Leonardo Palacios Márquez: El 16-D, un resultado y varias lecturas

La abstención de un ciudadano, su decisión de no participar en un proceso eleccionario tiene varias causas, de múltiple naturaleza.

Desde la imposibilidad física de acudir a la consulta organizada para demostrar su acuerdo o desacuerdo, por ejemplo, de la revocatoria del mandato de una autoridad escogida en ejercicio de un cargo de representación popular, de aprobar o improbar un reforma constitucional o la escogencia de diputados, alcaldes o gobernadores.

También pude suceder que se conforme un cuadro de indiferencia o falta de estímulo para votar por razones del denominado y pernicioso «apoliticismo», entiéndase la falsa creencia de militar en una resistencia a los partidos políticos, a la actividad política, a asumir posiciones en torno propuestas o políticas públicas, a decisiones del Poder Público o participar en el destino de su comunidad o de la Nación.

El ser «apolítico» lo que refleja es una comodidad ciudadana que se arrecuesta en el sacrificio, actuación y riesgo de sus congéneres por más cercanía que esté de él, es lo que hemos denominado los «free raiders sociales», que pululan por todos lados, que los tenemos en nuestra propia casa y lugar de trabajo.

El «apoliticismo» como causa de abstención puede denotar temor a involucrarse, a ser epicentro de la acción abusiva del Estado, de su violencia. Es la pose disfrazada ante el temor de expresarse y ser descubierto; es la actitud que resulta en procesos políticos que instauran el miedo como política de Estado para inhibir los actos y actores disidentes o para debilitar los existentes; miedo que se concreta por acciones de los órganos de la Administración pública.

El «apoliticismo» refleja también una pose acomodaticia frente a las ventajas y beneficio del ejercicio del poder por parte del «Estado Registral», es decir, aquel que en base a un función de registro identifica y neutraliza a personas naturales y empresas condicionando o inhibiendo su actuación a cambio de autorizaciones, licencias, cupos, divisas y posibilidad de negociar con entes públicos.

El «apolítico», “aquel que nunca se mete en nada” se convierte, en el mejor de los casos y por fuerza de los hechos, en un colaboracionista pasivo del orden o régimen establecido y, en el peor de los casos, termina siendo víctima de la actividad política que dice no reconocer y pasado por la noria del poder establecido dejando en el transcurrir del tiempo nada más que su bagazo.

Por el contrario, el «abstencionismo» es una conducta que entraña o refleja una acción política que asume su rechazo expreso a las elecciones y a la ineficacia del voto universal directo y secreto como derecho fundamental ciudadano y como mecanismo de transformación, de asunción del poder constituido o como expresión de soberanía popular.

Los abstencionistas, por lo general, con acciones, incluso, violentas buscan la no participación masiva de la ciudadanía en los procesos legalmente organizados, por lo menos en apariencia y formalidad.

El “16 D” evidenció una enorme ausencia de los venezolanos de un proceso vital para la participación y el ejercicio de la ciudadanía como es la elección directa de gobernadores, producto de un proceso que tomo años entre la entrada en vigencia de la Constitución de 1961 y la puesta en vigor de la ley respectiva.

Patología democrática que no puede pasar por debajo de la mesa, máxime en una circunstancia en que se encuentran en abierta pugnacidad, que un sector pretende desviar o apartar de la formas democráticas, la preservación y profundización del Estado democrático, social de Derecho y de Justicia (“Estado Constitucional”) o la instauración del Estado Comunal.

¿Fue una simple abstención o el surgimiento de abstencionismo como tendencia política orgánica y sustentada? ¿A qué se debió ese porcentaje que de haberse expresado en votos a favor de la oposición hubiera significado, por la medida de lo bajito, preservar las Gobernaciones de Carabobo, Nueva Esparta, Táchira y Zulia y adicionado las de Anzoátegui y Bolívar?

En nuestro criterio, lo que hubo fue una expresión mayoritaria de abstención (temor, desidia, conveniencia para seguir medrando a la sombra del gobierno o simple comodidad) producto del desánimo inducido en los venezolanos por aquellos que ocultan en sus bolsillos los «textos arrugados»- para utilizar el titulo de la obra discográfica de Jose Gregorio Yepez- contentivos de agendas personales de algunos dirigentes y la los planes elaborados dentro de una miopía histórica, egoísta y antehistórica resultado de odios viscerales hacia algunos de los candidatos postulados, la intención extemporáneas de imposición de partidos desvencijados que buscan crear obstáculos a los emergentes y, sin duda, el rezago de tales instituciones con respecto a la sociedad civil y su incapacidad de vencer la reticencia de los jóvenes hacia la actividad política.

El «abstencionismo» en el cual militan los radicales, los que simplonamente reducen la alternativa de recuperación de institucionalidad no excluyente y el libre juego de las libertades públicas a trochas reñidas con las formas democráticas, es una tendencia minoritaria y abiertamente rechazada en la oposición democrática.

El gran reto de los demócratas, previo análisis autocritico y no fratricida pero si resuelto a la corrección, es lograr el incentivo a votar y a votar por sus propuestas.

Yo tengo mi lectura y conclusiones, seguramente ustedes tienen las suyas sobre este único resultado: un acto cosmético electoral que tiño de rojo del espacio político y la tendencia relativa a pensar que el país es chavista, por lo menos, hasta que se verifique nuevas elecciones ante la inminente declaratoria de ausencia absoluta del ciudadano Presidente de la Republica, conforme al artículo 233 aplicado a la letra, y no producto de zancadillas interpretativas de la Sala Constitucional.

@NegroPalacios