Ibsen Martínez: El blues del Veracruz

Aquella temporada mexicana fue la primera competencia racialmente integrada en la historia del beisbol de alta competencia, ¡un año antes de la hazaña de Robinson!

Llamémosle un ‘subgénero’: la novela estadounidense de asunto beisbolístico. Es una de mis aficiones, un desprendimiento, una fruición que se desgaja de un árbol mayor y más frondoso: el del fervor por la literatura anglosajona.

El hallazgo de ese distrito poco frecuentado por nuestros profesores de literatura en lengua inglesa, se lo debo al profesor Eduardo Gasca, quien allá por 1969, el año de los irrepetibles Mets de Nueva York, me habló por vez primera de Bernard Malamud, quien cobró visibilidad mundial cuando en 1966 se alzó con el Premio Pulitzer con una novela titulada “El hombre de Kiev”, ficción a la vez judía y rusa que transcurre en tiempos del último Zar.

Malamud ocupa en las antologías ese entresuelo condescendiente donde los académicos confinan al escritor de quien no saben del todo dar un veredicto kantiano y zanjador, al ‘ave rara’; al papemor y el bulbul de que hablaba Darío. Citar a Darío compromete siempre, por eso me apresuro a pedagogizar al ignaro profesor de la UCV que, leyéndome en la barra del restaurante de la Apucv, acaso masculle que escribo muy pretencioso y muy para las élites: ‘bulbul’ quiere decir ‘ruiseñor’; ‘papemor’: ave rara.

Pero volvamos a Malamud. La industria académica dedicada a la Literatura decidió atender a su origen étnico-cultural y formolizarlo en el frasco etiquetado como ‘escritores estadounidenses judíos y de posguerra’, que es el mismo donde flotan, seguramente ignorándose entre sí, tipos como Saul Bellow, Norman Mailer y Philip Roth.

Por ‘escritores judíos y de posguerra’ quizá hayan querido hacer la distinción ‘políticamente correcta’ de que se trata de ‘americanos de ancestro judío que pretenden hacerse leer y que alcanzan a ser leídos por americanos blancos, protestantes y anglosajones’.

Mucho antes del Pulitzer, Malamud habia debutado con una novela de tema deportivo que se afinca en una categoría aristotélica que el corpus beisbolístico da en llamar “el natural” , para designar al pelotero cuyo nervio y musculatura son pura ciencia infusa; eso que Edgar Lee Masters diría que es el genio: ‘sabiduría y juventud’. Así, The Natural es la historia de un serpentinero grandeliga, novato y superdotado, a quien una amante resentida decide lisiar pegándole un tiro en el brazo de lanzar. De aquella lectura data mi debilidad por la literatura de ficción beisbolera.

Fiel a ella, durante el Carnaval he releído “The Veracruz Blues”, del novelista Mark Winergardner (Viking Penguin, Nueva York, 1996) , que en castellano habría que verter como “El Blues de(l) Veracruz” pues no trata solamente trata de la ciudad de los jarochos sino también del equipo que, en los años 40 de la liga mexicana, regentaron los legendarios hermanos Pasquel: Los “Azules de Veracruz”.

El año de 1946, el beisbol y Estados Unidos –espejo y lámpara, respectivamente—fue un año de transición en el que decenas de miles de estadounidenses acostumbrados al categórico sí o no de la guerra o la paz, de la prosperidad o de la depresión, se encontraron por primera vez en el reino inquietante del ‘tal vez’ que se llamó guerra fría.

Fue también el año en en que los acaudalados hermanos Pasquel se animaron a pagar salarios inéditos a cambio del músculo y la destreza de peloteros desafectos por el trato que les dispensó la Gran Carpa al regresar de la guerra o rutinariamente desdeñados en razón de su raza.

Sal Maglie, Vern Stephens, Danny Gardella y Max Lanier jugaron en aquella legendaria temporada mexicana que convocó también a lo mejor de las Ligas Negras y del Caribe ‘beisbolófono’. Esta primavera se conmemoran los sesenta y seis años de la temporada en que Jackie Robinson derribó la barrera del color en el beisbol más grande. Pero el Blues del Veracruz nos ha puesto sobreaviso: hasta donde alcanzamos a ver, aquella temporada mexicana fue la primera competencia racialmente integrada en la historia del beisbol de alta competencia, ¡un año antes de la hazaña de Robinson!

El escritor estadounidense Mark Winegardner, al definir al protagonista-narrador se define a sí mismo como ‘el más perdido escritor americano de la Generación Perdida’.

No andará tan perdido cuando pone su libro bajo el auspicio de un lancinante epígrafe, tomado de El Laberinto de la Soledad, de Octavio Paz: ‘Los americanos no han buscado México cuando vienen a México: han venido al encuentro de sus obsesiones, sus entusiasmos, sus fobias, sus esperanzas y sus intereses. Y justamente, eso es lo que han hallado’.

Donde Paz  dice México bien podría decir Cuba, Venezuela, Puerto Rico y, en fin, toda la América Española.

 

Ibsen Martínez está en @ibsenM