Pedro Elías Hernández: La inutilidad del antichavismo

Guillermo Rodríguez, uno de los economistas y pensadores venezolanos más preclaros con los que cuenta el país, ganó en octubre pasado el primer premio del prestigioso concurso de ensayo Caminos de Libertad organizado por el grupo empresarial Salinas que lidera el empresario mexicano Ricardo Salinas Pliego. El título del trabajo con el que obtiene el premio es por demás sugerente: “Libres de envidia. La legitimación de la envidia como axioma moral del socialismo”. Es curioso pero durante el acto de premiación realizado en Ciudad de México, estaba presente Mijail Gorbachov, el último presidente de la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Durante una entrevista concedida a la televisión mexicana, Rodríguez habló sobre el ensayo en cuestión, pero el tema de la realidad venezolana no podía quedar de lado. Al pedírsele su opinión sobre Hugo Chávez y sobre sus adversarios políticos, el ganador del concurso dijo algo sumamente importante: “La oposición venezolana es ideológicamente incompetente para enfrentar Chávez, independientemente de su enorme voluntad y de sus gigantescos y hasta heroicos esfuerzos por tratar de derrotarlo”.

Esta afirmación pone en una perspectiva exacta el asunto de la nueva derrota que experimentara la Mesa de la Unidad Democrática en las pasadas elecciones regionales del 16 de diciembre. Lo que sucede es que existe en el liderazgo opositor en su conjunto una enorme incompetencia para administrar incluso el enorme capital electoral que tiene, pero que, a pesar que constituye el 45% de los votantes del país, no logra convertirse en un sólido capital político que ayude a prepararse para batallas futuras.

Fue terrible constatar que al día siguiente de las elecciones presidenciales del 7 de octubre, la sensación de aplastamiento de los sectores de oposición fue tan grande que en la práctica el resultado político fue de suma cero, a pesar de haber contado más de 6 millones de votos en aquellos comicios. El corolario de tal situación no podía ser otro que lo ocurrido en las votaciones realizadas para las gobernaciones, las cuales se efectuaron apenas dos meses después.

El contenido exclusivamente antichavista de la oposición venezolana hace estéril su esfuerzo, a pesar de lo titánico y admirable que pueda ser. Cada vez que se va a una confrontación electoral con el oficialismo, se asume el asunto como si fuera un episodio terminal, sin que hubiera un más allá. Un todo o nada que genera lógicamente una sensación de aplastamiento cuando no se consigue el objetivo de desalojar al inquilino de Miraflores. Ya varias veces lo hemos dicho por este medio: No hay que sacar a Chávez del poder, hay que desterrarlo del corazón de los pobres.

Durante mucho tiempo, en el período de la democracia civil, también llamado la IV República, la oposición política que existía al régimen imperante, liderado por Acción Democrática, tuvo un alto componente de rechazo a Rómulo Betancourt, a lo cual se le conoció como antibetancurista. El sentimiento de antibetancurismo fue tan grande y virulento en los primeros años de la democracia, que inclusive existía en el seno del propio partido de gobierno. Tal circunstancia propició varias de las divisiones que experimentara la tolda blanca.

El antibentacurismo era tan vasto que había de izquierda y de derecha, democrático y antidemocrático. Todos ellos profesaban un odio casi histérico hacía el fundador de AD. Pero con el tiempo la oposición a Acción Democrática, una suerte de réplica del PRI mexicano, se fue convirtiendo en otra cosa. La centro derecha para la época, encabezada por Copei, fue más afortunada y pudo derrotar electoralmente al partido del pueblo. Rafael Caldera construyó una organización altamente ideologizada, con un liderazgo teóricamente muy bien formado, fundada sobre las bases de la doctrina social de la iglesia católica y la encíclica papal Rerum Novarum. Los copeyanos pudieron conjurar el antibentacurismo confesional que existía en su seno y así consiguieron crecer y convertirse en alternativa de poder.

Algo similar ocurrió en la izquierda venezolana, la cual, una vez curada de las heridas dejadas por su derrota de la lucha armada, desarrollo proyectos políticos interesantes como el MAS y La Causa R, dejando atrás sus atavismos antibetancurianos. El MAS intentó crear una vía democrática al socialismo a la cual llamó “socialismo a la venezolana”. Por su parte La Causa R de Alfredo Maneiro, domesticó sus viejos instintos insurreccionales y construyó una organización de cuadros altamente eficiente que cuestionaba de manera radical, con argumentos de fondo, profundamente ideológicos, la versión de democracia que representaban AD y COPEI. A la larga, ambas organizaciones crecieron. El MAS obtuvo varias gobernaciones de estado y La Casusa R, estuvo a punto de conquistar el poder en las elecciones de 1993 con Andrés Velásquez a la cabeza.

Llegó la hora que la oposición política a Hugo Chávez y a su régimen, deje de ser antichavista, por su enorme y demostrada inutilidad, y más bien confronte lo que ideológicamente representa. Chávez, y Betancourt, son dos figuras históricas que levantaron y levantan fuertes pasiones. Este tipo liderazgo se caracteriza por la lealtad a sus rencores y por perseguir implacablemente a sus adversarios. En el caso del primero, está por verse si la hegemonía política que creó a partir de 1999, trasciende sus limitaciones biológicas, así como la hegemonía adeca trascendió más allá de la vida de Rómulo.

El resultado electoral del pasado 16 de diciembre, al ganar el PSUV casi todas las gobernaciones en disputa sin la presencia física de Chávez, pone en evidencia, como afirma atinadamente Henry Ramos, que el movimiento político fundado por el teniente coronel, al parecer cuenta con una amplia autonomía de vuelo. Si es así y se convierte en una organización con vida y cuerpo propios, aun más razón para dejar atrás el antichavismo como única razón de cohesión y de motivación por parte de quienes confrontan el actual régimen.

Claro, superar el antichavismo como discurso supone asumir postulados ideológicos y programáticos claros, lo que hará que se produzcan necesariamente deslindes en el seno de la oposición. En mi opinión lo que se impone es cuestionar fuertemente y proponer una alternativa al modelo del capitalismo rentístico petrolero de Estado, que es la versión venezolana del socialismo y que no fue inventado por Chávez.

Ya veremos cuál es finalmente la suerte que corra la salud del Presidente. Lo deseable es que se recupere físicamente y pueda asumir sus responsabilidades como Jefe de Estado, aunque los pronósticos que se conocen y se ven son poco auspiciosos. En todo caso creo que no habrá chavismo sin Chávez, sino la continuación de la hegemonía política por él instaurada, a la cual sería una simplificación deformante calificarla meramente como chavismo. Esta hegemonía, si no se comprende bien su naturaleza, al parecer será muy larga por la incompetencia ideológica de sus contrincantes.
Pedro Elías Hernández