Vladimiro Mujica: País inviable

La capacidad de Venezuela para construir felicidad para su gente está actualmente cuestionada. Urge un diálogo entre las dos mitades del país antes de que la nación se torne completamente insostenible.

Confieso que en verdad no me esperaba nada muy distinto a lo que ocurrió el pasado domingo. Sin duda que el resultado es una victoria contundente para el chavismo y una derrota importante para la alternativa democrática, pero más allá de este hecho sobre cuya protuberancia no vale la pena argumentar, el domingo 16 de diciembre debería ser recordado como una fecha profundamente triste para Venezuela por lo que se evidenció ese día sobre la viabilidad del país.

El bien común, el bienestar del pueblo, es una utopía alrededor de la cual se articula una parte sustancial del discurso de las organizaciones políticas y sociales, prácticamente con independencia de la tonalidad ideológica o propósito específico que las anime. En última medida es responsabilidad de la dirigencia de un país, y de la gente que lo habita, construir la visión de un proyecto nacional cuya realización y concreción hagan posible el bien común.

Venezuela ha estado conducida durante los últimos catorce años por un liderazgo tóxico que se retroalimenta del resentimiento y de las esperanzas de un sector importante de nuestra gente. La conjunción de estas dos fuerzas ha generado un poderoso movimiento político y social cuyos representantes dominan la vida nacional de un modo cada vez más hegemónico. Para tragedia del país, y quizás de modo inevitable, esa hegemonía política se ha venido imponiendo a expensas de dejar al lado del camino a la mitad del país que se opone al proyecto autoritario del chavismo.

El mapa de Venezuela es rojo. Las mayorías del chavismo se han impuesto en casi todos los estados, pero debajo de esa superficie roja hay otra azul, casi del mismo tamaño que la primera y que pugna por expresarse. Este conflicto, que domina prácticamente todos los aspectos de la vida nacional ha terminado por empobrecer profundamente al país y por cuestionar nuestra propia capacidad para construir el futuro posible que haga crecer la semilla del bien común.

El drama del chavismo es que por intentar imponerse a troche y moche ha destruido paso a paso la capacidad del país para generar felicidad a su gente. No cabe duda de que Chávez cuenta con una fuerza prácticamente religiosa para convocar a amplios sectores de nuestro pueblo. Pero esa potencia mesiánica ha sido impúdicamente fortalecida a través de la corrupción, el abuso, la imposición del temor y la compra de voluntades y adhesiones. La hegemonía chavista se ha alcanzado al precio de envilecer su propia contextura ética y su pretendida condición de revolucionarios enfrentados a los depredadores del pueblo.

La viabilidad de Venezuela como nación que puede hacer feliz a su gente está hoy profundamente cuestionada. El chavismo es mayoría pero la minoría que se le opone está compuesta en buena medida por la gente que es indispensable para salir de la pobreza en la que se encuentra sumida la mayoría. Hasta ahora la presión sobre la clase media para que se vaya de Venezuela ha sido limitada, pero es innegable que en la capa azul asfixiada por la marea roja ha ido creciendo un sentimiento de frustración que puede llevar a que el éxodo moderado, y ya terrible y costosísimo para el país, se convierta en una avalancha similar a la que en su momento ocurrió en Cuba o Argentina.

Así como es urgente una reflexión en la oposición acerca de como convertirse verdaderamente en una alternativa democrática que combine visión de país con fortaleza en la acción política y electoral, uno quisiera pensar que existen sectores en el chavismo que entienden que no es posible continuar manejando el país bajo el supuesto de que el gobierno es solamente el gobierno de los rojos, y que la mitad de la población que se les opone puede continuar siendo ignorada y acorralada. Todo lo que hace amable la existencia en una sociedad moderna, comenzando por las garantías de la propia vida, se ha deteriorado profundamente en Venezuela. A la matanza diaria de nuestra gente, consumida en una espiral de violencia criminal, se le unen penurias múltiples conectadas con salud, empleo y vivienda. Y todo parece augurar que las cosas van a empeorar, algo que si yo estuviera en el lugar de los chavistas me preocuparía profundamente, porque vendrá el día en que la gente pasará haciendo efectivos los pagarés de las promesas incumplidas de estos años.

La jornada del domingo pasado es triste no porque la oposición haya perdido. De hecho existen muchas razones para continuar manteniendo el optimismo y la capacidad para actuar a pesar de este profundo revés. Es triste porque nos obliga a contemplar un escenario para Venezuela donde el enfrentamiento y la polarización continúan debilitando de tal modo nuestra fortaleza como nación que puedan tornarla en un país inviable, condenado a las existencias precarias y turbulentas que aquejan a muchos países africanos.

Todavía existe un espacio y un tiempo para corregir sin que ello involucre que disminuya la conflictividad política. Urge un esfuerzo de diálogo entre las dos mitades de nuestra sociedad que detenga la sangría de gente joven y preparada que abandona Venezuela en números crecientes y cuya vinculación con el país se irá haciendo más y más tenue. Desafortunadamente, la concreción de estos deseos está en las manos de gente que parece pensar que su perpetuación en el poder depende del mantenimiento de la pobreza y de los mecanismos de dominación y manipulación que esta permite.