Óscar Lucien: ¿Tenemos una patria nueva?

¿Quién me paga las hallacas? se lamentaba amargamente la vecina mientras subíamos, con el auxilio de una milagrosa pluma-linterna que pescó de su nutrida cartera, los pisos que nos conducían a nuestros hogares. Nos esperaba una larga noche, a oscuras, cortesía de Corpoelec, aunque para ser sincero, en la mañana había visto una iguana en el parque cercano a nuestro vecindario. Mientras subía, adivinando el trayecto detrás de mi amiga, me vino en mente el pequeño detalle de que no contaría con una relajante ducha; cuando no hay luz no hay agua. Pensé también en mis hallacas en la nevera, pero mi preocupación mayor era de otro orden: cómo escribir esta notas que el lector tiene la amabilidad de estar leyendo en este momento y que debía consignar a primera hora de la mañana siguiente.

Minutos después, recuperado de los nueves pisos correspondientes experimenté, literalmente, lo que consagra la expresión “quemarse las pestañas” a medida que escribía el borrador que buscaría transcribir al día siguiente cuando volviera a la civilización. Aunque rondaba varias ideas, la interrogante se impuso y el desgaste de la vela fue la medida para estimar que cuanto había borroneado contenía los caracteres que me exige el periódico: ¿Tenemos una patria nueva?

Fuera de la onerosa campaña propagandística en los medios del Estado, el anuncio oficial de que tenemos una patria nueva lo dio el comediante-presidente el sábado 8 de diciembre en un repentino e imprevisto regreso a Venezuela luego de varios días en La Habana en exámenes preoperatorios. El poco ortodoxo retorno, dada la anunciada gravedad del caso, sumado a la opacidad con la cual se maneja la información sobre la salud del jefe de Estado venezolano, refuerza la percepción de muchos venezolanos de estar ante un perverso programa de manipulación urdido por los hermanos Castro, especialistas en la materia, y que la presencia de Chávez tenía un mero propósito electoral: apoyar a los candidatos de su partido que concurrían a elecciones una semana después, a la vez que sofocaba el avispero interno que su eventual ausencia, temporal o absoluta, pueda desencadenar. Pero lo relevante para mi, más inclinado a pensar que lo de la enfermedad del Presidente si tiene dimensiones de altísima gravedad fue su afirmación eufórica: tenemos una patria nueva!

¿Tenemos una patria nueva? ¿Tiene sentido hablar de patria nueva cuando se está tan subordinado a los intereses ideológicos, políticos y económicos de Cuba? Seguramente si, para alguien que ha preferido la propia isla para encarar su comprometida salud. Sin sumergirnos en aguas demasiado profundas, la patria, para quienes nacimos después de la segunda mitad del siglo pasado, forma parte del adn de la nacionalidad, es inherente a la cultura de la democracia y a la vida de la república. La mera idea de una “patria nueva” me resulta grandilocuente y excesivamente narcisista. La “patria nueva” que nos vende la propaganda oficial es excluyente y discriminatoria, valedera sólo para quienes adhieren el ideario del partido de gobierno a quienes Chávez concede la condición de patriotas.  La “patria nueva” es una cháchara irritante que contrasta con la precariedad de nuestra calidad de vida, con los constantes apagones, la falta de agua en las barriadas populares, la violencia impune que acaba o mutila a nuestros jóvenes.

¿Tenemos una patria nueva? Para nuestra desgracia, la que tolera el espectáculo grotesco de oficiales del Alto Mando militar en su destemplado y fuera de lugar juramento de lealtad absoluta a Hugo Chávez, cuando la Constitución determina claramente que la Fuerza Armada Nacional es un componente profesional y que en el desempeño de sus funciones se debe a la nación y en ningún caso a persona o parcialidad política alguna. O bien, que otro rasgo de esa “patria nueva” con la rezadera a toda hora, sea la comunión antinatura de religión con profesión de fe comunista.

La premiación a la Unión Europea con el premio nobel de la paz por su contribución a la consolidación de ese espacio común de todos esos pueblos que abogan por una ciudadanía más universal, me hace más intraficable la idea de una patria nueva tutelada por militares subordinados una persona y no al imperio de lo civil y de la Constitución. Nuestro país transita un momento delicado de su vida institucional por las complicaciones de salud del Presidente de la República. Conviene a las fuerzas políticas, del gobierno y de la oposición crear las condiciones para un diálogo sustentado en los principios, garantía y derechos de la Carta Magna. La insistencia, así sea propagandística de una patria socialista (la ¿patria nueva?) que no está en la Constitución no puede sino generar turbulencias innecesarias.