer estas líneas eso significa que la vida aún nos sonríe, pese a todo.

 

Como el “afuera” no nos ayuda (y créanme, de esa cabuya tengo rollos enteros) les insto a buscar las fuerzas y la semilla de nuestras futuras alegrías, donde debe ser: Dentro de nosotros mismos. A fin de cuentas, aunque el entorno nos moldea y nos hace adaptarnos a él, a veces incluso contra nuestra voluntad, está en nosotros decidir hasta qué punto vamos a permitir que lo negativo, venga de dónde venga, nos afecte. Valga el símil, las rosas siempre serán hermosas, independientemente de las afiladas espinas que cubran sus tallos, y está en nosotros, que no fuera de nosotros, valorar si queremos seguir aferrados con terquedad a lo que se nos clava en la piel o en el alma. o si queremos deleitarnos en la belleza de los pétalos que nos regalan. Toda moneda por lustrosa u oscura que sea tiene dos caras, si queremos ver sólo la parte negativa de lo que nos pasa, o si por el contrario queremos alimentar nuestras esperanzas con lo bello que aún nos ofrece la vida, es una decisión personal. Pecaré de optimista sin remedio, y me declaro entonces culpable de ello, pero por mi parte no voy a dejar que ninguna adversidad me saque o me vuelva a sacar de mi centro. El país, nuestros hijos, las personas que amamos y nuestro futuro lo valen.

 

El mes es propicio para ello así que nos toca desde hoy, queridos lectores, construir alegrías, incluso desde las cenizas de nuestros pesares y padeceres. No es sencillo pero sí necesario, incluso indispensable. Sólo así comprenderemos que todo, desde la felicidad hasta las más cruentas penas, por eternas que parezcan, es temporal y éstas sólo dependen del cristal a través del cual nosotros decidamos mirarlas.

 

Cierro esta entrega con una nota personal, hasta cierto punto relacionada con lo que acabo de escribir. Hoy se cumple otro aniversario de la partida de una persona a la que no conocí, pero que a juzgar por su legado y por lo que pude conocer de ella desde las palabras de otros que han sido parte de mí, ha debido tener un alma luminosa y muy especial. Vayan a ella con mucho, pero mucho respeto, y con más cariño aún, estas palabras que a modo de plegaria, la recuerdan hoy como un trozo de lo que fue mi vida que en otras oportunidades no supe valorar en su debida entidad. Como ven, he decidido, más allá de su dura ausencia, inclemente sobre todo para quienes la conocieron y para quienes más la amaron, verla más bien como una rosa de incuestionable hermosura, que desde el trono de nubes en el que seguro Dios la cobija desde que partió, vela hoy por todos nosotros.

 

Van entonces para usted señora Carmen, mis oraciones y las de mi hija este día. Que su luz no deje de brillar jamás, y que su recuerdo siga siendo entre los suyos sinónimo de alegría, paz y hogar. Siguiendo la frase de uno de los personajes más logrados de Tolkien, Bárbol, le recuerdo hoy que los verdaderos nombres de las personas siempre nos cuentan la historia y nos revelan la esencia de quien los lleva, y que como usted decía “el amor todo lo puede”, hasta sortear los abismos más inexpugnables. Ruego que su bello nombre y su mensaje sigan para siempre en la memoria de sus cercanos como una guía, como un faro eterno, auspicioso y seguro, y que todas las espinas de su partida a destiempo no nos impidan jamás ver la serena hermosura de sus pétalos.

 

@HimiobSantome