Juan Carlos Sosa Azpúrua: “Show must go on”

Nunca he conocido un cáncer más organizado y obediente como el que padece el señor Chávez. Y este carácter disciplinado del mal que aqueja al usurpador de la presidencia de Venezuela, se manifiesta a través de una sincronización más pulcra que la de cualquier reloj de fabricación suiza.

Durante un año, nada se habló en el país que no tuviera que ver con el tumor del barinés. Una nube densa, pesada y oscura copó el ambiente nacional, borrando los efectos del peor gobierno de la historia.

Como el humo que sale de una botella encontrada a orilla de la mar, aquí apareció una especie de genio fantástico, capaz de transformar a una figura decadente en el más voraz acreedor de la compasión humana.

Y durante ese lapso de tiempo, dos protagonistas de lujo tuvo el culebrón que llamaremos “la enfermedad”: el Dr. Marquina y Nelson Bocaranda.

El primero alcanzó fama internacional, su nombre se mencionaba en cuanto foro de discusión hubiera en Venezuela (Noticiero Digital le adora), era entrevistado como un divo hollywoodiense, como si se tratase del mismísimo “Dr. 90210” del canal E.

Y Bocaranda se disparó a la estratósfera, su columna de prensa opacó a Chepa Candela.

Un año entero se le fue a Venezuela pegada a este culebrón de suspenso, lágrimas e intrigas.

Hasta que un día, se acabó el programa, para ceder su espacio a la campaña presidencial.

Milagrosamente, el paciente se recuperó y “la enfermedad” se desvaneció.  El cáncer le dio permiso al comandante para que activara su épica electoral, diera discursos acalorados y emotivos, desplegara sus dotes de artista popular y demagogo inmortal.

Marquina y Bocaranda cambiaron de tema. El primero volvió a la privacidad de su vida, el otro continuó su columna, pero de todo hablaba, menos de “la enfermedad”., como si hubieran firmado ambos un contrato de confidencialidad con los productores del culebrón.

El cáncer bocón se hizo mudo, fue a su casa a dormir tranquilo, dejando a su víctima (¿aliado?) libre para completar exitosamente su farsa democrática, incluyendo su relegitimación de titanio, cortesía del efímero contendor, niño de las carencias.

Concluido el programa “las elecciones”, el cáncer optó por despertar. Como el señor Chávez ya no tiene que invertir su precioso tiempo en ser el actor de la tarima, el tiempo, que le sobra (al fin y al cabo, destruir no requiere mucho esfuerzo), su amigo el tumor, aquel que hizo metástasis para después descansar, recobra el protagonismo y reclama para sí todos los titulares de prensa, impone monopolio en el debate público y renueva el contrato de sus dos aliados perfectos, el divo Marquina y el dateado Bocaranda, que asumen sus roles estelares como los personajes que tanta fama y éxito les dieron en la primera temporada “first season” del culebrón.

Y para esta segunda parte, la trama viene con nuevas sorpresas e intrigas.

Aparece un nuevo protagonista llamado “el sucesor”, como cuando a Batman le pusieron a su Robin para evitar el aburrimiento de la audiencia, y no sabemos si también para aplacar el tedio de Batman (en privado, claro está).

Se incluyen otras concesiones a los espectadores, como la figura del villano, encarnada por el teniente de la Asamblea, el señor de los ojitos lindos que, cuando los usa, mira feo.

Por su parte, del lado de los actores de reparto, esta “second season” de “la enfermedad” nos trae a una MUD más tristona todavía, haciendo morisquetas para darle algo de vida a un rostro que está muerto; y siempre con sus voces acompañantes: José Vicente el negociador y Teodoro el ecuánime de la Colina.

El éxito ha sido total. La audiencia está hipnotizada con este cáncer suizo. Nadie habla de otra cosa.

El dólar ya roza los veinte bolívares, el petróleo no alcanza ni para llenar el cochinito de los boliburgueses, los presos políticos se vuelven de arena, la corrupción, delincuencia y anarquía rompen todos los récords mundiales, pero nada de eso aparece en el escenario; el humo lo tapa todo, el genio fantástico de la botella venezolana seduce con sus trucos y el culebrón muta en dinosaurón, su tamaño es “everístico”.

¿Qué tiene cáncer? ¿Qué se muere? ¿Qué no llega al 10 de enero?

Yo no soy brujo, ni me las doy de pitoniso. No lo sé.

Pero desde que vi a Tom Hanks en su rol de gay muriéndose de Sida, en esa maravilla de película que es “Filadelfia” , pienso que un actor consagrado puede darle vida al personaje que le dé la gana, y hacerlo con tal nivel de virtuosidad, que merezca la estatuilla de la Academia.

El que vio aquella película, necesariamente se convenció que Tom Hanks en ese papel tenía Sida.  Sus ojos, voz, sus huesos y gestos, sus silencios, todo eso, y más, eran los elementos de un hombre muriéndose de Sida.

Y los comunistas son genios del engaño. Fidel Castro tuvo dos veces cáncer, casualmente cuando más necesitó tenerlo. También Mugabe.

¿Y las lágrimas de Maduro?

¿Y el jalabolismo nauseabundo que en Venezuela ha logrado batir todos los récords pasados, presentes y futuros de la historia de la humanidad (de las ratas sería más exacto)?

¿No es todo aquello señal de que el Líder “del que basta parecerse a él cinco minutos diarios para convertirse uno en la mejor persona del mundo” de verdad está siendo reclamado por la Parca?

Repito no lo sé. Pero les hago una pregunta a ustedes: ¿No será que antes de iniciar los próximos seis años de proceso robolucionario aplanador el majestuoso emperador de los mundos subterráneos quiere depurar “el proceso”, sacando del juego a quienes no se parezcan al que cree que PDVSA es la jinetera de su amo; y al otro, que de metrobús pasó a Jet privado;  en sus niveles superdotados, astronómicos,  de “IPJ” ( Índice de patestismo jalabolérico)?

Insisto, no lo sé. Pero el show debe continuar…

“Show must go on”, cantaba el difunto Freddy Mercury…ese virtuoso que, a diferencia de Tom Hanks, sí tenía Sida y por eso se murió… porque era verdad.