Los Infiernos de la Política venezolana o de un Dante caribeño por @nancyarellano

 A mitad del camino de la vida,

En una selva oscura me encontraba

Porque mi ruta había extraviado

Dante Alighieri, Divina Comedia.

Canto I (Infierno)

 

 

Y prosigue el florentino diciendo “Yo no sé repetir cómo entré en ella/ pues tan dormido me hallaba en el punto/ que abandoné la senda verdadera (…)” Ahora se sumerge un venezolano sencillo en el mundo de Dante; persigue a la democracia, pregunta por Beatriz… la política en Venezuela llena nueve círculos caribeños de desazón…  para aclarar el punto, voy a ilustrar lo visto por este Juan…

 

Mirando de lado a lado, se percató de que estaba en el Limbo, primer círculo externo, de esta sucesión en forma de embudo. Allí están los “paganos virtuosos” –dijo una voz-  y los que nunca oyeron hablar de la democracia; un castillo de siete muros que alberga a los intelectuales indolentes, a los viciados de individualismo que si bien no hacen mal al otro, pese a saber la verdad, prefieren esconderse y hacerse de la vista gorda porque no quieren ensuciarse con la política. Adversan cosas del gobierno, pero ellos son apolíticos. En fin, cobardes de corazón que entregan con conciencia.

 

Juan corre de los intelectuales indolentes que quieren arrastrarlo a la abulia; en el segundo círculo advierte a “los lujuriosos y las personas que usan el amor para bien propio”. Juzgados por Minos son sumergidas en un torbellino que los agobia por la eternidad y les condena a la soledad pura. Están los oportunistas, que cambian ideales como camisas con tal de hacerse de un carguito por el gobierno de turno o el que es “mejor” apuesta.  Son los codiciosos que no tienen respeto por los principios y son llevados por las bajas pasiones del dinero y los placeres, demagogos y manipuladores que hablan contradicciones, hablan solos y se responden.

 

Aturdido, llega al Tercer Círculo, donde glotones, soberbios y envidiosos reciben castigo; allí moran los blandos, brincadores de partidos sin pena ni gloria,  reniegan de su pasado, hablan mal de las que fuesen sus toldas para simpatizar a los nuevos, no soportan un liderazgo de renovación, son polillas de la política. Su castigo es ser azotados en el fango por la tormenta y desollados por Cancerbero, en consonancia con los cambios de piel que hicieron costumbre en vida.

 

En el Cuarto Círculo, están los pródigos y avaros custodiados por Pluto, dios romano de la riqueza; están condenados a chocar entre sí y mofarse mutuamente, son arrastrados por enormes pesos… aquí están los clérigos, cardenales y obispos, acompañados ahora por unos cuantos empresarios dados a la financiación de la política mezquina, sólo por intereses personales, son los antiéticos y apátridas.

 

Luego de buscar algo de éter para poder tolerar la pestilencia, nuestro Bimba, nuestro ingenuo venezolano, llega al Quinto Círculo, allí están “los orgullosos, los herejes y materialistas” que viven en la ciudad de Dite, todo hiede a podredumbre por la laguna Estigia.  Allí está la maldad verdadera. Enfangados, luchan unos contra otros, a golpes y mordiscos llevados por la ira; allí están los que han dividido a su pueblo, los que han enfrentado a hermanos, los que han sembrado el odio. Debajo del agua están los acidiosos, los perezosos y los que vivieron tristes y deprimidos sin causa; funcionarios públicos que no prestaron servicios, los reposeros, hombres y mujeres serviles entregados al desgano, los líderes cómodos de la telepolítica que nunca tocaron la calle.  Son pecados de maldad y de pereza funcional.

 

Cansado ya por el horror de ver el horror, el sexto Círculo muestra a los herejes. Aquéllos que insistieron, por voluntad, en contradecir la voz del Pueblo; están metidos en sepulcros de fuego. Fueron elegidos para encauzar unas demandas y luego hicieron valer agendas ocultas. Son los que manipularon La Ley a conveniencia.

 

El séptimo círculo hace que nuestro compatriota desmaye, aún así logra ponerse de pie, temblando, voltea a ver al Minotauro que custodia el lugar dividido en tres recintos llenos de piedra y rodeado por un río de sangre.  En el primer recinto están los violentos; el Minotauro castiga a los que cometieron violencia contra el prójimo, aquéllos indolentes frente a la inseguridad ciudadana o los que se armaron, y armaron a otros, para matar inocentes por imponer una ideología; hierven sus almas en el Flagetonte, si alguno intenta escapar será devuelto por las flechas de los centauros.  En el segundo recinto están los que cometieron violencia contra sí mismos o los dilapidadores; los que habiendo recibido una formación pública, y estudiado financiados por el Estado, se suicidaron políticamente al contravenir los intereses del colectivo y su propia formación. En el tercer recinto están los que cometieron violencia contra la Patria y sus designios, contra la Carta Magna; allí están populistas, los seductores y manipuladores que ganaron elecciones, los hijos del mercadeo político sin alma, los que tergiversaron a la Constitución legítima de la nación o la violentaron.  Están en un arenal ardiente sobre el que cae una lluvia de fuego, los populistas están tendidos boca arriba imposibilitados para cubrirse, los hijos del mercadeo sentados eternamente, y los inconstitucionales y golpistas corren libremente –pero si se paran, tendrán que estar parados cien años.- Son los traidores de la libertad democrática.

