Gustavo Coronel: Reflexión post-electoral

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Me aterra ver como ha cambiado Venezuela en estos años. Es un país que difiere mucho del que conocí y en el cual pasé la mayor parte de mi vida. Me refiero, especificamente, a la manera como ha cambiado la actitud del venezolano ante asuntos tan vitales como su tipo de gobierno, la calidad de su liderazgo,  sus deseos de superación, su nivel de tolerancia frente al crimen y su lenguaje. En todos esos aspectos el país y sus gentes han sufrido, en mi manera de ver, un deterioro espeluznante. Hasta el punto de que ya no puedo sentir orgullo por mi gentilicio.

Triste reflexión aunque necesaria, en aras de la honestidad con la cual debemos actuar en esta época de oscurantismo. Afortunadamente, no creo que esta sea una situación irreversible. Otros pueblos han tenido similares momentos de involución espiritual y han logrado revertirla. Quien lea la historia de Inglaterra o de Francia encontrará claras oscilaciones  entre momentos de esplendor y de ruina spiritual. Hay esperanzas.

Pero hoy estamos en un profundo foso. Venezolanos que se dicen demócratas promueven acercamientos, diálogos, reconciliaciones con una pandilla de malandros que ha destruído al país. Hasta representantes de un partido que libró en el pasado hermosas batallas por la libertad y la democracia, suenan ya, casi, como voceros del régimen. Aun entre los mejores observo una cierta resignación, un cierto nivel de acomodo que me repele profundamente. Se comienza a hablar con aceptación del “sucesor”. Se toma partido entre Cabello y Maduro, como quien va al Caracas o al Magallanes. Se habla de una transición llena de paz, lo que los estadounidenses definen como  “amor y torta de manzana” Nuestra situación colectiva me recuerda el terrible poema de William Butler Yeats, “The second coming”, el cual dice así en una traducción muy apresurada:

Dando vueltas en la creciente espiral

El halcón no escucha al halconero

Las cosas se disgregan, el centro no resiste

Una mera anarquía se desata en el mundo,

una marea sangrienta inunda y a nuestro alrededor

la ceremonia de la inocencia muere,

a los mejores les falta convicción

mientras los peores están llenos

de una apasionada intensidad.

 

Esta terrible situación indica una entrega de principios y valores que son el preludio de la anomia.

 

La calidad del liderazgo comienza a ser juzgada con la óptica de las expectativas mínimas. Maduro “no parece tan malo, parece más asequible, un buen muchacho,a lo mejor lo hace bien, hay que darle su chancecito”. No hay criterios de excelencia en la mente de mis compatriotas tanto como abundan las relatividades que nos empobrecen.

 

En esa misma línea de las expectativas observo como nuestro pueblo parece haber abandonado, en alarmante medida, sus tradicionales deseos de superación. En mi pueblo de Los teques todos éramos clase media o baja pero  salimos a la vida a superarnos. Nos convertimos en ambientalistas, periodistas, economistas, geólogos, poetas, farmaceúticos. Nadie quería quedarse atrás. Hoy veo muchas colas de gente resignada que esperan por un pote de leche, por el kilo de papas subsidiadas. Veo mucha dependencia. No hablo de heroes porque no es lícito pedirle a nadie que lo sea. El heroismo es una actitud extrema. Pero creo razonable esperar de mi pueblo una actitud colectiva hacia la superación, la cual no veo hoy predominar.

 

Apenas ayer me decía un lúcido amigo que los venezolanos habíamos perdido nuestra capacidad de indignación. Nos asaltan, violan a nuestras mujeres, secuestran a nuestros hijos, confiscan nuestras empresas,limitan nuestros movimientos, nos hacen interrogar por cubanos, se habla chino y vietnamita en la faja del Orinoco. Y hasta le damos las gracias los secuestradores porque fuímos razonablemente bien tratados, porque no nos quitaron la vida.

 

Y que decir del lenguaje, de nuestras manifestaciones culturales, de nuestra manera de comportarnos en sociedad?  Decía Wittgenstein que los límites de nuestro lenguaje representaban los límites de nuestro mundo. Uno oía hablar a Uslar Pietri y podia tener una clara vision del inmenso mundo de aquel hombre. Al oir hablar a Iris Varela, a Hugo Chávez o al tránsfuga de la gallina, Arias Cárdenas, solo podemos imaginarnos un oscuro y estrecho mundillo, habitado por homínidos en etapas tempranas de evolución hacia el homo sapiens.

 

En la Venezuela de nuestros día Rosita incursiona en la política, Lila Morillo admira a…. Lila Morillo, Diosa Canales ocupa gran centimetraje en nuestras publicaciones y Pastor Maldonado piensa que el país debe estar orgulloso de su papelón.

 

Vendrán mejores tiempos. Pero para muchos será demasiado tarde.