Argelia Ríos: “San Hugo”: la historia de un endoso

Al margen de la utilidad que tendría su participación indirecta en otra eventual elección pre- sidencial, el líder único de la revolución ya parece ubicado en las sombras del tablero nacional. Aunque todavía representa la ficha decisiva -porque su palabra vale oro en la fabricación del porvenir bolivariano-, en la atmósfera gravita, sin embargo, una certeza irrefutable: la del fin de un ciclo histórico, tras el cual lo valioso pasa a ser ahora la Venezuela del futuro, además del devenir del “proceso” y del país político que, poco a poco, ha venido asumiendo que el comandante ya es cosa del pasado.

Con la vida sujeta al ábaco con el cual se le contabiliza el tiempo productivo que le va quedando para completar la tarea de la transferencia de su liderazgo, el gran hegemón rojo sólo constituye un presente brillante para su amplio auditorio de seguidores, al que está dirigida toda esa fanfarria propagandística, con la que se busca elevar a Chávez a los altares religiosos, para beatificarlo y santificar, también, su deseo de que Nicolás Maduro sea venerado, sin resistencias, como el nuevo líder de la revolución.

El esfuerzo de canonizar al jefe del Estado está orientado, primero a reproducir el fenómeno de Evita en Argentina y, luego, a optimizar una tarea para la cual no basta el simple “dedazo” del presidente, y ni siquiera el más esmerado desempeño del vicepresidente Maduro.

Es demasiado obvio que el heredero no posee el porte ni las destrezas de su mentor, cuyo retorno -sea cual sea el estado en que se encuentre- le resulta imprescindible al “sustituto”: tanto para neutralizar las resistencias endógenas provocadas por su escogencia, como para dotarlo de la autoridad que necesita exhibir, de cara a las severas decisiones económicas que, de seguir postergándose, amenazan con problematizar aún más su encargaduría y, desde luego, su candidatura presidencial.

La ausencia de Chávez -y su silencio tras su última intervención quirúrgica-, impacta a todo el campo revolucionario, pero en especial a un Maduro, cuya selección no resuelve las interrogantes en torno al futuro del “proceso”: como es obvio, la herencia obtenida del comandante no comprende las habilidades ni las competencias que le son exclusivas al líder único y que, al ser intransferibles, ponen en suspenso la receptividad que el vicepresidente conseguiría, no sólo de las bases revolucionarias, sino de toda la plataforma política, institucional y militar que Chávez ha sabido someter con soltura.

Convertir a Chávez es “San Hugo” es parte del libreto para arropar a Maduro con las vestimentas propias de un apóstol religioso. ¿Lo lograrán? 

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