Argelia Ríos: Ramplonería de mecha corta

Una pregunta recorre los mentideros de la política nacional. Se la formulan por igual en la oposición y en el oficialismo: lo que está a la vista no parece muy halagüeño y la duda es del todo razonable. Parece imposible que Maduro y Cabello puedan prolongar por demasiado tiempo la bufonada que ambos protagonizan, en su intento por convertirse en los nuevos timoneles de la revolución. Dos meses han sido suficientes para valorar el talante infame que uno y otro nos han expuesto en cada una de sus intervenciones públicas. Lo que ellas proyectan no anuncia nada bueno: al contrario, aceran la certeza de que el país ha iniciado un tortuoso camino hacia la peor de las borrascas. ¿Hasta cuándo aceptarán los venezolanos el estilo pendenciero y represivo con que ambos se están inaugurando en la conducción del poder? La respuesta la irán dando los hechos, siempre tercos a la hora de imponerse para comprobar, una vez más, que una opción sólo representa una alternativa, cuando es capaz de generar esperanza.

Algunas voces del oficialismo no ocultan su inquietud y ya advierten sobre el peligro de que “el proceso” sucumba, a causa de la ramplonería que exudan estos jefes impuestos por las circunstancias. Las comparaciones -inevitables en este caso- están a la orden del día: hábil en el empleo de la manopla de hierro, Chávez también supo manejar con maestría el reciclaje continuo de las expectativas. A diferencia del dúo que hoy gobierna a Venezuela, el comandante logró modelar esa rara combinación, sin la cual le habría resultado cuesta arriba alcanzar tantos de sus cruciales objetivos ideológicos… Pero Maduro y Cabello desatienden esa realidad y, al pretender encubrir su pobre equipaje, abusan del uso desproporcionado y superficial de la vulgaridad y la intimidación. Ya sea por incompetencia o por ignorancia, los delfines del presidente no están dando la talla, ni siquiera a los ojos de muchos dirigentes psuvistas, a quienes se les hace cada vez más difícil ocultar sus frustraciones.

Tanto en el chavismo, como en el campo democrático, crece el temor a que Maduro y Cabello no den sino para lo que estamos viendo: el primitivismo insustancial con que ambos se están desempeñando sólo puede arrastrar al país hacia una vorágine de violencia, para la cual no están preparados ni ellos mismos. El peligro es reconocido entre murmullos dentro de las filas de la revolución, donde muchos son conscientes de que, sin el liderazgo del comandante-presidente, no cabe jugar con fuego. Nadie puede construirse un liderazgo potente y próspero escupiendo solamente bagatelas violentistas: ese juego tiene mecha corta y muy escasa expectativa de éxito. 

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