Bienvenidos a la “era del cacho”

Casi todos hemos jugado el papel de “el que llora” o “el que hace llorar”. ¿Será que la fidelidad es tan inverosímil e imposible para los humanos que se ha convertido en ciencia ficción?

Antes, cuando un novio llegaba a la puerta de la casa de su novia con un ramo de flores, ella le decía “gracias” con una sonrisa. Ahora, cuando un novio llega a la casa de su novia con un ramo de flores, ella le pregunta llena de pánico: “¿Con quién te acostaste?” Bienvenido a la ‘Era del Cacho’ cuando el remordimiento y la paranoia son los jerarcas mayores; y cuando, inversamente a la ley, todos son culpables hasta que se demuestre lo contrario, reseña la Revista Fucsia.

Casi todos, en algún momento de la vida, hemos jugado el papel de “el que llora” o “el que hace llorar” (por usar eufemismos) cuando de infidelidad se trata, lo que no varía, es que en ambos casos se termina como pañal de bebé, “vueltos mierda”. La infidelidad lo visita a uno cuando se está aburrido de lo mismo, de comer emparedado de atún todos los días o simplemente cuando uno piensa que le hace falta algo para ser feliz (¿qué exactamente?, ni usted mismo lo sabe). Y cuando el infiel encuentra un cuerpo para el delito no se sabe quién la pasa peor, si el cachón que por no poder confesarse paga doble sus penitencias, comprándole regalos a la pareja para taparle los ojos y a la amante para taparle la boca. O, si la más afectada es la persona a la que le meten los cachos, que para variar termina siendo la última en enterarse.

Lo cierto es que si Dios creo el séptimo mandamiento «No desearás a la mujer del prójimo» no fue de relleno, sino porque vio bastante potencial de cachos en todos, pero su advertencia no ha escarmentado a nadie, tanto que la infidelidad es la causa número uno de divorcios en el mundo; y aunque algunos la maldicen, otros como los abogados, detectives privados y dueños de moteles le prenderán velas al Santo Cachón porque viven gracias a ella.

En Taiwan y Corea, el adulterio es ilegal; y en el estado de Pennsylvania es castigado con dos años de cárcel; sin embargo, hay otros lugares como el estado de Maryland, donde sólo hay que pagar 10 dólares para lavarse la conciencia. Antiguamente en África, el hombre que sedujera a una mujer casada era castigado cortándole las manos, por considerarlo un ladrón; y en India, las mujeres infieles eran dejadas en algún lugar público para que fueran el Purina Dog Chow de los perros callejeros. ¿Se imaginan la cantidad de mochos y de perros obesos que habrían en Colombia?

Para los científicos, las personas pueden estar genéticamente programadas para serles infieles a sus parejas. Para los sicólogos, la infidelidad es un comportamiento aprendido desde la familia; los que vieron a sus papás siendo infieles, seguirán la tradición. Para los cachones, “el adulterio es justificable: el alma necesita pocas cosas; el cuerpo muchas”, como decía el poeta George Herbert que seguramente tenía unos cuernos más grandes que los de un alce. Y para mí, los cornudos más que engañar a sus parejas se engañan a sí mismos, porque tienen pelotas para traicionar, pero no para hablar de lo que hicieron con ellas.

La infidelidad no viene libre de impuestos, el cachón se convierte en un Woody Allen, un ser paranoico y neurótico, que piensa que lo van a pillar y prepara explicaciones antes de que se las pregunten. Y su misma infidelidad lo hace dudar de la fidelidad de su pareja, razón por la cual, no la deja ir a ninguna parte sin preguntarle: “¿A dónde vas, con quién y por qué estás vestida así?”.

Hay personas que piensan que la infidelidad es parte de una relación —como aguantarse ese tic molesto de su esposo de rascarse las bolas en público— y se quedan sufriendo en silencio. Así como hay otras personas tan realistas, que desde que empiezan una relación ya tienen presupuestada la infidelidad, y se dan licencia para hacerlo mientras la otra persona no se entere, como quien dice, no se exigen fidelidad, sino discreción.

Para los que pensaron que Closer era una película de ficción, donde todos se meten cachos con todos, seguramente desconocen su realidad. Creo que si vendieran algún antídoto para la infidelidad en ‘televentas’, se vendería más que las babas de caracol y las pastillas adelgazantes. Lo importante es aprender a no exigir lo que uno no puede cumplir. Y si usted va a meter su genital en el lugar equivocado, respire profundo y cuente hasta 10, o hasta 100 si lo necesita, porque dependiendo de la decisión que tome, las cosas nunca volverán a ser iguales, ni usted volverá a ser la misma persona; puede amanecer con una corona… de cachos.