Carlos Blanco: Victorias huidizas

Las victorias están hechas de muchos ingredientes, entre los que se cuentan las derrotas. La condición para que éstas contribuyan a victorias futuras es que se aprenda de ellas en forma descarnada y sincera y no se les enmascare ni ignore.

En este rincón de la palabra se ha sostenido que la lucha por la democracia en el período rojo está constituida por el esfuerzo que ha librado la sociedad democrática desde 1999 en adelante. Dentro de la oposición ha habido voces que sólo han visto derrotas hasta 2006 y reconocen victorias sólo desde 2007, con el Referéndum Constitucional, con avances parciales en las elecciones regionales de 2008 y las parlamentarias de 2010. Es decir, sostienen que aquellas primeras luchas habrían sido erróneas y únicamente las del período reciente habrían sido útiles para la causa democrática.

Ahora, con la situación creada por las catástrofes recientes del 7-O y del 16-D se han originado situaciones curiosas, entre las más significativas está la de quienes decían que desde 2007, con la conducción que al final derivó en la Mesa de la Unidad, sólo había victorias, como un mecanismo para reforzar unos dirigentes particulares y una estrategia. Este sector ha procedido ahora a una admisión más o menos retórica del desastre reciente pero poco a poco viene dejando deslizar la idea de que, si a ver vamos, no es una derrotoooota sino un revés casi modesto. Afirman que la distancia porcentual entre el chavismo y el antichavismo se mantiene como la del 7-O, que no importa en qué momento Chávez se encargue de la Presidencia, que el gobierno está abierto al diálogo, que todo régimen autoritario es ventajista por naturaleza y por tanto no hay que reclamar mucho.

Este sector sabe que hay una colosal derrota pero no quiere admitirla porque sería, con todo el pesar, conceder que los llamados radicales -aquéllos que planteaban la necesidad de luchar por cambiar las condiciones electorales- tenían razón. Por no admitir que hubo una equivocación estratégica gruesa prefieren insistir en que la cosa no es tan grave. Y han pasado a usar el argumento que antes desechaban en los llamados radicales: las derrotas pueden servir, bien usadas, para futuras victorias.

El peligro ahora es que no se obtengan las enseñanzas indispensables porque los conductores de estos descalabros, incluidos los que iban a pertenecer al gabinete de Capriles o lo orientaban, andan con la teoría según la cual si no estás muerto es porque estás vivo; que, gracias al Señor, respiramos cuando el otro quería aniquilarnos y, como se sabe, con la eternidad por delante, no hay rollo.

LOS INGREDIENTES. Aquí no habrá cansancio en repetir que las luchas de los primeros años del siglo XXI constituyeron la primavera venezolana. Hubo impresionantes movilizaciones de masas, se incorporaron sectores que nunca habían participado orgánicamente en las luchas políticas -como los petroleros-, la clase media desafió su propio status social, y se incorporaron sindicalistas, empresarios, militares, intelectuales, a jornadas llenas de heroísmo. Esos enfrentamientos lograron en 2002 la renuncia de Chávez a la Presidencia, la eliminación de las captahuellas en las votaciones de 2005, la intervención de la comunidad internacional a través de la OEA, en Caracas, el paro cívico, la huelga general, todas luchas heroicas que salvo en 2011 no consiguieron su objetivo pero lo intentaron.

Luego de esas derrotas otros tomaron la dirección, como es lógico (salvo ahora que no hay reemplazos), y se exploraron vías que tuvieron reveses como la candidatura de Manuel Rosales, pero también importantes triunfos como fue en su momento la construcción de la Mesa de la Unidad, el fracaso del gobierno en el referendo constitucional, y éxitos parciales con gobernadores y alcaldes electos en 2008, y parlamentarios en 2010.

Esa mezcla es lo que realmente constituye el camino de la lucha por la libertad, en el cual muchos nombres e instituciones han jugado papel señero como lo que representan Carlos Ortega, Pedro Carmona, Carlos Fernández, Juan Fernández y la Gente del Petróleo, los de la Asamblea de Educación, la Coordinadora Democrática, Enrique Mendoza, los militares (incluidos los de Altamira), el Referéndum Revocatorio con sus Firmazo y Reafirmazo, la abstención de 2005, Manuel Rosales, Súmate, la lucha por impedir el cierre de RCTV, la dirección estudiantil representada en su momento por el liderazgo formidable de Yon Goicoechea, los alcaldes y gobernadores que ahora concluyen su período, los parlamentarios electos, Henrique Capriles, los candidatos recientes, los acribillados de Llaguno, los presos políticos, los exiliados, los que en discreto ámbito se han atrevido a formar tertulias críticas en el Metro, oficinas públicas, mercados y automercados.

LA NUEVA ETAPA. La agudización de la crisis en 2013 es inatajable. Chávez no está en condiciones de volver a la Presidencia y lo que sigue ahora es el procesamiento de las contradicciones sin él. Las fuerzas nacionales e internacionales que Chávez logró cohesionar están ahora sin orientación. Maduro juega a un radicalismo en el que se le van los gallos y sus gritos socialistas terminan en berridos ideológicos para los cuales no parece preparado; Diosdado Cabello ya comenzó a recibir los embates que un ideólogo fundamental del chavismo en el campo marxista, Heinz Dieterich, le ha prodigado.

Si Chávez no está el 10 de enero, se produce la falta absoluta no sólo por razones constitucionales sino porque sería la evidencia final de su imposibilidad de ejercer el poder. Resulta incomprensible que voceros del Gobierno, ahora coreados por algunos de la oposición, digan que eso no importa y que equiparen la gravísima enfermedad presidencial (que ha llevado a voceros del Gobierno a convertir escasas palabras pronunciadas por el paciente y unos más avaros pasos de hospital en resurrecciones) con una tendonitis o un vahído. El país sabe el estado de salud del Presidente y así se mantenga, no podrá dedicar su vida más que a recuperarse, en caso de que sea posible. Lo demás son cuentos de camino de lo que deriva la necesidad de discutir cómo y cuándo se suple su falta absoluta.

El chavismo está concentrado en administrar la información sobre la salud de Chávez para que cuadre con sus tiempos políticos lo que con seguridad se ha hecho con su consentimiento; lo que no debería ocurrir es que la oposición también se adapte a ese ritmo lleno de secretos y mentiras.

Los demócratas tienen la necesidad y la obligación de replantear la estrategia y hacer derivar de ésta su política ante las elecciones que vendrán. Dejar el conflicto en el seno del chavismo para que lo solucione como conflicto doméstico no sólo consagraría la marginación política opositora sino también el riesgo de que se resuelva con tronar de fusiles. 

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