Ibsen Martínez: “Profundo” o la contenta barbarie

Cavan en el piso del cuarto trastero de un decrépito caserón caraqueño en busca del provernial” entierro” que ha de sacarlos de la pobreza, pero no de algo más nuestro: la ruindad. Cavan fuera del tiempo y, sin embargo, pocas veces ha dado nuestra escritura dramática algo de tan irreductible actualidad.

Los personajes de “Profundo” son, hablando en puridad, bárbaros y lo son en la medida misma en que los anima esa vertiente del paganismo latinoamericano que llamamos Venezuela.

Uno de ellos, Lucrecia ( Pakriti Maduro), tiene visiones que agrandan su desvelo. En ellas, un sacerdote ya muerto, imparte bendiciones y vaguedades desde el Más Allá. Las visiones, sin embargo, corroboran las advertencias de La Franciscana (Violeta Alemán), una itinerante derviche rezandera, oficiante de nuestro particular catolicismo sincrético: los habitantes del caserón deben esfozarse en ser buenos, en apartar de sí cualquier pensamiento torpe, cualquier acto pecaminoso so pena de no hallar nunca el tesoro del padre Olegario.

Es así como Manganzón ( Daniel Rodrìguez) mortifica sus humores luego de meses sin hacer el amor con Lucrecia, la visionaria. Cada noche, el estólido Manganzón hace también de retroxcavadora humana.Entre tanto, todos se acechan mutuamente.

La Magra (Tania Sarabia) espía con cualquier pretexto las excavaciones dirigidas por, Buey, su concubino ( Luis Abreu) en tanto que a Elvirita (Angélica Arteaga), sobrina de Manganzón, acaso por no ser más que eso, la han dejado arbitrariamente fuera de la empresa de perforación. Magra y Buey compiten a ver cual de los dos concibe el pensamiento más puro y bueno, la imagen más beatífica y virtuosa.

Las actuaciones de Abreu y Maduro serán, sin duda, las más memorables. El magistral Abreu compone un soberbio personaje, tan entrañable como enigmático: Buey, el casi shakespereano avaro improvidente. La joven Maduro se singulariza con la astuta contención de su Lucrecia en una brillante puesta que, como casi todas los del director Héctor Manrique, luce ¡ay! a ratos innecesariamente crispada y estentórea.

Manrique atiende, con suma perspicacia, a algo que encuentro ensencial en Cabrujas: el descreimiento: la única lucidez que puede orientarnos en este “fandango de locos” – la expresión es de María Antonia Bolivar, hermana del Libertador—

que es Venezuela. Y con él, la idea del fracaso. .

2.-

“El tema que me importa es el fracaso. Un hombre se refugia en una idea, la proclama como parte de sí mismo y se adhiere a ella. Al hacerlo cree pertenecer, cree hacerse cierto. Pero esa idea, jamás lo explica, ni lo hace pertenecer a nada, porque en el fondo no tiene nada que ver con su vida”.

La nuestra es, y lo entiendo como creo que Cabrujas quiso entenderlo y transmitirlo, una sociedad fracasada. Una sociedad todavía hoy postcolonial que se precipitó en el fracaso sin haber alcanzado cabalmente esplendor alguno. Una de esas sociedades poscoloniales “ a medio hornear”, como diría V.S. Naipaul, en las que el único gran arte es la gesticulación. Una sociedad que gesticula destinos y grandezas. En nuestra gesticulación de fracasados felices y elocuentes, Cabrujas halló el tema casi obsesivo de su escritura.

“ Somos barrocos porque somos incapaces de expresarnos y entendernos – prosigue Cabrujas –, y encontramos en esa manera amontonada de representar la realidad, el símbolo de nuestra propia frustración. Somos barrocos porque no sabiendo relatarnos, la necesidad nos obliga a describirnos. Somos los fantásticos ilusos de la ide­ología, porque el día y la hora no nos dicen absolutamente nada. Nuestra trascendencia, es decir, aquello que hemos dejado atado, aquello que significa, es elusiva y sobre todo extraviada. No hay una teoría americana y mucho menos venezolana, porque no hay una realidad americana o venezolana digna de tal nombre. Hay pobres extremos y ricos obscenos, hay desiertos y cataratas, pá­jarracos de fabulosos colores, vetas de minerales preciosos, arañas gigantescas, serpientes fulminantes, hombres con tetas, hierbas milagrosas, machupichus incomprensibles, langostinos embarazosos, bicharracos inclasificables… y cuen­tos de toda índole. Pero no hay realidad y faltando esa realidad, no puede haber convocatoria”.

Cabrujas discurre así sobre uno de los rasgos más mortificantes de nuestra condición latinoamericana: la convicción, para muchos intolerable, de ser por completo prescindibles para eso que manidamente solía llamarse en un tiempo el concierto de las naciones.

Una sociedad cuya trascendencia es “elusiva y, sobre todo extraviada”, no puede sino producir mitos que, bien vistos, no son sino fantasmagorías compensatorias de nuestra trivialidad histórica. Llegados aquí, la palabra que acude a asistirnos para nombrarla de una vez nos fue legada por don Ramón del Valle-Inclán, y no es otra que “esperpento”.

[Con ocasión del estreno, la semana pasada, de “Profundo”, acaso la mejor pieza teatral de Cabrujas, ha menudeado en las reseñas que he leído la voz “esperpento” que usé hace un par de años, tratando de polinizar el debate. Constato con placer que he tenido éxito.]

Sin sucumbir ni un momento a su embeleco, Cabrujas supo mirarnos en el espejo en el que desde hace dolorosos dos siglos gesticula nuestra contenta barbarie.

Ibsen Martínez está en @ibsenM