Karl Krispin: Los resbalones del azar

Al momento que Juan Vicente Gómez despedía con lágrimas a Castro por su viaje a Berlín, apenas divisó que el buque se perdía entre las olas, se enjugó las tristezas porque en días sería el amo del poder. No pasaron dos quincenas para que recorriera los cuarteles y anunciara una evolución dentro de la situación. Ilusos y estrategas pensaron en 1908 con el regreso de los exiliados que Gómez sería un paréntesis. Leopoldo Baptista llegó a decir que se trataba “de un problema de un semestre”. Fueron exactamente 54 semestres para los que reprobaron aritmética política. El azar es un factor de cambio que nadie prevé con certeza. Después de la Guerra Federal, al mariscal Falcón no le disputaba nadie la presidencia pero como le tenía poco amor al mando y prefería el chinchorro de su hacienda, vino un anciano desacreditado a derrocarlo llamado José Tadeo Monagas. Y después llegó Guzmán, un patiquín de Caracas con la voz atiplada que se embolsilló al país durante treinta años. A Pérez Jiménez no le montaron una maleta en la “Vaca sagrada” el 23 de enero y la valija descuidada contenía importantes documentos que le valieron extradición y cárcel. Cuando el presidente Pérez se juramentó por segunda vez en el teatro de su grandeza, luego de una elección que rasguñó la mitad de los votos y despedía a Lusinchi con 63% de popularidad, nadie habría apostado por saqueos y pillaje 25 días después. Por eso los futurólogos hablan de escenarios y los muy esclarecidos componen horóscopos.

La historia sirve para leer entre sus líneas y tener en cuenta lo que los políticos no debieran descuidar. Por eso no creo en políticos incultos pero la mayoría apenas si lee sus propios tuits. Si alguien sabía de continuidad era Rómulo Betancourt que se enorgullecía de haber creado AD como mecanismo de trascendencia institucional. Sus actuales legatarios se gastaron la herencia y ahora viven como esas viejitas nostálgicas que dicen descender de próceres. Pero tampoco sabemos qué le aguarda a los viejos partidos en lo venidero. Aquí se apostó a una antipolítica que funcionó para el personalismo pero que no construye destino porque se vivió al día, gastando la renta del futuro.

La urbanización 23 de enero bien podría llamarse batalla de Austerlitz que fue la fecha, el 2 de diciembre, con que Pérez Jiménez tuvo su propio Dieciocho Brumario alentado por Laureano Vallenilla y su epistemología del tractor. El nombre de esa fecha la ostentó hasta la huida sin la maleta. Los Vallenilla, padre e hijo, le compusieron la estrofa filosófica a dos dictadores. El historiador habló del César Democrático y el ministro del Nuevo Ideal Nacional. Algún prestigio hereditario tenían para el cabildeo. El nombre de Quinta República lo inventó Jorge Olavarría. Con frecuencia hay Mujiquitas ilustrados en todo cambio prometido.

Siempre estamos a las puertas del porvenir. El poeta Maiakovski decía creer en el porvenir, pero de inmediato. Lo cierto es que los sucesores no se imponen ni que estén verdes, jojotos o maduros. Pontifex Maximus Pater Patriae Imperator no existe ni su dedo nombrante. Páez confió en Monagas como su sucesor: José Tadeo le incendió el Congreso y lo zampó en una jaula como a un araguato. Piñerúa era un heredero de Betancourt y su candidatura terminó en la melancolía. Juan Vicente dejó en su lugar al Ejército, encarnado en López Contreras. Ese mismo ejército los desalojó el 18 de octubre de 1945, fecha reñida emocionalmente por adecos y uniformados. Una sola vez vi a Hugo Chávez en la calle: caminaba completamente solitario recién salido de prisión. En un par de años tenía un país emocionado siguiéndole los pasos. Quien crea conocer los titulares del mañana, que pase por la taquilla de la historia para que reclame su derecho a una estatua.

@kkrispin