Rafael De León: ¿Dónde está el rebelde desconocido?

La ya conocida y muy criticada sentencia del pasado 8 de enero emanada de la Sala Constitucional del Tribunal Supremo de Justicia ha consternado, indiscutiblemente, al gremio de juristas venezolano prácticamente en su totalidad. Podría decirles varias cosas sobre el contenido de la sentencia, y para ello no tendría que utilizar necesariamente argumentos jurídicos sino que en algunos casos el sentido común bastaría pues los silogismos utilizados en ella son tan errados, que en realidad no hace falta ser abogado para darse cuenta de que a la Dra. Morales poco le importa la Constitución y mucho menos nosotros. Sin embargo, en esta ocasión me abstendré de analizar el citado pronunciamiento y daré por sentado que el lector, ya sabe lo que todos sabemos. Lo que si voy a hacer, es traer a colación un hecho histórico que me ha venido a la mente luego de leer la sentencia de nuestro Tribunal Supremo, un evento ocurrido en el siglo pasado y que a mi modo de ver, puede ayudarnos a comprender nuestra situación política actual de una manera más global.

 

Más de uno recordará que el 4 de junio de 1989, el gobierno chino ordenó la represión de una manifestación estudiantil que se estaba llevando a cabo en la plaza Tianannmen de Beijing, a las puertas de la llamada Ciudad Prohibida, uno de los palacios imperiales más famosos de ese país asiático. La macabra represión, se llevó a cabo con la utilización de la fuerza militar, la cual terminó abriendo fuego en contra de los entonces llamados “contra revolucionarios” –cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia dirían algunos-, produciendo como resultado final la muerte de miles de personas y más de setenta mil heridos. Al día siguiente, mientras los tanques cumplían la orden de retirarse del lugar y avanzaban enfilados, uno detrás de otro, por la avenida Chang’an -cuya traducción al castellano es, irónicamente, Avenida de la Paz Eterna-, tuvo lugar uno de los acontecimientos más conmovedores e inesperados del siglo XX y que produjo una de las fotografías más famosas de todos los tiempos, acreedora del premio World Press Photo of the Year de ese año.

 

Desde los balcones del Hotel Beijing situado en los alrededores de la plaza, lugar desde el cual fue tomada la fotografía, se pudo observar como un ciudadano común se paró en medio de la calle y con su cuerpo bloqueaba, de manera desafiante, el paso de los tanques que se encontraban en retirada del lugar. El cuadro era simplemente épico: un solo hombre, uno solo, que a juzgar por su apariencia era de clase humilde, impedía desafiante el paso a más de veinte tanques del ejército así sin más. Al verlo, el primer tanque de la fila no tuvo más remedio que detenerse y con él los que venían detrás, quedándose la escena paralizada durante unos ocho segundos como si supieran que iban a ser fotografiados. Llevaba con el dos bolsas de plástico, de esas que a uno le dan para llevar el mercado a casa, una en cada mano y a medio llenar, lo cual daba un dramatismo adicional al asunto porque permitía presumir que se trataba de un hombre más pobre que rico –como la gran mayoría de los chinos-. Luego de que el momento llegase a su momento de mayor tensión, el disgustado ciudadano comenzó a batuquear una de las bolsas contra el aire mientras gritaba algo, desahogando así su indignación contra el soldado conductor. Pasados algunos segundos, el tanque intentó desviar su curso aspirando a pasar por un lado del insurrecto, pero éste rápidamente volvía a pararse frente al vehículo militar, impidiendo de nuevo su avanzada. Según entiendo, la escena en realidad fue fotografiada por cuatro periodistas, Arthur Tsang Hin Wah para la Agencia Reuters, los estadounidenses Jeff Widener, para Associated Press y Charlie Cole, para la revista Newsweek, y el británico Stuart Franklin, de Magnum, ara la revista Time. También fue tomado un video que hoy en día podemos ver en youtube pinchando aquí.

 

Aunque han habido versiones sobre el nombre de aquella persona, la verdad es que jamás llego a conocerse con certeza su identidad, a la fecha no se tiene evidencia de quien era ni que fue lo que exactamente le grito al conductor del tanque, pero el mundo se refiere a él como El Rebelde Desconocido (The Unknown Rebel) o el Hombre Tanque (The Tank Man), y ese día mando un mensaje al mundo que muchos venezolanos hemos olvidado y que nos haría muy bien recordar.

 

La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela es, sencillamente, un documento en el que se encuentran plasmados los valores fundamentales de nuestra sociedad y en el que encontramos las reglas de juego para vivir con respeto y en paz. Para verlo más claramente, piénsese que se trata de un contrato social que hemos suscrito todos y al que todos debemos respeto pues en él está la fórmula ideal para que esta sociedad avance desde todo punto de vista. Es algo así como una Biblia dada por nosotros mismos y cuyo respeto garantiza que ésta termine siendo útil y que nos entendamos. Por ello, basta con que las instituciones de un país comiencen a desconocer esa utilidad y validez a la Constitución para que los problemas de convivencia empiecen a regir.

 

En nuestro país ese desconocimiento es sistemático y planeado y además viene desde todos los flancos. No solo el Ejecutivo viola constante y persistentemente la Constitución sancionando con expropiaciones, instigando al odio con un lenguaje excluyente y permitiendo que en Venezuela reine la impunidad –entre otras cosas claro está-, sino que la Asamblea Nacional hace de sus sesiones un mercado de frutas en el que se niega la discusión de una Ley Desarme y el Tribunal Supremo de Justicia en lugar de sentenciar, le emite permisos de reposo permanente al Presidente de la República. La crisis de institucionalidad es tal, que ya en muchas oficinas y edificios gubernamentales se ondea con mayor orgullo la bandera cubana por encima de la venezolana y los militares o no entienden, o no les importa… o ambas cosas.

 

La sociedad venezolana no cuenta hoy en día con instituciones confiables. Al igual que el Rebelde Desconocido estamos totalmente solos en esto y es inútil esperar que el gobierno actual tenga, ni siquiera por intervención divina, la amabilidad de respetarnos. Sin embargo, la experiencia del Rebelde Desconocido nos recuerda que, en situaciones como ésta, no es la valentía de los jueces, diputados o gobernantes la que nos hará avanzar, sino la de nosotros mismos, quizá, los únicos realmente dolientes. Tomemos el ejemplo de ese rebelde y entendamos de una vez por todas que las instituciones en Venezuela no las crea y fortalece un gobierno sino los propios ciudadanos, que esas instituciones están al servicio de nosotros y que si estas tienen algún grado de autoridad, es porque nosotros así lo quisimos. Esta crisis continuará hasta el día en que nos paremos frente al tanque y digamos basta ya. ¿Dónde estará el Rebelde Desconocido para mandarlo a llamar?.