Editorial ABC Color: Se caen las máscaras

Lamentables y reveladoras son las expresiones vertidas recientemente por el presidente del Uruguay, José “Pepe” Mujica, acerca de las razones que explican los estrechos vínculos existentes entre su gobierno y el de Venezuela, que él mismo se encargó de personalizar directamente en la controvertida figura de Hugo Chávez. Muchas actitudes asumidas hacia nuestro país deben ser interpretadas a la luz de dichas manifestaciones.

En declaraciones a la radio uruguaya Montecarlo, el Mandatario oriental hizo un vehemente elogio de Chávez, destacando que “en momentos difíciles” para su país, el bolivariano lo socorrió. Como primer ejemplo, dijo que “cuando tuvimos un banco fundido que nos podía provocar una corrida bancaria, nos dio una mano y cargó con un clavo”.

Adentrándose aún más en la importante “asistencia” recibida de Venezuela, Mujica destacó la apertura del país caribeño a las productoras lecheras del Uruguay. Muy fiel a su estilo campechano y descontraído, el Presidente charrúa sostuvo que “eso no cayó del cielo, esa apertura de mercado fue clara voluntad política de Chávez”.

Estos dos ejemplos aludidos por el Presidente uruguayo son significativos, porque de acuerdo con lo que él manifiesta, el salvataje del banco oriental y el acceso de la industria lechera de su país a Venezuela no se dieron por la lógica propia de la economía de mercado, sino por una decisión de carácter netamente político.

Por un lado, esto evidencia que en Venezuela existe una economía planificada y dirigida por el Estado. De allí que baste la voluntad todopoderosa de un dictador como Chávez para que los números “cuadren” y los mercados se abran. Leyes comerciales fundamentales como la de la oferta y la demanda, la competitividad y la calidad de los productos son prácticamente irrelevantes.

Ahora bien, ¿por qué habría Hugo Chávez de dar órdenes para que bancos extranjeros sean capitalizados o mercaderías como la mencionada por el Presidente uruguayo ingresen libremente a Venezuela? ¿Será acaso por caridad, por solidaridad revolucionaria o algún otro tipo de factor ideológico? No, es única y exclusivamente un intercambio de favores: porque el bolivariano precisaba algo de Mujica es que lo colmó de beneficios.

¿Y qué tenía Mujica que a Chávez pudiera interesarle de manera tan particular o estratégica? Primero y antes que nada, precisaba su apoyo para poder meterse en el Mercosur a como dé lugar. Incluso de forma irregular y arbitraria, como finalmente se produjo el pasado 29 de junio en la Cumbre Presidencial del bloque, celebrada en la ciudad de Mendoza.

Ello explica por qué en aquella oportunidad el presidente Mujica sostuvo que “la razón política se impuso largamente a la jurídica”, cuando intentó justificar el atropello que él mismo y sus “compañeras” presidentas Dilma Rousseff y Cristina Kirchner cometieron contra nuestro país al meter a Chávez de contrabando en el Mercosur. Lo hicieron violentando la letra y el espíritu del derecho internacional, y despreciando la negativa del Congreso paraguayo a ratificar el Protocolo de Adhesión de Venezuela al bloque.

Pues bien, así como lo sostuvo Mujica a Radio Montecarlo, está claro que había “poderosas” razones para que él actuara en ese sentido. Y no lo decimos solamente por el banco y la leche, sino también por un conjunto de elementos que hicieron que en los últimos años el comercio bilateral se haya incrementado fuertemente, hasta convertir a Venezuela en el cuarto destino de las exportaciones uruguayas.

A tal punto llegó el “agradecimiento” del charrúa, que el pasado 13 de diciembre hasta llegó a organizar la celebración de una misa –él, que es agnóstico– para pedir por la salud de Chávez, en lo que llamó “una práctica de solidaridad en un momento difícil” para el déspota venezolano.

Así las cosas, cuesta realmente entender que un país decente, serio, honesto como el Uruguay; una nación que históricamente mantuvo tan estrechos lazos de amistad y entendimiento con el Paraguay, haya vendido esa fuerte y límpida relación, entregándola sin más ni más a la abultada petrochequera de Hugo Chávez, canallesco despilfarrador del dinero que pertenece al hermano pueblo venezolano.

Es lamentable que hermanos uruguayos necesiten vender tan miserablemente su dignidad al déspota caribeño, como si los excelentes productos de su país no estuvieran en condiciones de competir de manera privilegiada en el mercado internacional.

Se acerca, por fortuna, el momento en que esta vergonzosa manera de conducir las relaciones entre los países tenga un punto final en nuestra región. Cuando el hombre dispuesto a repartir a manos llenas el dinero de su empobrecido pueblo para comprar voluntades ajenas haya traspasado el último escalón de su existencia terrenal, es probable que una nueva era de vinculación franca, decente y, sobre todo, digna florezca en esta nuestra castigada América del Sur, una tierra rica, pero aún fértil –desventuradamente– para la aventura y la acción de líderes megalómanos y populistas como lo es el gorila que aún somete a la atribulada Venezuela.

 

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