 

Pálido, lloroso, Bimba camina tragando grueso; entra en el Octavo Círculo, temiendo lo que sus ojos verían; allí encuentra diez fosas.  En la primera están los rufianes y seductores, los vende contratos, los políticos de empresas de maletín, los encantadores de serpientes que se hacen de cargos de confianza. Son azotados por demonios cornudos, provistos de látigos. En la segunda fosa, están los aduladores y cortesanos, son los secuaces de los líderes visibles, los que sirvieron de testaferros y legitimadores de capitales. Ellos están hundidos en estiércol.  En la tercera fosa están los “simoníacos”, aquéllos que vendieron puestos en los programas de vivienda, los que traficaron con la salud pública, los que vendieron obras de patrimonio nacional; cada reo está metido en un agujero, boca abajo, sólo asoman los pies en llamas.  En la cuarta fosa, se castiga a los adivinos, los opinadores, encuestólogos y conductores profesionales que, por dinero, manipularon a la opinión pública, predijeron desastres e invalidaron a hombres y mujeres de bien; ellos caminan hacia atrás porque les han retorcido el cuello, de modo que tienen la cara en la espalda.  En la quinta fosa están los que “trafican con la justicia”, los jueces vendidos y serviles que destruyen a los inocentes, que eliminan la separación de poderes y ahora se sumergen en una espesa resina ardiente y unos demonios negros los pinchan con sus garfios, si asoman la cabeza. En la sexta fosa están los hipócritas, éstos son los negociadores a sueldo de la información, que inventan rumores para destrozar a los que opinan distinto a sus jefes, son los sicarios de carreras políticas, los que juegan para dos bandos y venden integridades, los que planean ganar confianza para luego extorsionar; a estos les toca soportar el peso aplastante de capas y capas de plomo dorado. En la séptima fosa están los ladrones, los que son mordidos por serpientes en medio de su desnudez, se van deshaciendo en cenizas y se recomponen para un sufrimiento sin fin. Allí están los que desvían fondos directamente y financian con dinero del Pueblo yates, camionetas, casas en la playa… En la Octava fosa están los sembradores de discordia, los chismosos, los que dedicaron sus vidas a intrigar y cosechar pugnas internas, los padres del caudillaje en las organizaciones políticas. Los cizañeros que destruyen. En la Novena fosa están los “sembradores de escándalo y cisma” Aquéllos que dividen a sus toldas políticas creando otras por personalismo, los que hacen de enemigos de sus amigos y pervierten los objetivos sólo por poder. A ellos los demonios los desgarran.  En la última y Décima fosa, están los falsificadores, quienes están condenados a caminar entre enfermedades. Son los políticos que inventan ser ungidos, los que falsean testamentos políticos, lo que pervierten la herencia ideológica y la prostituyen.

 

Nuestro Bimba atormentado por todo lo visto, comienza a sentir un sopor que le quema, entonces entra al Noveno Círculo; allí se encuentra rodeado de traidores. Los hijos del peor de los pecados. Encuentra cuatro recintos; en el Primer Recinto, la Caína, están los traidores a sus compañeros, aquellos con precio a su cabeza, los que saltaron de un partido por dinero, sin virtud; los brinca-talanqueras por verdes. Ellos son oprimidos por hielos gruesos de cara al suelo. En el Segundo Recinto está la Antenora, los traidores a la Patria. Los militares que juraron defender a la nación  y se entregaron a poderes particulares, personalismos, caudillismos. Son los que traicionaron la máxima de servir y defender al Pueblo, los que empuñan las armas en su contra. En el Tercer Recinto está la Ptolomea, reservada a los traidores de amigos y huéspedes, aquéllos que, una vez en el poder, dan la espalda a los que trabajaron por el ideal al promoverlos. Los que entregan a sus amigos y compañeros por codicia. En el Cuarto Recinto, La Judezca, están los traidores a sus benefactores, los parricidas, los que traicionaron con actos inexcusables al Sistema Democrático; los hijos del sistema que para hacerse con el Poder, terminaron por cavar su tumba.

 

Luego de ver los rostros de esos hombres, Bimba se descompone completamente por el asco, temblando, sudando, rezando… siente una vibración que sube por sus pies, asustado se agacha con los ojos cerrados, escuchando una sirena ensordecedora… despierta en su cama, es el despertador.  Bimba se levanta suspirando, decidido a hacer algo, porque ese infierno no podemos seguir llenándolo. No sabe qué hacer exactamente, y aún no distingue sueño de realidad, pero las caras, las caras son… La mañana está clara y se escuchan guacharacas a lo lejos.

 

 

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