Juan Guerrero: El Coliseo de Uribana

Por los lados de La Piedad Norte, en Cabudare, estado Lara, existió una “sabandija” a quien apodaban El Mano Seca. Eso era porque cierta vez se había metido en la casa de un portugués, dueño de una ferretería, y le había robado unas herramientas. El “portu” le dio palo cochinero y de tanto golpearlo le quebró el brazo derecho dejándoselo inutilizado.

Pero ni eso detuvo las malas mañas de este ladronzuelo. Con el único brazo que tenía medio bueno, seguía robando, violando jovencitas y consumiendo droga. Hasta que cierta mañana apareció muerto en un terreno enmontado, medio desnudo y también medio chamuscado y comido por los perros.

También por esos predios hay otro malandro, pero de mayor jerarquía, a quien apodan El Zorro. Es una especie de “Robin Hood” tropical. Los dueños de locales y negocios se mantienen tranquilos cuando El Zorro está rondando por las calles y callejuelas. Pero cuando El Zorro se excede y los policías se lo llevan, la gente tiembla porque se desata el malandraje. Su autoridad tiene precio y entre varios comerciantes y parroquianos mantienen la seguridad que brinda este antisocial.

Estas dos historias las refiero porque en artículo anterior (En capilla ardiente) publicado en este diario, algunos de mis consecuentes lectores dudaban de la veracidad de esa historia. Hasta me catalogaron de exagerado y políticamente de oposición. Sobre esta historia que cuento y la pasada, doy fe de su certeza, salvo que ciertos nombres y sitios fueron “literalizados” para darle un toque de originalidad al cuento.

Pero, ¿qué relación tiene lo que indico sobre El Mano Seca y El Zorro? Pues que ambas historias forman parte de un mundo dantesco que tiene como telón de fondo la “universidad carcelaria venezolana”. De ellas indico como referencia apenas una, la llamada cárcel de Uribana, en Barquisimeto. Por donde han pasado seres como El Mano Seca y El Zorro.

No soy especialista en criminología, ni experto en estadísticas carcelarias, ni tampoco político de oposición ni oficialista, ni tampoco adepto de alguna religión. Soy un ciudadano que tiene como deber moral no quedarse callado ante las atrocidades y bajeza humana donde ha caído parte de la sociedad venezolana, el Estado y su gobierno, por acción u omisión.

Las cárceles venezolanas son, desde hace ya varios años, centros de explotación y degradación de seres humanos. Allí se vive en semi esclavitud. No entro en defensa ni señalo culpables. Muchos de ellos detenidos sin prueba alguna, salvo ser pobres y no tener quien abogue por ellos. Vagan entre las moscas esperando la muerte.

En la cárcel de Uribana, como ya ha sido detallado por medios escritos y audiovisuales, las atrocidades que se cometen han sobrepasado el límite de la condición humana.

Es común que los conflictos entre penados, las disputas por ofensas, entre otros hechos, se diriman en actos de lucha corporal, llamados tristemente “coliseos”. Para ello, el “pran” principal del centro penitenciario, fija la fecha y hora donde se celebrará la lucha, generalmente con cuchillos, navajas, entre presos. Los realizan en la cancha de softbol, ante la mirada de los guardias y demás autoridades.

Son hechos de sangre donde quedan heridos, muertos y mutilados. Como mínimo marcados corporalmente. De esos centros, cuando salen, como El Mano Seca y El Zorro, seguirán cometiendo su venganza contra una sociedad que en silencio, se ha mal acostumbrado a convivir con estas atrocidades.

Pero lo que está lacerando y mutilando el alma de los ciudadanos venezolanos, son los actos impúdicos, sanguinarios, de saber de seres humanos que han sido decapitados y con sus cabezas han jugado partidos de fútbol.

Quisiera que alguien me indique que esto no es cierto, que es una falsedad. Que esto que escribo conteniendo las lágrimas es un invento, una patraña. El venezolano tiene un alma noble y bondadosa, pero en los últimos años está mostrando un rostro cada vez más atroz: es una maldad que bordea los límites del sadismo. Tengo que admitir que eso también somos: potenciales maltratadores, sea de manera física o verbal.

Nada, absolutamente nada justifica esta patología que recorre como fantasma los rostros de todos nosotros y que por miedo, por temor, muchos callan o anteponen argumentaciones sociológicas, psicológicas o meramente partidistas.

Es que desde hace tiempo existe una recurrencia en gran parte de la sociedad venezolana a acostumbrarse a vivir y convivir con la violencia, a ver estos atroces actos de inhumanidad como algo normal.

Sé que no tengo la solución en mis manos para solventar esta gravedad, esta semi animalidad en la que parte de la población venezolana ha caído o está cayendo, pero no puedo permanecer en silencio sabiendo de este submundo, este infierno que son los cárceles venezolanas.

Callar o ser indiferente ante estos bárbaros actos es cobardía y entrega.

(*) [email protected]  /  @camilodeasis