Argelia Ríos: Silencios, traiciones y malas nuevas

Es miedo; puro miedo: no puede llamársele de otro modo. Es miedo a las consecuencias de lo que antes hicieron y miedo al efecto de lo que hoy no se atreven a mencionar, porque hacerlo pudiera comportar una imperdonable felonía. Quien ha abusado del poder, no puede experimentar otra sensación. Tal vez ni recuerden cómo eran sus vidas antes de la revolución y tampoco desean imaginar cómo será después de ella. La ausencia del Presidente los ha dejado huérfanos e impotentes. Nadie es capaz de atisbar “lo que viene”. Lo único claro es que Maduro nunca podrá portar los galones de un comandante: lo sabían antes de su designación como “heredero” y lo han confirmado tras sus primeras faenas como “encargado”. El drama se amplifica al reconocer que el chavismo está despoblado de talentos bien equipados. Ahora mismo creen tener el control de la situación, pero son conscientes de que cualquier cosa puede suceder cuando quede certificada -si es que ocurriera- la definitiva desaparición física de Chávez.

El miedo los abraza a todos, aunque todos decidieron silenciarse y disimular. Por lo pronto, la esperanza de un milagro ha impedido que los ánimos se derrumben. En el fondo, desearían que este mal trago sea una retorcida estratagema cubana, fabricada para atrapar traidores… Se equivocan quienes piensan que los dirigentes del PSUV son ajenos al comadreo y la cotilla: también ellos susurran sus dudas, bien atentos a la posibilidad de ser pillados por “los escuchas”. A los chavistas los abruma recordar las tantas ocasiones en que Fidel ha sido dado por grave o fallecido. No comprenden el motivo por el que Chávez habría decidido morir en otros suelos. Las razones que se esgrimen no les convencen: al contrario, multiplican las veladas sospechas de que, quizás, la enfermedad encumbra una trama tan estrafalaria como grotesca. En La Habana son habilidosos en la falsificación y el fraude, por lo que han preferido guardar silencio y esperar, aun cuando en el lance luzcan todos como unos pobres timoratos, incapaces siquiera de exigir la verdad.

El manto con que se recubren los detalles de la dolencia presidencial es increíblemente grueso y nadie se atreve a hurgar en ellos. La poca información de la que disponen -apenas retazos de la tragedia-, es la misma que maneja la población entera. La verdad está oculta en La Habana, al alcance de unos pocos, que también están ateridos de miedo: eso incluye a quienes hoy ejercen las más altas responsabilidades, en cuyos rostros se esbozan las líneas que identifican a los pusilánimes. No quieren imaginarse dando la infausta noticia, porque temen quedar entrampados en ella, si acaso resultara incierta. Todos saben que en el ocaso los traidores hacen fiesta. 

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