Julio Portillo: La lucha de Andrés Velásquez

Desde 1979 venimos escuchando el nombre de Andrés Velásquez en la política venezolana. El obrero metalúrgico, el indio kariña nacido en Puerto La Cruz fue creciendo en la política; llegó a ser diputado por los estados Anzoátegui y Bolívar y a gobernador del estado Bolívar, donde realizó una de las gestiones más exitosas de gobernante alguno en la provincia venezolana.

Fue candidato presidencial de su partido, la Causa Radical, en las elecciones de 1983, 1988 y 1993, cuando obtuvo la victoria. De este episodio tengo pruebas de su triunfo frente a la candidatura de Rafael Caldera. El ministro de la Defensa para la época, el vicealmirante Radamés Muñoz León, me confesó que el ganador de esa elección fue Andrés Velásquez. Rafael Ramón Castellanos, historiador y secretario privado del presidente Ramón J. Velásquez, en su libro Los fantasmas vivientes de Miraflores: ocho meses de un gobierno sin tregua, al narrar los momentos previos al resultado de las votaciones de 1993, deja ver a las claras que Andrés fue el vencedor.

No desfalleció Andrés en su lucha. Le abandonaron sus antiguos compañeros Pablo Medina y Aristóbulo Istúriz, que se fueron por caminos opuestos. La constancia en política tarde o temprano tiene su premio. Y como dice el Libertador Simón Bolívar: “Dios concede la victoria a la constancia y el valor. La habilidad y la constancia corrigen la mala fortuna”. Andrés ha sido en los 14 años del gobierno militarista de Hugo Chávez un baluarte de los derechos de los trabajadores, de las libertades aplastadas. Su lucha es comparable a la que tuvo Lula Da Silva antes de llegar a la Presidencia en Brasil.

Si en 1993 le arrebataron la Presidencia de la República, ahora le quieren desconocer su triunfo en las elecciones del 16-D como gobernador del estado Bolívar, donde el CNE se viene negando a un reconteo de los votos. Solo Antonio Ledezma e Ismael García se han hecho presentes en Ciudad Bolívar para defenderlo. Su fervor merece respaldo, su perseverancia es un ejemplo. Su lucha es una lámpara encendida a favor de la justicia y la verdad, a la que, como decía la Madre Teresa de Calcuta, no hay que dejar de ponerle aceite.

 

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